El príncipe Harry de inglaterra y su esposa, Megan Markle, en 2018 /EFE
El príncipe Harry de inglaterra y su esposa, Megan Markle, en 2018 /EFE

Quienes tenemos hijos adolescentes sabemos muy bien cómo ha cambiado el mundo. Se levantan más tarde que nosotros, son más contestones que nosotros… y sobre todo se comportan de una manera muy distinta. Su modo de relacionarse con sus amigos y el mundo es el Whatssap. No ven telediarios ni películas en la televisión ni van a los bancos, con lo que esos negocios tienen una fecha de caducidad ligeramente más alejada que la prensa de papel.

Salen poco a la calle; y con los confinamientos y toques de queda, menos aún. Sólo lo hacen cuando han quedado con los amigos. Su concepto de salir consiste en recoger unas pizzas o unas hamburguesas para llevarlas a casas de un amigo y allí comérselas mientras juegan a un videojuego o ven una película. Las niñas prefieren quedar en algún restaurante para lucir sus trajes. La mañana del sábado remolonean en la cama hasta la hora de almorzar y ya es una proeza convencerles para que se quiten el pijama antes de ir a la mesa.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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También han cambiado los príncipes.

Hacer ‘lo que pide el cuerpo’ es tan natural y habitual que admiramos hacer lo extraordinario: el deber, el sacrificio, la renuncia…

Los príncipes segundones, que sabían que no accederían nunca al trono, se buscaban la vida: se alistaban como oficiales y partían a África, eran mecenas, ingresaban en la Iglesia, estudiaban una carrera universitaria, aceptaban una corona por vacilante que fuera, en México o en España… Algunos encontraban el amor con una burguesita o una cantante y salían de la historia con una discreción que echamos de menos hasta en el actual Papa.

Lo reconozco. Admiro a los hombres y mujeres que anteponen su deber a sus caprichos. El pistolero llamado Shane que abandona el pueblo después de liquidar a los matones y al ganadero que los contrató, aunque sabe que hay una mujer casada que se ha enamorado de él. La princesa Flavia que rechaza abandonar Ruritania para seguir a Rudolf Rassendyll para cumplir con su deber. Darth Vader, que mata al emperador al que sirve para salvar a su hijo. El soldado o el padre que defiende la huida de sus camaradas o su familia hasta la última bala.

Hacer ‘lo que pide el cuerpo’ es tan natural y habitual que admiramos hacer lo extraordinario: el deber, el sacrificio, la renuncia. Es decir, la doma y el control de nuestros instintos. Y esa conducta era una de las justificaciones de las monarquías.

Harry y Meghan se han proclamado príncipes de la nueva clase feudal de los mega-ricos, los que quieren que comamos bichos

Si ha llegado hasta aquí, querido lector, podrá suponer el asco que sentí al enterarme de la entrevista que dieron los duques de Sussex en el jardín de su mansión en Montecito (California), una de esas ciudades que los ricos levantan para vivir separados de los deplorables. El príncipe Harry y su esposa Meghan Markle exhibieron su dolor ante Oprah Winfrey, papisa de la izquierda caviar.

En los buenos tiempos de las monarquías, un príncipe se alzaba contra su padre o su hermano y reclamaba para sí la autoridad, la justicia o la fortaleza frente a los enemigos del reino. El príncipe Harry y su esposa, que es la que manda en esa sociedad limitada, se presentan como los príncipes de las víctimas.
Oprah Winfrey, apoyo de todos los políticos y las causas progresistas, ha sido acusada por varias actrices de ofrecérselas al violador Harvey Weinstein. / Richard Young

¿Qué sufrimientos pueden tener dos personas jóvenes, sanas y ricas como ellos? Sufrimientos por el planeta, por supuesto. Por eso, sólo quieren tener dos hijos. Y luego sufrimientos porque no se les presta la atención que ellos merecen. Envuelta en un vestido de 4.500 dólares, Megan Markle contó que pensó en el suicidio porque la familia real británica no le hacía caso; ni siquiera la otra plebeya, Kate Middleton. No hay sororidad entre mujeres.

Markle también reveló que fue víctima del racismo institucional, como cualquier delincuente negro de Chicago, pues alguien de la familia Windsor se preguntó por la tonalidad de piel que tendría el hijo que ella esperaba. ¡Los ricos también lloran!

El príncipe Harry heredó de su madre Diana Spencer el desagradecimiento y la imbecilidad

A su lado, Harry daba verosimilitud a las acusaciones de su esposa contra la familia y la institución que hacen de él un privilegiado. Tan desagradecido y tan imbécil como su madre, Diana Spencer.

Antes las mujeres listas buscaban un príncipe azul o en su defecto un millonario anciano. Ahora buscan un príncipe blandengue, que les permita poner un título real delante de su nombre y convertirse en una máquina de facturar, como esa Corinna en la que usted está pensando, lector.

Harry y Meghan han sido coronados por Oprah Winfrey como los príncipes decorativos de la nueva clase feudal que nos gobierna: los riquísimos de las ‘big tech’, los medios de comunicación y el cine. Los mismos que quieren que dejemos de comer carne y de viajar en avión.

También había aristócratas entre los revolucionarios bolcheviques y republicanos: amargados, envidiosos y alguno hasta convencido de que es más justa su causa que su linaje. Los habituales ‘tontos útiles’. Pero el tal Harry es bobo de campeonato, tanto que sólo sirve para ilustrar con su cara el aforismo de Nicolás Gómez Dávila de que “los revolucionarios actuales sólo son herederos impacientes”.

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