Los cantantes conocidos como Ricky Merino y Conchita Wurst, iconos LGTBI. /EFE
Los cantantes conocidos como Ricky Merino y Conchita Wurst, iconos LGTBI. /EFE

Dice Ricky Merino que los cantantes gays no tienen las mismas oportunidades que los demás para triunfar en lo suyo. Ricky Merino, parece ser, es cantante y es gay, con lo que quizá no sea una fuente imparcial para opinar sobre la cuestión. Por lo visto es alguien salido de uno de esos programas televisivos que producen ‘estrellas’ como salchichas, poco menos que en serie, y pese a la terrible desventaja de que se queja presentará las Campanadas de TVE.

En esta tontería, banal en sí misma, hay bastante tela que cortar. Porque, en un sentido obvio, Merino -o Ricardo Luis Urdiales Merino- tiene razón: en el mundo de la canción popular, ser gay puede tener evidentes inconvenientes.

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Pero no se trata de una ‘discriminación’ contra la que se pueda luchar, y en esto el triunfito ejemplifica a la perfección hasta qué punto toda la visión progresista de la vida es una rebelión, no ya contra determinadas estructuras sociales o políticas, sino contra la naturaleza humana y la realidad misma.

Lo dice él mismo en la entrevista donde se reafirma en declaraciones previas en este sentido. “He oído comentarios de alguien importante de la industria a alguien que es homosexual diciéndole: “¡Qué pena que seas homosexual porque eres un gran producto (sic) para las niñas!”, y tú te dices qué fuerte que esto pueda seguir pasando en 2020”.

Esta referencia a la fecha es esencial, casi diríamos que no podía faltar, ese tópico, manido e involuntariamente cómico “¡en pleno siglo XXI!” que nos haría muchísima gracia si lo leyéramos en un viejo pergamino referido, no sé, al siglo XIII. Porque, ¿qué tiene de especial 2020?

No pretendo ser experta en biología evolutiva, pero sospecho que rasgos que tardan cientos de miles o millones de años en formarse en nuestra conducta instintiva para optimizar la conservación y el éxito reproductivo de nuestra especie no cambian de la noche a la mañana porque lo decrete, no sé, Irene Montero. La cosa no funciona así.

Las declaraciones de Merino tenemos ya dos rasgos absolutamente imprescindibles en este tipo de proclamas progresistas: la victimización continua -quien deja de ser víctima, pierde el premio- y la rebelión contra la realidad

La industria del espectáculo es eso, una industria, y como tal sus ‘productos’ tienen mayor o menor éxito, sus empresas triunfan o fracasan según más o menos gente esté dispuesta a adquirir sus productos. Y el atractivo de un cantante de música popular no está solo en que entone bien y tenga una bonita voz, algo que está al alcance de un número suficientemente amplio en todo el mundo dentro de un sector donde la competencia es absolutamente feroz, sino de algunas otras cosas más sutiles. Por ejemplo, la identificación y la credibilidad.

Piensen en el fenómeno de los ‘fans’ y las ‘grouppies’. Son como los hinchas de un equipo de fútbol, que forman con lo que Merino llama ‘el producto’ una vinculación que va más allá de los rasgos más fácilmente medibles, los meramente musicales. Una adolescente que se emociona con una canción romántica al uso o que cubre su carpeta de fotos de su ídolo, no está meramente ejerciendo un juicio sobre la maestría musical del tipo en cuestión; está identificando a ese tipo cuando canta con un hipotético enamorado que le canta a ella personalmente, aunque esto no suceda de forma explícita y consciente. Esa es la razón principal de que Elvis sea más conocido y admirado que Plácido Domingo.

Ahora, si esa chica, que es, colectivamente, el eje del éxito de cualquier cantante ‘melódico’, sabe que su ídolo es gay, la conexión falla, la fantasía se quiebra, fracasa la ‘suspensión de la incredulidad’ que es la base de esa atracción.

Hace unos meses fue el popular cantante Pablo Alborán el que salió del armario en una noticia que solo era tal para sus fans más ciegas. En su momento los dueños del discurso y sus abundantísimos comparsas hablaron de la ‘valentía’ del cantante al haber reconocido -más que confesado- su tendencia sexual, a lo que muchos respondieron que para declararse gay en nuestros días se requiere tanto valor como para quitarle una piruleta a un niño de tres años. Y, sin embargo, yo en esto estoy con los primeros, al menos en ese sentido, en el de arriesgar su corte de ‘fans’ adolescentes. Porque si tienes 15 años y la noche tonta y escuchas a Alborán diciendo: «Empiezo a creer que te quiero / Y empiezo a soñar con tus besos / Sin embargo no voy a decirlo / Hasta que tu sientas lo mismo / Porque tengo miedo, miedo de quererte / Y que no quieras volver a verme”, basta que pienses que el cantante pensaba en un maromo al componer la letra como para que la ensoñación sentimental desaparezca de golpe.

Así que en las declaraciones de Merino tenemos ya dos rasgos absolutamente imprescindibles en este tipo de proclamas progresistas: la victimización continua -quien deja de ser víctima, pierde el premio- y la rebelión contra la realidad.

Y queda la tercera: la concienciación, llamar a las tropas e incitar a la acción en defensa del colectivo. «Estamos evidenciando cosas que ocurren, o sea que, por favor, vamos a remar todos a favor. No estoy hablando de mí, estoy hablando de una cosa que ocurre en general en la industria».

Al final, ¿qué propone Merino para salvar esta ‘discriminación’? ¿Que, para no ser tachados de homófobos, los directivos de las discográficas den más oportunidades a cantantes gays a costa de perder dinero? ¿Quizá imponer en las emisoras de radio cuotas obligatorias para canciones interpretadas por homosexuales? ¿O, apuntando alto, un esfuerzo de ingeniería social por parte de las autoridades educativas que condicionen a las adolescentes para emocionarse con cantantes gays?

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