La actriz Halle Berry.
La actriz Halle Berry.

La actriz afroamericana Hale Berry, por si se les había escapado el detalle, no es transexual. Esa es una de las razones por las que ha renunciado a interpretar un papel que llevaba acariciando de un tiempo a esta parte y para el que incluso se ha ido preparando, el de una mujer que se ‘convierte’ en hombre por una de estas curiosas transmutaciones mágicas de la modernidad.

Pero sería totalmente engañoso pretender que la actriz, ganadora de un Oscar, haya renunciado por las buenas y de modo espontáneo y unilateral, empujada por su escrupulosa conciencia progresista. No: ha sido objeto de la ya habitual campaña en redes de la partida de la porra de la modernidad.

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No había sido contratada aún pero el papel le hacía mucha ilusión y, el pasado viernes, lo comentó en público. «Es un personaje en el que la mujer es transexual, así que es una mujer que ha hecho la transición hacia un hombre. Es un personaje en un proyecto que me encanta y que podría hacer», añadiendo que deseaba «zambullirse profundamente en ese mundo».

Hace solo dos o tres años, la comunidad transgénero hubiera organizado fiestas con fuegos artificiales para celebrar una ocasión así, la oportunidad de que una actriz de primerísima línea en Hollywood hiciese una presentación más que benévola de su causa. Pero si Gardel cantaba antaño que “veinte años no es nada”, hogaño dos o tres son una barbaridad, que no puede una descuidarse más allá de una semana si quiere seguir en la vanguardia de la modernidad más moderna.

Así que, en vez de aplaudir con las orejas, los guardianes de la pureza ideológica le han afeado su ‘falta de sensibilidad’ al referirse así al personaje: «Quién era esta mujer es algo muy interesante para mí, y probablemente será mi siguiente proyecto». ¿¿Mujer?? ¿No sabe Berry que por un paso en falso así a un humilde dependiente le pueden echar ignominiosamente en su país, que en Nueva York podría caerle una multa considerable?

Naturalmente, Berry, que como habitual de Hollywood sabe bien de qué va la vaina y con quién se juega los cuartos, ha escenificado inmediatamente ese ritual de humillación similar a los Juicios de Moscú con Stalin al que ya nos estamos acostumbrando y a los que asistimos con cierta Schadenfreude cuando se trata de un famoso. «Durante el fin de semana tuve la oportunidad de hablar acerca de un próximo papel como hombre transgénero, y quería pedir perdón por esos comentarios”, ha dicho, contrita, añadiendo que ya ha renunciado al papel. “Como mujer cisgénero, ahora comprendo que no debía haber considerado ese personaje y que la comunidad trans debería, sin ninguna duda, tener la oportunidad de contar sus propias historias». El cronista no aclara si estas palabras las pronunció descalza, vestida de arpillera y coronada con ceniza su cabellera, mientras un@ transexual certificada le fustigaba con unas disciplinas y le gritaba: ¡Penitentiam age!. Pero hubiera sido lo propio.

Porque hay que arrastrarse. Tanto que una, aun sabiendo que es una privilegiada miembra de una casta de degenerados que no hacen más que sermonearnos y esparcir su basura por todas las mentes del planeta, sufre oyéndola rebajarse de esta forma: «Estoy agradecida por los consejos y las conversaciones críticas de estos últimos días y seguiré escuchando, educándome y aprendiendo de este error. Me comprometo a ser una aliada al usar mi voz para promover una mejor representación en la pantalla, tanto delante como detrás de la cámara».

Lo de que “la comunidad trans cuente sus propias historias” es un aspecto interesante de toda esta locura. El mes pasado nos enterábamos de que el doble de voz de un personaje negro de la popular serie de dibujos animados Los Simpson ha sido despedido porque no es negro. E interpretar a un negro sin serlo es, por lo visto, racista. Yo he visto en estos últimos años a reyes y reinas inglesas, dioses nórdicos, caballeros artúricos y héroes de la Guerra de Troya interpretados por negros. No su voz, su imagen, lo que choca un tanto, pero nadie ha tenido que pedir disculpas. De hecho, el despedido, en vez de echar las muelas en público, ha aceptado con las serviles palabras de comprensión que se esperan de él, después de décadas de dar voz al personaje.

Todo esto confirma mi teoría de que el fenómeno woke, lejos de ser una argucia del mercado para conectar con su público, súbitamente ilustrado en los arcanos de la modernidad políticamente correcta, es una máquina de perder dinero que, sin embargo, compensa a nuestros potentados de Hollywood. Porque convendrán conmigo en que no tiene el mismo tirón una película interpretada por Hale Berry que por algún actor/actriz transexual apenas conocido, de dudosas dotes y nulo reconocimiento. Pero todo sea por la causa.

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