A decir verdad no me ha sorprendido saber que la ONU -o, más concretamente, su chiringuito dedicado a ‘las mujeres’ que ha tenido la amabilidad de colocar a nuestra Bibiana Aído- ha evitado pronunciarse sobre si la prostitución está bien, mal o todo lo contrario, porque siempre he pensado que la organización tiene la dignidad de un burdel, y que me perdonen las peripatéticas por la comparación, que ya sé que me precederán en el Reino de los Cielos.

El chollo burocrático en cuestión se llama Agencia de Naciones Unidas para la Mujer, así, en singular, que a lo mejor se refieren a la propia Aído. En lo que se refiere al resto de nuestro sexo en el planeta, tendría más sentido que se llamara “contra las mujeres”, porque no da una.

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También es cierto que nada en la ONU sirve exactamente para lo que se supone, sino más bien a modo de ganga, sinecura, poltrona de oro y cementerio de elefantes para políticos a quienes se quiere premiar pero que ya no ganan unas elecciones ni por casualidad. No: todas las agencias de la ONU existen solo y exclusivamente para dos fines: para medro y disfrute de sus altos funcionarios y para avanzar la agenda globalista con sus locuritas progresistas anexas en cuanto a la vida, la familia, el sexo las paranoias climáticas; cualquier cosa, en fin, que nos acerque a ese gobierno mundial en el que mandarán ellos y nos harán comer bichos y viajar en carreta.

Sabes de la ‘neutralidad’ del chiringuito internacional porque a él se han dirigido 1400 representantes de la sociedad civil mundial en la que critican la indefinición del organismo en una cuestión que juzgan altamente lesiva para la dignidad de la mujer y que fomenta casi invariablemente su explotación. Los firmantes, además, denuncian en la carta que, en desafío a leyes internacionales, muchas de las agencias fundadas por los estados miembros de Naciones Unidas están actualmente no sólo promoviendo el “trabajo sexual”, sino también haciendo campaña para su despenalización. Entre éstos está el Fondo de Población de Naciones Unidas, la Organización Internacional del Trabajo y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Por no hablar de ONUSIDA, agencia adjunta copatrocinada por múltiples agencias de Naciones Unidas, incluída ONU Mujeres, y para la que la terrible enfermedad parece una magnífica excusa para forzar su monstruosa agenda de ingeniería social.

Entre todas las entidades de la ONU partidarias de legalizar o despenalizar la prostitución, ONUSIDA ha tomado la posición más abierta, basada en el polémico argumento de que “la despenalización del trabajo sexual es clave para cambiar el curso de la epidemia de VIH entre las trabajadoras sexuales, y en países de todo el mundo”. Es una idea interesante, con su grano de verdad. Aplicada al robo, por ejemplo, tenemos que reconocer que robar sería una actividad mucho más segura y menos estresante para sus adeptos si se legalizara.

¿Tengo que decirles que Amnistía Internacional y el filántropo George Soros promueven la despenalización de la prostitución? Imagino que no

Phumzile Mlambo-Ngcuka, directora ejecutiva de ONU Mujeres, ha respondido a la carta declarando la neutralidad de la agencia en este tema. “ONU Mujeres no toma posición a favor ni en contra en cuanto a la despenalización/ legalización de la prostitución/ trabajo sexual,” afirmó en una carta de respuesta, que hace pública la agencia de noticias independiente PassBlue.

Conviene siempre, siempre, siempre recordar una cosa en cualquier dilema de este tipo que divide la opinión publicada: qué postura genera directamente negocio y cuál no. Vale igual para otros muchos asuntos, como el aborto o la inmigración ilegal, porque, evidentemente, quien va a beneficiarse económicamente de determinada decisión pondrá toda la carne -la platita- en el asador para conseguirla.

De hecho, los firmantes de la carta de marras señalan que quizá no sea casualidad que los más ardientes partidarios de despenalizar el putiferio estén en los países ricos y, en muchos casos, cuenten con el apoyo de asociaciones con bolsillos inagotables.

Algunos países, como los Países Bajos, intentan legalizarla y regular el comercio sexual. Otros, como Nueva Zelanda, han optado por una total despenalización. ¿Tengo que decirles que Amnistía Internacional y el filántropo George Soros promueven ésta última postura? Imagino que no. Estos dos perejiles de todas las salsas mundialistas tienen un especial ojo para apoyar las causas que mejor ayuden a disolver sociedades y destruir la estructura familiar y las raíces culturales.

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