Imagen referencial
Imagen referncial

Imagino que no les habrá pasado nunca y la verdad es que no se lo deseo a mi peor enemigo, porque es una experiencia terrorífica. Me refiero a ese momente en que una está tranquilamente charlando con un personaje al que cree meramente excéntrico y, en un momento concreto, por un único comentario que hace con absoluta seriedad, una se da cuenta súbitamente que está hablando con un orate, un loco de remate.

Que los ‘maestros de pensar’ -como dicen los franceses- que nos ha tocado en desgracia a nuestra civilización actual exponen a cada paso un disparate mayor que el anterior y que proponen medidas socialmente suicidas es casi la razón de ser de mis columnas; pero, como en todo, faltaba el momento definitivo, la frase que te indica sin posible interpretación benigna que estás ante un candidato a camisa de fuerza y celda acolchada.

Actuall depende del apoyo de lectores como tú para seguir defendiendo la cultura de la vida, la familia y las libertades.

Haz un donativo ahora

Me refiero a abrir al que se llama a sí mismo ‘diario de referencia’, El País, que por lo que sé sigue siendo el más vendido de España, y toparme con este titular: ‘La heterosexualidad es peligrosa‘. Y ya, cerremos esto, que no da más de sí.

No, no es de broma, lo dice completamente en serio. La heterosexualidad es peligrosa. Y punto

En España, cualquier periodista que titulara ‘La homosexualidad es peligrosa’ no volvería a trabajar en ninguno de los grandes medios en su vida, y en muy pocos de los pequeños. Un líder político, un empresario, un artista, un académico que pronunciara la frase “la homosexualidad es peligrosa” podría decir adiós para siempre jamás a su carrera, y tendría todas las papeletas para sufrir acosos y escraches. Un particular que colgara en una red social la frase “la homosexualidad es peligrosa”, salvo que tuviera menos seguidores que un mitin de Ciudadanos, vería muy probablemente cerrada su cuenta in aeternum.

Y, sin embargo, la proporción de homosexuales en casi cualquier sociedad no supera, de media, el 3% o 4%. Y, sin embargo, una sociedad podría sobrevivir y crecer y prosperar sin homosexuales, pero no podría hacerlo sin heterosexuales. No digo que no haya habido homosexuales que, por cuestiones quizá de presión social haya tenido hijos del modo natural, pero es raro, mucho más cuando ya no existen esas presiones, sino más bien todo el aliento del mundo para salir del armario. Lo que significa que todos somos hijos de heterosexuales, presumiblemente, también el autor de la tribuna.

La idea es tan suicida, tan inconcebiblemente estúpida, que decidí darle una oportunidad a la tribuna, dando por hecho que el autor había querido ser provocador en el titular para atraer lectores, pero que en el texto se contaría otra cosa, algo menos irracional. Pero no, no es de broma, lo dice completamente en serio. La heterosexualidad es peligrosa. Y punto.

La excusa en esta ocasión es esa fiebre electoralista de la violencia de género. La llamo así no porque sea insensible al destino horrible de las mujeres que la sufren, sino porque España está entre los países bendecidos con una menor tasa de violencia contra las mujeres -es decir, es lo contrario de una ‘emergencia’- y, sobre todo, porque no se hace el menor esfuerzo por conocer las causas reales y ponerle remedio, sino que se utiliza indecentemente para pescar votos y cambiar la sociedad. Dice el autor: “Los asesinatos de mujeres en el ámbito doméstico se producen dentro del marco de ese tipo de relación. El dato no se menciona cuando se habla de feminicidio, pero es quizás políticamente el más importante”.

Comencemos por decir que eso es falso. En estas mismas páginas ya nos hicimos eco del grave problema, denunciado en publicaciones impecablemente gays, de la violencia de pareja entre homosexuales, que sufren doblemente porque nadie quiere tocar su caso ni con un palo. Si hay muchos más casos en parejas heterosexuales es, además, porque hay muchísimas más parejas heterosexuales. Es la norma y lo otro es la excepción, nos pongamos como nos pongamos. Pero eso es lo de menos. Lo de más es ese aborrecimiento imposible a la norma, a la normalidad, a la vida.

Empieza a no hacer gracia. Empieza a asustar esto de El País que, naturalmente, es lo de Le Monde, es lo de The New York Times, es lo de nuestras élites. Porque significa, directamente, que estamos en manos de dementes que pueden hacer un daño espantoso a estas y a las generaciones futuras y que, de hecho, lo están haciendo.

Porque si la heterosexualidad es peligrosa, entonces vivir es peligroso. Si la heterosexualidad es un problema, si la heterosexualidad es algo que contemplar con el ceño fruncido y mirada censora, apaga y vámonos, literalmente. Y es entonces cuando una conecta los puntos y entiende todo, entiende hasta qué punto es antivida el pensamiento único. ¿Cuántos artículos han leído o visto de pasada sobre lo malo que es tener hijos? En algún caso alegarán a que es negativo para la salud mental de los padres; en otros, a que contribuye al cambio climático, o que es una ruina o que nos estropea la diversión como, al parecer, la última generación en Occidente.

Comentarios

Comentarios