Cientos de jóvenes transgénero buscan ya ayuda para volver a su sexo biológico después de haber iniciado un tratamiento hormonal, con o sin operaciones, y haber vivido la experiencia, informa un medio tan poco sospechoso como el canal de televisión británico SkyNews.

La Unión Soviética era de principiantes en eso de la propaganda, de amateurs. Boh, convencer a tipos viviendo en la miseria y la opresión de que estaban a dos dedos del paraíso socialista en la tierra, vaya cosa. Stalin, muérete (otra vez) de envidia, que también esto el mundo capitalista te da sopas con honda.

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De lo que ha sido capaz de convencer la propaganda a nuestro mundo -una mezcla de autoridades públicas y privadas- es algo que ni Goebbels podría soñar.

Les han convencido -permítanme que me excluya- de que el mundo se va a acabar de aquí a una década y pico si no detenemos el desarrollo económico, a partir de unos análisis con modelos informáticos que llevan equivocándose en todas sus predicciones desde finales de los ochenta.

Les han convencido de que ser homosexual -una orientación- es absolutamente imposible de cambiar, pero el sexo, que está en los cromosomas de cada una de nuestras células, puede cambiarse a placer, con una simple declaración

Les han convencido de que la llegada en masa de inmigrantes ilegales procedentes de culturas remotas, con visiones del mundo muy diferentes y a menudo incompatibles, es una ‘riqueza’, incluso para un país con el mayor paro de Europa.

Les han convencido de que ser homosexual -una orientación- es absolutamente imposible de cambiar, pero el sexo, que está en los cromosomas de cada una de nuestras células, puede cambiarse a placer, con una simple declaración.

Y sin una Gestapo ni un KGB, bajo gobiernos impecablemente democráticos. Superad eso.

Naturalmente, hay límites a las fantasías en las que puede vivir toda una sociedad. No todo Occidente es Nueva York, donde te pueden crujir a multas si te equivocas con los pronombres de un cliente -si, viéndole la barba, te refieres a él como ‘él’, cuando ha decidido considerarse ‘ella’- o, ahora, corres el riesgo de tener que apoquinar un cuarto de millón de dólares por referirse a los extranjeros entrados ilegalmente en el país como ‘extranjeros ilegales’. En serio, lo acaba de acordar la Comisión de Derechos Humanos del Ayuntamiento de Nueva York en una directiva de 29 páginas.

Pero estas fantasías no son tan relevantes como las otras, como las que afectan ya a cientos de ‘arrepentidos’ y ‘arrepentidas’ de los que el discurso dominante no quiere saber nada. Lo cuenta a SkyNews Charlie Evans, de 28 años, nacida como mujer pero que ha pasado diez años identificándose como varón antes de ‘detransicionar’, es decir, de iniciar el laborioso regreso a su sexo original.

Hoy son un centenar, porque el fenómeno es joven aún. Pero dentro de diez, de veinte años, veremos a miles, a decenas de miles, quizá, a los que se detectó el ‘transgenerismo’ a los 12, los 10, los 8 años. Y entonces van a ser días de vino y rosas para los abogados, y de mucho dolor para los afectados.

Todo lo que se refiere a esta locura, que no ha pedido ningún electorado sobre la faz de la tierra pero que se nos impone en un trágala de pesadilla, tiene aspectos cómicos, o que serían cómicos en una obra de ficción. ¿Se acuerdan de los lavabos neutros? Se han impuesto en muchas partes, especialmente en colegios, sobre la idea de que el género es un constructo social y que hay que permitir al alumnado ‘no binario’ la oportunidad de hacer sus necesidades sin sentirse discriminado. La consecuencia es, claro, que muchas chicas tienen terror a utilizar el baño.

Lo cuenta el británico Daily Mail: muchas chicas están saltándose días de clase -como si fueran émulas de Greta Thunberg en viernes- para evitar compartir el baño con los chicos. Vamos, lo que podría haber predicho yo misma dormida, lo que se le ocurre al que asó la manteca; a cualquiera, en fin, menos a uno de esos ingenieros sociales que juegan con nuestras vidas como si fuéramos conejillos de Indias.

Pero el resultado de esta estúpida tiranía de los políticamente correcto no suele ser cómico, sino a menudo, trágico. ¿Se acuerdan de las miles de niñas británicas violadas y prostituidas durante décadas porque sus abusadores eran paquistaníes y la policía y los servicios sociales temían quedar como racistas sin intervenían? Mejor dejar que sufrieran ese horror; total, eran niñas nativas, blancas y pobres, sin contactos políticos.

Bien, pues una de las víctimas de esos abusos, de Telford, violada por quinientos varones desde los 11 años, por fin ha encontrado una respuesta en la policía británica… que ha decidido iniciar una causa contra ella. Sí, no es una cosa con la que una se quede con ganas de decir nada después. Probablemente si lo hiciera incurriría en algún ‘delito de odio’.

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