Ana Iris Simón se define como hija de sus padres con voluntad de ser madre de sus hijos
Ana Iris Simón se define como hija de sus padres con voluntad de ser madre de sus hijos

El libro de Feria ha triunfado en la Feria del libro. Y ha llegado a ser un fenómeno editorial no sólo por su original propuesta y su estilo fresco sino, sobre todo, porque su autora, una desconocida millenial nacida en Campo de Criptana (Ciudad Real), se ha convertido en la portavoz de una generación desencantada. 

Opone la España real (y rural) a la España oficial y proyecta una mirada introspectiva hacia Castilla, y dentro de ella a la Mancha, su paisaje, su paisanaje y su idiosincrasia

Salvando las distancias y los años -más de cien- el fenómeno de Feria tiene varios rasgos en común con otra generación desencantada: la del 98. Opone -como aquella- la España real (y rural) a la España oficial; como aquella añora un pasado (más material que imperial, más de vivienda y trabajo que de viejas glorias); e igual que Azorín y Unamuno, Simón proyecta una mirada introspectiva hacia Castilla, y dentro de ella a la Mancha, su paisaje, su paisanaje y su idiosincrasia. 

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Esta niña nacida en la era de la biogenética cuestiona el progreso, “eso que llaman progreso”. Es como si la desenvuelta hija de la Ana Mari hubiera puesto música de los Chunguitos y socarronería manchega al menosprecio de Corte y alabanza de aldea que hacía Unamuno: «campesino del Toboso que nace, vive y muere, ¿es menos feliz que el obrero de Nueva York? ¡Maldito lo que se gana con un progreso que nos obliga a emborracharnos con el negocio, el trabajo y la ciencia, para no oír la voz de la sabiduría eterna, que repite el vanitas vanitatum”.

Por no faltar, no falta en Feria la referencia constante al Ingenioso Hidalgo, tan cara a los escritores noventayochistas. Las características de La Mancha (“la ausencia total de relieve, el Quijote y el viento”) enmarcan el libro e invocan a los espíritus de Azorín, Unamuno y Maeztu. Los tres siguieron las huellas de Rocinante y se interrogaron por la identidad de España en La ruta de Don Quijote, Vida de Don Quijote y Sancho y Don Quijote, Don Juan y la Celestina, respectivamente. 

La autora de Feria busca la identidad en sus raíces familiares. Su genealogía de feriantes, quincalleros y carteros; sus titos y abuelos; su padre y esa Ana Mari, ancla de la familia, que es a la Mancha, lo que Carmen Elgazu era a la Gerona de Los cipreses creen en Dios de Gironella. Esa Ana Mari de la que siente envidia porque a su edad, ya tenía una hija de siete años y una Thermomix que se había comprado con los ahorros de dejar de fumar y una hipoteca.

Ahora que los franceses, como siempre de vuelta de todo, descubren la importancia de la tradición y la transmisión de la cultura, como hace François-Xavier Bellamy en Los desheredados, Ana Iris Simón proclama:

“Antes que nada en el mundo soy hija de la Ana Mari y de mi padre, porque fueron condición de posibilidad de todo lo demás, y antes que nada en el mundo quiero ser madre de mis hijos, que serán condición de posibilidad de que lo que la Ana Mari y mi padre son siga vivo aun cuando ellos ya no estén en este mundo”.

Una genealogía que se perpetúa hacia el futuro, como ella misma deja constancia en el capítulo en el que se dirige a su hijo: “Tendré que explicarte lo que es un pueblo…” 

“No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa” diagnosticaba Ortega a principios del siglo XX, en Las meditaciones del Quijote -otra referencia noventayochista-. Sin ser experta en Kant o Leibniz, una joven manchega aporta realismo sanchopancesco para advertir una obviedad: carecemos de futuro porque no tenemos hijos. «Está muy bien ayudar a empresas ecológicas y ponerle wifis al campo -llegó a decirle al presidente del Gobierno-. Pero no habrá agenda 2030 ni plan 2050 si en 2021 no hay techo para las placas solares porque no tenemos casas, ni niños que se conecten al wifi porque no tenemos hijos». Eso es lo que nos pasa. 

La decisión de perpetuarse y formar una comunidad de padres, hijos, abuelos como los que añora Simón no depende exclusivamente de las ayudas, sino de algo más hondo

Es verdad que el factor económico ayuda. Las penas con trabajo y vivienda -como reclama Ana Iris para los millenials– son menos penas. Y los Gobiernos tienen la responsabilidad de fomentar la natalidad y ayudar a la familia, que es un bien social de primera necesidad. Pero la decisión de perpetuarse y formar una comunidad de padres, hijos, abuelos como los que añora Simón no depende exclusivamente de las ayudas, sino de algo más hondo. Prueba de ello es que sus antepasados no se arredraron ante la pobreza y trajeron hijos al mundo; y que se llenaron las cunas de la dura posguerra (la española y también la mundial, a partir de 1945) con los babyboomers. En tanto que se vaciaron cuando subió el nivel de vida en los prósperos años 70-80-90. 

De eso va, en parte, el fenómeno de Feria. De la pérdida de la brújula existencial, porque no tenemos hijos a quienes poder contarles la historia de su familia. Ana Iris Simon sí: “Tendría que contarte que eres nieto de familia postal, bisnieto de campesinos y feriantes, tataranieto de carabinero exiliado y de quincallera; que tuviste un tío cura y otro misionero que también se dejó la vida por sus ideales y que sintieras entonces que eres el heredero de una raza mítica, como de cuento popular”.

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Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.