Según un reciente estudio de la oficina estatal de estadística sueca, SCB (Statistiska centralbyrån), una cuarta parte de las mujeres en Suecia tiene miedo a salir de casa. No sé a ustedes, pero a mí se me ocurren pocos síntomas de quiebra social tan claros como el que una parte tan importante de la población tema salir a la calle.

Un 15,3% de la población adulta de Suecia evita salir de casa después de oscurecer por miedo a ser atracado, atacado o amenazado sexualmente, una proporción que asciende al 25% en el caso de las mujeres. Hablamos de Suecia; ¿se acuerdan del ‘paraíso sueco’, del modelo nórdico, del ejemplo que todos nuestros políticos ponen como lo más digno a imitar? Ese, exactamente.

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Y no es que no tuvieran sus razones, pero están, digamos, ligeramente desactualizadas. Porque, sí, efectivamente, Suecia, en lo material y en el grado de cohesión social alcanzado, tuvo en un pasado no lejano motivos para presentarse como un modelo al mundo. Era un país razonablemente rico, sin grandes desigualdades, con unos servicios sociales espectaculares, y con una inseguridad ciudadana prácticamente despreciable. Hasta que a sus enloquecidos dirigentes les dio por pensar que sería más divertido que Suecia dejara de ser Suecia para convertirse en África. Lo crean o no, un ministro sueco llegó a decirlo con esas mismas palabras, dijo que su ambición era que Suecia fuera África. Bueno, pues ya lo tienen.

Y no es que la violencia haya aumentado sensiblemente estos últimos años. Según Sara Frankl, de la SCB, “en los últimos años ha aumentado la violencia mortal contra los varones. Pero la violencia letal contra las mujeres está en el mismo nivel que otros años. No pasa nada”. Bueno, sí pasa, señora Frankl; no hace falta que se aumente el riesgo de morir por andar por la calle; el hecho de que Suecia se haya convertido en el segundo país después de Sudáfrica con mayor número de violaciones por habitante quizá también pese en el temor de muchas suecas.

El 28% de la población entre 16 y 84 dice sentirse muy o totalmente inseguros, hasta el punto de optar por no salir de casa por la noche

Pero probablemente sea, sin más, que las suecas se han ido haciendo poco a poco a la idea de que lo vivido en estos años anteriores no es un brote ocasional e inexplicable, sino, meramente, la ‘nueva Suecia’, que esto es lo que hay, de ahora en adelante.

La Encuesta de Seguridad Nacional, un informe anual que elabora el Consejo de Prevención del Crimen (Brå), confirma que casi la mitad de las jóvenes -un 45%- cambió de trayecto en sus desplazamientos habituales a pie por miedo a los delincuentes. Al mismo tiempo, la exposición al crimen, según confesión de los interesados, ha aumentado al 26,4% de la población. Según el Brå, el grupo de edad con más probabilidades de sufrir ataques violentos entre los varones es el que va de los 16 a los 19 años. En el caso de las mujeres, quienes sufren con más frecuencia ataques sexuales es el comprendido entre entre los 20 y los 24 años.

El 28% de la población entre 16 y 84 dice sentirse muy o totalmente inseguros, hasta el punto de optar por no salir de casa por la noche. Dos quintas partes de los suecos -43%- aseguran estar especialmente preocupados por el nivel de delincuencia en su sociedad. En 2018, se denunciaron unos 22.500 sexual delitos sexuales, entre los que 7.960 se tipificaron como violación. Un 6,4% de las personas consultadas, muy mayoritariamente mujeres, confesó haber sido objeto de ataques de naturaleza sexual.

No sé cómo ha podido ocurrir, no me pregunten, pero es perfectamente constatable: a pesar de vivir en regímenes democráticos, en los que la gente elige a sus gobernantes, el gran secreto a voces de nuestro tiempo es que nuestros líderes son nuestros enemigos.

Parece absurdo, ¿verdad? No cuadra que quienes nos ‘representan’ actúen tan decididamente contra nuestros intereses más elementales. ¿Por qué un país se hace eso a sí mismo? ¿Por qué una sociedad próspera y segura elige convertirse en un lugar donde dé miedo salir de casa?

¿Necesitaba Suecia importar grandes contingentes de población de África? No, en absoluto.

¿Le ha beneficiado en absoluto importar una importante población de Somalia y otros países africanos con culturas diametralmente opuestas, con otra concepción de la vida y de la sociedad, con bajos niveles educativos, con una estrechísima lealtad tribal y unos altísimos niveles de violencia?

Pero este panorama desolador, un efecto que nadie con dos dedos de frente podía dejar de prever a partir de las causas, no lo ha provocado un malévolo enemigo de Suecia, una potencia envidiosa de su paz y prosperidad, sino los mismos representantes democráticos de esos suecos y suecas que ahora tienen miedo a salir de sus casas.

Y el caso de Suecia, naturalmente, es solo un aperitivo de lo que vendrá, no solo al país escandinavo, sino a todo un Occidente embarcado en un proyecto suicida de sustitución demográfica.

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