Imagen referencial /PIxabay.
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Debajo de mi ventana hay un colegio público, y ayer estaban las profes dirigiendo a los niños pequeños en un aparatoso y vocinglero desfile de Carnaval. Ahora, con independencia de que le encuentre más o menos sentido a poner a niños de 4 y 5 años a cantar canciones carnavaleras y desfilar como si estuviesen en Río, que lo hagan bien entrada la Cuaresma me parece una foto perfecta de nuestro tiempo, cuando se mantienen celebraciones mucho después de que hayan perdido su sentido original, de jolgorio para apurar placeres que habrían de desaparecer durante la Cuaresma, cuando todo el año es carnaval y ningún día es Cuaresma.

He pensado en esto leyendo una entrevista que eldiario.es hace a Boti G. Rodrigo, flamante nueva directora de diversidad sexual y LGTBI del Ministerio de Igualdad, porque es claro que la histórica activista se apunta a este perpetuo carnaval que es el gobierno Sánchez, especialmente en su ala morada. Así, uno pensaría que lo diverso es exactamente lo contrario de lo igual, pero ahí tienen a Boti, que se ocupa de la diversidad en pleno Ministerio (orwelliano) de la Igualdad.

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La entrevista viene titulada con una frase de la ínclita, que entra a saco en la polémica de la que hablábamos el otro día -y hemos tratado en muchas ocasiones- con motivo de la expulsión de Izquierda Unida del Partido Feminista por ‘tránsfobo’. «Hay que decirlo alto y claro: las mujeres trans son mujeres y no hay más vueltas que darle», asegura Rodrigo. Claro que sí, no le demos más vueltas: es una orden.

No se puede ser tan pura como Lidia Falcón, la presidente del partido defenestrado: en el agua demasiado pura, dice un refrán japonés, mueren los peces. Hoy, si se quiere llegar a alguna parte, hay que repudiar a las ‘terfas’ -‘feministas que excluyen a los transexuales’- y abrazar con entusiasmo la causa trans, aunque no tenga ni pies ni cabeza. Ni Boti ni nadie con dos dedos de frente puede realmente pensar que una es mujer sencillamente porque lo siente, mucho menos porque lo declara. No sucede con ninguna otra circunstancia de la vida con transcendencia social. Uno no es lo que sienta que es, eso lo sabe Boti tan bien como yo.

No, lo verdaderamente importante es que todo sea muy, muy fluido, nada tenga verdadera esencia, de modo que quien decida qué son las cosas, incluidas las más esenciales y básicas, sea el poder. Es la razón de ser del Carnaval, que nada sea lo que parece y que lo que importe sea la máscara elegida en cada momento. Pero el Carnaval, cuando se prolonga y pierde su sentido, augura una mañana de terrible resaca.

Lo mismo sucede con esta alegría ‘trans’ de que todo el mundo pueda ser del sexo con el que se encapriche en cada momento. El futuro de esta fiesta puede ser igualmente trágico. Ya lo está siendo en muchos casos que los medios de comunicación tratan de acallar a menudo, y a los que no se refiere, que yo sepa, ninguna plataforma política.

Como el caso de Keira Bell. Keira Bell es una joven 23 años cuya demanda contra el servicio público de salud británico, en NHS, ha sido admitida a trámite por un juez. El objeto específico de la demanda es una ‘clínica de género’ que, alega Bell, admitió deprisa y corriendo la petición de cambio de sexo de Bell sin informarle debidamente y sin tener en cuenta la inmadurez propia de la edad en la que lo pidió.

El caso de Keira es mucho más común de lo que quiere admitirse. De niña era la típica ‘chicazo’, que envidiaba a los chicos y le gustaba jugar a las cosas que jugaban estos, desdeñando los ‘juegos de niñas’. No diré que conozco una niña así por familia numerosa, pero casi. Desde luego, es absolutamente corriente, como lo es que, con el paso del tiempo -con la llegada de la pubertad-, ese deseo de ser un chico se deje atrás y se olvide. Salvo, claro, que una clínica ideologizada y ávida de pacientes te tome la palabra e impìda que llegues a la pubertad mediante procedimientos farmacológicos de consecuencias a largo plazo inexploradas.

Lo que reprocha Keira a los médicos que le trataron en la Clínica Tavistock es que en ningún momento se preocuparon por saber si la decisión de la adolescente estaba bien formada y era lo bastante madura para dar un paso que cambiaría el resto de su vida. «Deberían haber cuestionado las propuestas y las afirmaciones que yo planteaba sobre mí misma”, dice Bell, en información ofrecida por la BBC. “Creo que eso hubiera supuesto una gran diferencia, solo con que cuestionaran las cosas que yo les estaba contando.»

Keira pasó por todo el proceso: bloqueantes de la pubertad, inyecciones de testosterona y, finalmente, una operación para eliminar el pecho femenino.

Al cabo de los años, Keira decidió abandonar el tratamiento y se reconcilió con su sexo biológico, pero ahora tiene la sensación de haber perdido una década y no sabe aún las secuelas que puedan quedarle del largo tratamiento.

El futuro está lleno de Keiras, más cuanto la ‘moda’ de adolescentes y preadolescentes que solicitan el cambio de sexo parece haber estallado en proporciones inconcebibles. Y mucho más en el caso de los niños y niñas que, con poco más de 4 o 5 años, son sometidos a ese tipo de tratamiento por padres demasiado entusiastas con los ‘deseos’ de sus tiernos infantes, en una edad en que un niño puede decir que en realidad es una niña como puede decir que es un dinosaurio o un gato.

Todo el año es carnaval, pero el alba acaba llegando, y sospecho que la resaca civilizacional de esto de lo que tan segura se muestra Boti va a ser especialmente amarga.

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