Un jurado de Dallas, en Texas, se ha pronunciado contra Jeffrey Younger, el padre que está intentando proteger a su hijos de 7 años, James, de la castración química inherente a la ‘transición’ al género femenino. Eso significa que la madre de James, Anne Georgulas, podrá seguir adelante con su intención de convertirlo en “Luna,” ahora con el respaldo de las autoridades para empezar a tratarle con bloqueadores de la pubertad y, más adelante, con tratamientos hormonales que deberá mantener toda su vida si eligiera seguir ese camino.

Más humillante aún, es probable que el veredicto también signifique que Younger quedará obligado a “afirmar” a James como ‘Luna’ e incluso asistir a clases de ‘concienciación’ transexual.

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Porque ese es el fin soviético, totalitario de todo este asunto, de toda esta cultura enloquecida: no basta con ‘tolerar’; hay que ‘afirmar’. Al monstruo no le basta con repetir sus trágicas mentiras contradiciendo realidades obvias: las impone con la fuerza de la ley y obliga a repetirlas. Recuérdenme, por favor, quién ganó la Guerra Fría.

Ante toda esa patulea que repetía como un ejército de loros o autómatas ante el advenimiento de las primeras leyes de ingeniería social: “¿Qué te importa a ti? Deja que la gente viva como quiera”, ahora se pueden poner mil ejemplos de lo que se veía venir, ineluctablemente. Uno puede remitirse a James y a su padre.

Pero la comparación es engañosa. No, no es un totalitarismo como el soviético: es mil veces peor. La única razón de que no lo gritemos, de que la mayoría ni siquiera lo advierta, es que hemos acabado asociando totalitarismo con determinadas formas, y no con su verdadera sustancia, y que nuestra sociedad es increíblemente próspera, y la comunista es siempre un fracaso y un camino seguro a la miseria.

Un niño de 7 años no puede ser transexual; ni siquiera tiene atracción sexual definida, que es algo que se desarrolla con esa pubertad que la química le va a negar

Sin embargo, imponer una ideología política o un modelo económico y tener que repetir que es un paraíso, con ser atroz, ni siquiera roza lo que vivimos ahora, que es una mentira sobre la base misma de toda sociedad: el sexo. Atacar la realidad de nuestra misma naturaleza es mil veces más terrible y tendrá consecuencias mucho peores -a menos que se ataje a tiempo- que mentir sobre economía o política. Es el equivalente social a un bombardeo atómico de alfombra.

Por una mayoría de 11 a 1, el jurado decidió que la actual custodia compartida que mantienen Younger y Georgulas sobre sus hijos gemelos pase a ser exclusiva de la madre. Por supuesto, Younger seguirá pagando.

Younger y Georgulas fueron a los tribunales, precisamente, por una disputa sobre la custodia de James y su gemelo, Jude. Younger alega que su exmujer está convirtiendo a su hijo en chica contra la voluntad del interesado. En un mundo medianamente cuerdo, eso ni siquiera debería ser un argumento. Un niño de 7 años no puede ser transexual; ni siquiera tiene atracción sexual definida, que es algo que se desarrolla con esa pubertad que la química le va a negar.

Un niño de 7 años no decide en casi nada; no vota, no paga impuestos, no puede conducir, ni fumar, ni beber; la ley no le reconoce capacidad para decidir nada con algún peso en su vida, con lo que la idea de que pueda decidir cuál es su sexo es sencillamente ridícula. Pero con consecuencias inmediatas potencialmente devastadoras. Ya hemos escrito aquí sobre las dudas que plantean los bloqueadores de la pubertad a muchas agencias reguladoras y a no pocos médicos, con efectos secundarios todavía no bien conocidos. Si a eso unimos los tratamientos hormonales y, posiblemente, las operaciones de ‘asignación de sexo‘, las consecuencias a largo plazo son irreversibles.

Según la Clínica Mayo, puntera a nivel internacional, los posibles efectos secundarios de la terapia hormonal de feminización serían: trombosis, embolia pulmonar, altos triglicéridos, cálculos renales, aumento de peso, reducción de la libido, disfunción eréctil, infertilidad, hipercalemnia, hipertensión, diabetes de Tipo 2, enfermedades cardiovasculares, exceso de prolactina en sangre, entre otras.

Entre otras cosas, Georgulas solicitaba al tribunal que se prohibiera a su exmarido llamar ‘James’ a su hijo común, aunque ese sea su nombre legal, y que cuando estuviese con James evitara estar con personas que no “afirmen” a James como niña. Si les suena demencial es porque lo es.

Antes de iniciarse el caso, Georgulas ya tenía plena autoridad sobre las decisiones con respecto a los niños, y aunque debía informar de ellas a Jeff, este no podía opinar de su conveniencia o no.

Georgulas presentó al jurado documentos firmados por ‘expertos’ que confirmaban un diagnóstico de disforia de género -que, en niños en edades previas a la pubertad desaparece espontáneamente en un 80%-90% de los casos- y recomendaban iniciar el consumo de bloqueadores de la pubertad.

Por su parte, a Younger le preocupa que Georgulas esté imponiendo a su hijo una vida de miseria. Los individuos identificados como ‘transgénero’, aun cuando se les anime en sus autoconcepciones, digamos, contradictorias con la realidad cromosómica, sufren más problemas psicológicos que la población general, tienen una menor esperanza de vida y más probabilidades de cometer suicidio.

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