«Seamos claros: la igualdad transgénero es la cuestión de derechos civiles de nuestro tiempo”, ha declarado en su cuenta de Twitter el ex vicepresidente Joe Biden, aspirante a la candidatura demócrata a la presidencia en las elecciones de este año. “No hay lugar para componendas cuando se trata de un derecho humano básico”.

Joe Biden está gagá. Empieza a ser común que confunda la ciudad en la que está o el tiempo que ha pasado de algún suceso histórico. Y, entre ustedes y yo, sospecho que tiene muy pocas posibilidades de conseguir la candidatura demócrata y aún menos de llegar a la Casa Blanca. Tiene 77 años, y me apuesto un brazo que la inmensa mayor parte de su vida jamás hubiera soñado que viviría un tiempo en que todo el mundo tendría que tomar por mujer a un hombre simplemente porque este así lo afirma. Y, sin embargo, tiene razón.

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Es un político de raza, y los políticos olfatean cuál es el tema del momento, y la ‘Guerra T’ es lo que toca. No es que las otras ‘luchas’ -los gays, el feminismo radical, la lucha contra la ‘islamofobia’- se hayan olvidado, pero siempre hay una causa de moda, el último grito, y ahora toca todo trans, todo el tiempo.

También es, en un sentido, la definitiva: en el momento en que consiga imponerse del todo en nuestra cultura, todo habrá acabado. Difuminar el sexo, confundirlo, convertirlo como tantas otras cosas en algo que uno define a voluntad, y tantas veces como quiera, es la última estación. En ella termina nuestra civilización, porque ninguna sociedad puede sobreponerse a semejante desastre si realmente se materializa. Sí, Joe, es la lucha de nuestro tiempo, y si la ganáis, estaremos perdidos.

Lo curioso es que una de las primeras ‘bajas’ va a ser, está siendo, el feminismo radical, la ‘lucha de la mujer’, y la razón es obvia: si no hay nada que defina el género sino la propia voluntad, si es algo fluido y cambiante a capricho, ¿qué significa ‘ser mujer’? ¿Qué sentido tiene la ‘lucha por la mujer’, que es algo que se puede empezar a ser o dejar de ser con una simple declaración?

Lo que viene, lo que toca ahora y estamos empezando a ver, lo resumía también en Twitter James Shupe, la primera persona del mundo en conseguir ser legalmente registrado/a como “no binario”, ni varón ni mujer. Shupe, que hace ya algún tiempo escapó de esa trampa ideológica, hace inventario respondiendo al exvicepresidente: “Hombres en aseos públicos de mujeres con niñas pequeñas. Hombre que ganan los primeros puestos en deportes femeninos. Hombres en refugios para mujeres sin hogar. Depredadores masculinos en prisiones femeninas en base a que ‘se sienten’ mujeres. Y Biden lo considera la lucha en derechos civiles de nuestro tiempo. ¿Estáis de acuerdo, mujeres?”.

Decretar por puro voluntarismo que un chico es una chica no cambia en absoluto el hecho de que es un chico

Verse obligados a aceptar a todos los efectos, incluidos los legales, la identidad de una persona cuando contradice la realidad biológica es un tipo de imposición que no se le hubiera ocurrido al mayor tirano que haya pasado por la historia de la humanidad. Y tiene consecuencias especialmente serias para las niñas. Hemos creado instalaciones separadas para ellas precisamente para protegerlas en situaciones en las que resultan físicamente vulnerables. Decretar por puro voluntarismo que un chico es una chica no cambia en absoluto el hecho de que es un chico. La ‘política Disney’ no va a cambiar este dato evidente, y es curioso que esto se dé al mismo tiempo que vivimos una verdadera histeria jaleada por el feminismo radical acerca de la peligrosidad de todos los varones. ‘El violador eres tú’, ya saben, pero mágicamente ese violador potencial se vuelve inocuo como una flor en el momento en que declara que es una mujer.

La excusa la conocemos, e incluso la respetamos: proteger la integridad física y psicológica de quienes experimentan disforia de género, es decir, la convicción de que uno ha nacido “en el sexo equivocado”. Pero la solución no puede ser obligar a toda la sociedad a vivir una fantasía ni, sobre todo, poner en riesgo a las chicas. En ningún otro aspecto crucial de la vida reconoce la ley una ‘identidad’ tan importante a partir de la mera declaración del sujeto, sin ningún otro requisito. Nadie se tomaría en serio a quien, con 7 años, dijera tener 18 en un bar o en un estanco. ¿Por qué, entonces, no solo se admite en este caso sino que se jalea y se rodea de extraordinarias salvaguardas jurídicas?

La respuesta es que la protección del disfórico es un pretexto bastante inverosímil para avanzar la agenda LGTBI, un grupo extraordinariamente poderoso y activo cuya oposición puede suponer el fin de la carrera de un político prometedor. Que le cuelguen a uno la etiqueta de ‘tránsfobo’ es hoy el beso de la muerte, y a menudo no solo en política sino en el entorno laboral y social.

Si vivimos lo suficiente, veremos la desolación que va a sembrar este último renuevo de la interminable ‘revolución sexual’, que ya ha dejado la familia herida de muerte y ha convertido nuestra sociedad en un desastre demográfico.

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