Después de tanto #MeToo, de tanta mujer recordando a toro pasado que alguien del género patriarcal, normalmente con poder, fama, dinero o las tres cosas, alguna vez hace ya años le hizo lo que en mi niñez se llamaban “proposiciones deshonestas”, resulta que los hombres tienen miedo de quedarse a solas con todo espécimen humano con cromosoma XX. ¿Les sorprende?

Hay pocas cosas tan propias de nuestro tiempo como la imposibilidad en muchos de conectar las causas con sus consecuencias inevitables. Es singular, porque no es precisamente algo que se haya inventado ayer por la tarde. Nos dicen, qué se yo, que el Gobierno va a subir los impuestos pero solo a las grandes empresas, y todo el mundo se pone muy contento. Porque, claro, la abrumadora mayoría de la gente no es propietaria de grandes empresas, y a todo el mundo le gusta pensar que así el gobierno tendrá más dinero para esas cosas que nos gusta tanto que nos den gratis, pero sin la molestia de que nos sigan esquilmando.

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Casi uno de cada tres confiesa que ahora evita a toda costa reunirse a solas con una colega, por lo que pueda pasar

Parece como si a pocos se les ocurriera la obviedad de que a las grandes empresas tampoco les gusta nada eso, y tienen la fea costumbre de hacernos pagar a los consumidores ese mismo impuesto subiendo los precios, las muy canallas. O que se suba el salario mínimo y las empresas despidan gentes y suba el paro. Es todo perfectamente lógico, pero da la impresión de que en nuestro siglo se pretende que las causas se queden muy quietecitas y solo tengan los efectos deseados y proclamados, y no muchos otros igual de lógicos.

De igual modo, a nadie debería extrañar que si las mujeres nos ponemos a hacer memoria y a recordar lo que pasó hace décadas, meses y años y que podría interpretarse como acoso o similar contra algún varón -a ser posible, solvente- para denunciarlo en público, en los tribunales de Justicia o en los de la opinión pública, los hombres nos acabarían cogiendo miedo, con consecuencias que la inmensa mayoría de nosotras no deseamos en absoluto.

Lo cuenta un estudio recién publicado por la Universidad de Houston. Es un estudio modesto, sobre el asunto del acoso sexual en el trabajo, sobre 152 hombres y 303 mujeres, pero sus consecuencias son tal lógicas que no me cuesta nada creer que sea fácilmente replicable.

El estudio reveló que el movimiento #MeToo y sus derivados -que se han multiplicado como setas- ha sembrado, sino el terror, sí una comprensible aprensión entre los machos de la especie. Así, la mayoría de los varones -tres de cada cinco- consultados reconocieron que su temor de ser falsamente acusados de acoso sexual ha aumentado. Y esto ha tenido consecuencias. Por ejemplo, un 20% asegura sentirse más remiso a contratar a mujeres atractivas, sobre todo para empleos que impliquen una estrecha interacción y ‘actividades de riesgo’ como la necesidad de viajar juntos él y ella. Y casi uno de cada tres confiesa que ahora evita a toda costa reunirse a solas con una colega, por lo que pueda pasar.

Ojalá viviera mi abuela, para poder contarle que ha vuelto la ‘chaperonne’ de sus años mozos, o, al menos, la demanda de un puesto así. Es curioso la de vueltas que ha dado la Revolución Sexual, ¿verdad? Y de cómo el feminismo nos está llevando a un puritanismo que haría sonreír a una solterona victoriana.

Otro estudio achaca el reciente declive de la tasa de nupcialidad en Estados Unidos a la escasez de hombres con un buen sueldo y un empleo estable

Nos hemos pasado décadas jurando en arameo que hombres y mujeres éramos básicamente iguales, que había una ridícula brecha salarial -tantas veces desmontada, pero siempre triunfante- porque los empresarios eran todos agentes del Patriarcado que no se daban cuenta de la millonada que podían ganar contratando mujeres, capaces como somos de realizar igual cualquier tarea que realicen los hombres e igual de bien. Y ahora llegan las consecuencias del #MeToo, de ese “yo también” que, como la cosa no se equilibre deprisa, va a acabar siendo “yo tampoco”.

Porque al empresario, pese a tonterías como la de la “brecha salarial”, lo único que le interesa -razonablemente- es el beneficio, y tanto le da un hombre como una mujer o un robot, con tal de que haga el trabajo por el sueldo más bajo posible. Pero si contratar mujeres va a suponer previsiblemente un problema de recursos humanos, es humano que se lo piensen. Las acusaciones de acoso sexual no son solo un problema de abogados e indemnizaciones, sino también, y pésimo, de imagen.

El predictor de renta más fiable que existe en el Primer Mundo es el nivel académico, por ejemplo, ya las mujeres universitarias ya superan a sus colegas varones por un margen significativo, y la queja ahora parece ser que así, claro, las mujeres no encuentran hombres para casarse o similar.

Otro estudio, este publicado en el Journal of Family and Marriage americano, achaca el reciente declive de la tasa de nupcialidad en Estados Unidos a la escasez de hombres con un buen sueldo y un empleo estable.

Curioso: en época de mis padres, eran las mujeres las que no tenían sueldo alguno ni estabilidad en el empleo, mayoritariamente inexistente entre las mujeres. Pero eso no supuso el menor inconveniente para los hombres a la hora de encontrar pareja estable. Una pensaría que, siendo varones y hembras idénticos como se nos dice, una ejecutiva moderna tendría tan pocos reparos en casarse con su secretario como han estado los hombres casándose con sus secretarias durante generaciones, pero parece que no es así. Imagino que el Patriarcado también explica esto, si una se pone a retorcer argumentos a placer.

Porque la gracia del invento es que, como sucede con el Cambio Climático, sirve para explicar cualquier cosa y su contrario. ¿Que las mujeres ganan menos que los hombre? ¡Culpa del Patriarcado! ¿Que los hombres no ganan lo suficiente a juicio de las mujeres? ¡Maldito Patriarcado!

https://hbr.org/2019/09/the-metoo-backlash?

https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/jomf.12603

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