Feministas en La India interpretan
Feministas en La India interpretan "el violador eres tú". /EFE

La Asamblea de Madrid ha debatido una proposición no de ley del PSOE que pide más apoyo para luchar contra la violencia de género. Traducido del politiqués significa una nueva colecta del dinero de todos (del suyo amable lector) para los chiringuitos feministas que viven de las denuncias falsas, como ha denunciado oportunamente Alicia Rubio. España, en plena pandemia y al borde de una crisis económica, y los socialistas -que algo de responsabilidad tienen en el hundimiento de este Titanic- pretenden seguir pasando la gorra para esquilmar el bolsillo del contribuyente con la teoría friki del heteropatriarcado.

Lo peor no es esto. Lo peor es el argumento con el que una diputada socialista -Sonia Conejero- ha justificado la colecta. “El hogar puede ser el lugar más peligroso para las mujeres”, alega citando a Naciones Unidas. La ONU, ya saben, la misma que sostiene que los no nacidos no tienen derecho a la vida y que quiere convertir el aborto en derecho humano, contraviniendo el artículo 3 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (“Todos tienen derecho a la vida”); la misma que pretende que se imponga el matrimonio homosexual, contraviniendo el artículo 16 de la Declaración Universal (Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho (…) a casarse y fundar una familia”.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

Suscríbete a Actuall y así no caerás nunca en la tentación.

Suscríbete ahora

El caso es colgar en la puerta de entrada de la familia la palabra “Danger”, el siniestro letrero de los postes eléctricos con un rayo y una calaverita

Con semejante argumento de autoridad, la señora Conejero contrapone y enfrenta mujer con hogar. Del mismo modo, que la Ley de Violencia de Género convirtió a hombre y mujer en enemigos. El caso es colgar en el frontispicio de la familia la palabra “Danger”, el siniestro letrero de los postes eléctricos con un rayo y una calaverita. De eso va la semántica que ceban los Gobiernos y que cala como lluvia fina en las cabezas de los ciudadanos a través de eslóganes y campañas de publicidad. 

-Que contra lo que figura en el ADN antropológico desde el minuto uno -“compañera de doy”- varón y mujer no son compañeros, sino adversarios. 

-Que el lecho conyugal es el campo de batalla de la guerra de sexos. 

-Que la mujer no es la reina del hogar, sino la esclava, la clase oprimida, la explotada (lo cual es un copiapega de Engels). 

-Que la maternidad es una trampa.

-Que el hijo es una carga y un instrumento de explotación del heteropatriarcado, y que es preciso liberarse de las cargas y sublevarse contra la opresión. 

El hogar y la familia son para estos nietos de Marx y Engels las superestructuras que es preciso demoler. Y el sujeto revolucionario ya no es el obrero sino la mujer o el homosexual que se sublevan contra el opresor (varón, heterosexual).

Convendrán conmigo en que todo esto resulta viejuno y decimonónico. El problema es que tan casposas teorías han sido compradas por una instancia que las han blanqueado: la universidad. Y de ahí, con esa pátina de legitimidad, a los parlamentos y a los Gobiernos solo va un paso. Hace solo 30 años, los estudios de género no hubieran pasado el filtro del rigor científico. Pero el soborno económico y la presión política forzaron voluntades y la ideología sustituyó a la ciencia. 

Es muy significativo el caso de Judith Butler, la gran gurú del ‘generismo’. Filósofa postestructuralista, con su libro El género en disputa, el femenismo y la supresión de la identidad coló, con ropaje pseudocientífico, el rancio mensaje de que las categorías matrimonio, familia, padre-madre, sexualidad y fertilidad no son naturales, sino instrumentos de opresión del varón y de lo que llaman “imperialismo heterosexual masculino”. Conclusión, había que hacer algo, era preciso remediar tamaña injusticia y siglos de dominio. 

Esloganes feministas de los años 70 como el de Andrea Dworkin (“toda cópula es una violación”), o el de Gloria Steinem («una mujer necesita a un hombre como un pez a una bicicleta»), encontraron en la teoría de Judith Butler un vehículo para llegar a las cátedras universitarias de EE.UU. y dar carta de naturaleza académica a delirantes dogmas. 

Treinta años después se enseña en determinadas aulas que el varón es violento por naturaleza y que la relación conyugal es una trampa que tiende el hombre a la mujer. Y los profesores que ponen en cuestión los dogmas de género se exponen al ostracismo académico y la muerte civil. Es el caso del famoso Jordan B. Peterson, autor de Doce reglas para vivir. O de John Finnis, un prestigioso profesor australiano de Filosofía del Derecho, al que 600  estudiantes de Oxford exigieron que se le callara la boca por oponerse al matrimonio homosexual.

Judith Butler, en cambio, goza de prestigio y convierte sus ocurrencias en dólares. En 2008 ganó el premio Andrew W. Mellon, dotado con 1’5 millones de dólares; y en 2012 ganó el premio Theodor Adorno (50.000 euros). Es doctora honoris causa por la Universidad de Friburgo por su papel en la lucha de los derechos homosexuales, y se considera una autoridad académica en la materia. 

Lo cual tampoco quiere decir demasiado. En la URSS de los años 30, un farsante llamado Lysenko fue encumbrado al Olimpo cientifico por Stalin, recibió la Orden de Lenin y fue  considerado un héroe nacional. Hasta que se demostró que sus peregrinas teorías genéticas aplicadas a los cultivos provocaron terribles hambrunas.

Con el tiempo se descubrirá el pastel, pero los impostores (y los gobernantes cómplices que han promulgado leyes injustas) se habrán ido de rositas

Mutatis mutandis, algo así está ocurriendo en Occidente con charlatanes de feria como los científicos de Género. Las consecuencias son tan dramáticas como las hambrunas de Lysenko: sus teorías se plasman en leyes que van contra la familia -como ocurre con la de matrimonio homosexual- y contra el Estado de derecho -como la de Violencia de Género que demoniza al varón por el mero hecho de serlo-. Pero los modernos farsantes acumulan honores y plata, y consiguen que los famosos chiringuitos se lucren con la desgracia ajena. 

Con el tiempo se descubrirá el pastel, pero los impostores (y los gobernantes cómplices que han promulgado leyes injustas) se habrán ido de rositas, y el daño estará hecho. 

Comentarios

Comentarios

Nacido en Zaragoza, lleva más de 30 años dándole a las teclas, y espera seguir así en esta vida y en la otra. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y se doctoró cum laude por el CEU, ha participado en la fundación de periódicos (como El Mundo) y en la refundación de otros (como La Gaceta), ha dirigido el semanario Época y ha sido contertulio en Intereconomía TV, Telemadrid y 13 TV. Fue fundador y director de Actuall. Es coautor, junto con su mujer Teresa Díez, de los libros Pijama para dos y “Manzana para dos”, best-sellers sobre el matrimonio. Ha publicado libros sobre terrorismo, cine e historia.