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La izquierda se está dedicando a criminalizar a todos los que no comparten un concepto ideológico que ella misma acuñó: «violencia de género». Incluso llaman «negacionista» al que lo cuestiona.

La primera vez que apareció ese concepto en la legislación española fue hace 15 años, con la aprobación de la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género (LIVG). La exposición de motivos de esa ley definía así ese concepto: «Se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión». 

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Añadía, además, que esa violencia es «una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre mujeres y hombres». Esta definición puramente ideológica y del todo cuestionable ha dado paso a una situación anormal en España, pues a partir de la aprobación de esa ley, toda agresión de un hombre contra una mujer en el ámbito de la pareja está siendo juzgada conforme a ese molde ideológico aunque no se ajuste a la realidad.

Un concepto que considera que haber nacido hombre es un pecado original

En agosto de 2005, el Juzgado de lo Penal número 4 de Murcia presentó un recurso de inconstitucionalidad contra uno de los preceptos de esa ley. El recurso dividió al Tribunal Constitucional, siendo rechazado por 7 votos frente a 5. Uno de los cuatro votos particulares, el del magistrado Jorge Rodríguez-Zapata Pérez, se refería al Artículo 153 del Código Penal modificado por la citada LIVG: «El art. 153.1 CP contiene una definición de violencia de género que parte de entender, como dato objetivo, que los actos de violencia que ejerce el hombre sobre la mujer con ocasión de una relación afectiva de pareja constituyen siempre actos de poder y superioridad frente a ella, con independencia de cuál sea la motivación o la intencionalidad del agresor, porque lo relevante es que el autor inserta su conducta en una pauta cultural, en una concreta estructura social».

El magistrado advertía que «para la Sentencia, aunque formalmente lo niegue, el autor del referido delito debe ser sancionado con arreglo al plus de culpa derivado de la situación discriminatoria creada por las generaciones de varones que le precedieron, como si portara consigo un ‘pecado original’ del que no pudiera desprenderse, aun cuando la agresión que cometió obedezca a motivos distintos o aunque su concreta relación de pareja no se ajuste al patrón sexista que se trata de erradicar».

El magistrado señalaba que «esta presunción es incompatible con los principios del Derecho penal moderno, que ha desarrollado criterios de atribución de responsabilidad ‘concretos’, por el hecho propio y no por hechos ajenos. Entiendo que el principio de culpabilidad resulta infringido cuando indiscriminadamente se aplica el referido art. 153.1 CP a acciones que tengan su origen en otras posibles causas y, lo que es más grave, sin que conlleve la necesidad de probar que se ha actuado abusando de esa situación de dominación». 

Dicho sea de otra forma: se aplica la acusación de «violencia de género» contra los varones por el mero hecho de serlo, sin necesidad de probarlo, algo aberrante, pues se penaliza la condición sexual y no las motivaciones reales del agresor.

Una ley creada para imponer el modelo de sociedad de la extrema izquierda

Esta perversión del Derecho en España ha venido siendo denunciada desde distintos ámbitos. En el ámbito de la política, Vox ha mostrado abiertamente su discrepancia con esa aberrante definición, una discrepancia del todo legítima, pues asume las objeciones manifestadas no por personas odiosas que odian y maltratan a las mujeres, sino por magistrados del propio Tribunal Constitucional. 

La solución de la izquierda para despachar esas objeciones ha sido criminalizar a quienes las plantean, tachándoles de «machistas» y «negacionistas» e incluso acusándoles de querer desproteger a las mujeres maltratadas, como si la única forma de proteger a las mujeres que conoce la izquierda fuese considerar «machistas» a todos los varones. La realidad es que ya antes de la aprobación de la LIVG, las mujeres ya estaban protegidas por la ley frente a cualquier forma de violencia. La LIVG no se creó para proteger a las mujeres -pues ya estaban protegidas-, sino para imponer un modelo de sociedad inspirado por la extrema izquierda.

Trasladando el dogma marxista de las lucha de clases a los sexos

Y es que la izquierda ha usado algo tan grave como el maltrato como excusa para imponer en nuestras leyes una tesis ideológica procedente del marxismo: consiste en trasladar el dogma de la lucha de clases a los sexos. Si para Marx la opresora era la burguesía y el oprimido era el proletariado, el feminismo de izquierdas considera que los varones son opresores y las mujeres son oprimidas, y que cualquier violencia entre ambos responde a relaciones de poder.

La izquierda intenta así conseguir una nueva clientela política ante la que presentarse como unos salvadores, tras perder al proletariado con la aparición de una amplia clase media en Occidente y el hundimiento del comunismo en la Europa oriental. Obvia decir que así no se acaba con el maltrato ni con las muertes de mujerescomo demuestran las estadísticas.

De hecho, consciente de ese fracaso, e incluso sabedora de antemano de que esa ley no solucionaría nada, la izquierda pone su meta en un imposible: acabar con un «machismo» que, según dice, debe estar por doquier, puesto que tanto hombres como mujeres estamos contaminados por él.

Usando una utopía como excusa para pisotear libertades: el precedente del comunismo

Este truco de poner metas inalcanzables para justificar una lluvia de fondos públicos con el fin de intentar alcanzarlas no es nuevo. El comunismo ya se había puesto como meta teórica la desaparición de la desigualdad material, otro imposible, ya que nuestras propias elecciones en la vida y los riesgos que tomamos nos hacen desiguales a los demás (por mucho que seamos iguales en derechos y en oportunidades).

Esa utopía sirvió al comunismo como excusa para justificar un régimen opresivo durante siete décadas, tiempo más que suficiente para que millones de personas se diesen cuenta de que esa ideología no era nada más que una perversa forma de charlatanería para que unos pocos ejerzan el poder a costa de las libertades de los demás.

Fracasado el comunismo, la izquierda está aplicando el mismo y miserable truco que entonces. Ahora el señuelo es prometer a las mujeres un futuro utópico sin ese «machismo» opresor, a cambio de cercenar derechos fundamentales, empezando por la igualdad ante la ley, que era lo que defendía el feminismo de primera ola, algo que se conquistó ya en Occidente. Y es que, sin ese cuento utópico, ¿qué sería del feminismo progre en un mundo occidental donde las mujeres ya son iguales ante la ley e iguales en oportunidades a los hombres? 

Ninguna asociación feminista de izquierdas podría justificar las generosas subvenciones que recibe. Lo novedoso y lo paradójico de este caso es que el llamado «centro-derecha» (el PP, en el caso de España) se ha sometido a ese mantra izquierdista y está colaborando en su imposición. Son los tontos útiles de la nueva izquierda en el desarrollo de ese proyecto puramente totalitario.

.* Publicado originalmente en Contando Estrelas.

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Nacido y residente en Vigo. Diseñador web y gráfico con 18 años de experiencia, aficionado a la fotografía y bloguero. Publica desde 2004 el blog "Contando Estrelas", en el que ha escrito más de 9.000 artículos sobre temas de actualidad, cultura, defensa y nuevas tecnologías. Participa desde hace muchos años en el movimiento cívico: es socio de HazteOir.org desde 2003, socio de Galicia Bilingüe desde sus inicios en 2007, miembro de la Red Liberal desde 2008 y colaborador de CitizenGO desde 2013. Admirador de J.R.R. Tolkien, su pseudónimo es una palabra en idioma quenya (la lengua élfica creada por el escritor británico) que significa "observador de estrellas”.