El hermano mayor de una familia de 10 hijos juega con su hermana pequeña. / F. Navarro
El hermano mayor de una familia de 10 hijos juega con su hermana pequeña. / F. Navarro

Todavía no he dejado atrás del todo esa sensación de estar viviendo “sus primeros pasos”, “su primer diente”, “su primer día de cole”, “sus primeras palabras”… y me veo viviendo ya “su último día de cole”, “su última audición de oboe”… y hasta “sus últimos día en casa”.

Es verdad que los hijos nos los presta Dios sólo un ratito para que le ayudemos a modelar su alma para ser felices haciendo felices a los demás, y que les enseñemos a construir lo que será en realidad “su propia vida”, igual que hemos hecho nosotros. ¡¡Pero cuánto cuesta soltarles!!

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Ese pequeñajo que lloraba en silencio cuando le dejaba en el cole por la mañana, me deja ahora a mí llorando al irse a nuevo “cole”, a la Academia General de Zaragoza. Y es que no es sólo que se vaya a estudiar fuera, es que esa es ya su vida, su propia vida, y vendrá a casa sólo de vacaciones, “de visita” como quien dice.

No tienen ni idea en el Ejército de lo que se llevan, por cierto, están de enhorabuena. ¡¡Menudo regalazo le hacemos a la patria!!

Nueva etapa para la familia en la que a todos nos toca aprender nuestro nuevo papel, unos como madre y padre de hijo independizado pero muy hijo aún, otro como hermano que se queda sin su compañero y su hermano del alma y asume el papel de hermano mayor, otra como hermana pequeñaja que crecerá sin haber convivido casi con él y el resto como hermanos que pierden el ejemplo constante de un hermano mayor absolutamente fuera de serie. Y él tendrá que manejar esa nueva vida con la que aún le toca desempeñar en casa, una tarea difícil, desde luego.

Un sabor agridulce inevitable.

Y entonces miro hacia atrás, aunque no debiera porque por mucho mirar ya nada se puede cambiar, y veo ratos perdidos, momentos desaprovechados, enfados inútiles y cosas mal hechas, pero también la alegría de haberme dedicado a ellos casi por completo, de poder decir que no me he perdido casi nada y que siempre he estado allí. E incluso el orgullo de pensar que una pequeña parte de su manera extraordinaria de ser, he ayudado yo a forjarla a base de horas y horas a su lado.

Hoy me aferro a la satisfacción de tener miles de momentos suyos, de cada uno de mis hijos, porque la vida me puso en una tesitura amarga en la que tuve que elegir y tuve el privilegio de poder elegirles a ellos.

No tienen ni idea en el Ejército de lo que se llevan, por cierto, están de enhorabuena. ¡¡Menudo regalazo le hacemos a la patria!!

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