Bandera LGTBI /Pixabay
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Andrea Long Chu es el nombre de un transexual que decidió compartir su testimonio antes de someterse a la cirugía de cambio de sexo, revelando la tragedia y la paradoja que viven estas personas engañadas por la ideología de género.

“El próximo jueves tendré una vagina. Este procedimiento dura alrededor de seis horas y estaré en recuperación por al menos tres meses. Hasta el día que muera, mi cuerpo verá la vagina como una herida y, como resultado, requerirá una atención regular y dolorosa. Esto es lo que quiero, pero no hay garantía de que me haga feliz. De hecho, no espero que lo haga pero eso no me descalifica de querer tenerla”, escribe Chu en un artículo titulado “My New Vagina Won’t Make Me Happy” (Mi nueva vagina no me hará feliz) publicado el 24 de noviembre en The New York Times.

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“También me gustaría decir que ser trans es lo segundo peor que me pudo haber pasado. Lo peor fue haber nacido varón. La disforia (de género) es muy difícil de describir para aquellos que no la han experimentado, es como un sabor”, añadió.

En opinión de Chu, la definición “oficial” de la disforia de género como “la inconformidad constante que algunos transgénero sienten en la incongruencia del género que expresan y el género al que han sido asignados, le hace poca justicia”.

La ideología de género o el enfoque de género es una corriente que considera que el sexo no es una realidad biológica sino una construcción sociocultural. Actualmente varios gobiernos intentan imponerla a través de la educación de los niños y jóvenes.

Para Chu, “la disforia se siente como la incapacidad de poder abrigarse, sin importar cuántos abrigos se ponga uno encima. Es como el hambre sin apetito, como subir a un avión para ir a casa solo para darse cuenta de que eso es todo: vas a pasar el resto de tu vida en un avión. Se siente como el luto sin tener nada por qué llorar”.

Tras reconocer que la “transición no es la respuesta para todos”, Chu señala que “las hormonas y la cirugía pueden y deben negarse a pacientes que las quieran cuando tales tratamientos razonablemente no pueden generar la expectativa de ‘maximizar los buenos resultados’”.

“En el fondo de todo esto, como un tubérculo, descansa una idea sensible y me creerán tonta por mostrarla. Es esta: la gente hace la transición porque cree que los hará sentir mejor. Lo cierto es que eso es equivocado”, lamenta.

“Me siento ciertamente peor desde que comencé con las hormonas. Una razón es que, sin los límites del closet, años de anhelo por la femineidad que nunca tuve inundaron mi consciencia. Soy un pantano de arrepentimiento. Otra razón es que tomo estrógeno: algo que reprime y demora la tristeza, una pastilla de color aguamarina que garantiza, más o menos, un buen llanto en las siguientes seis u ocho horas”, prosigue.

Antes no me sentía suicida, ahora me pasa con frecuencia”.

“Probablemente no lo haga. Matar es asqueroso. No les digo esto porque quiera compasión, sino para que se preparen para esto que les digo ahora: Aún quiero esto, todo esto. Quiero las lágrimas, quiero el dolor. La transición no tiene que hacerme feliz para quererla”, admite Chu.

“Como están las cosas hoy, hay una sola forma de obtener las hormonas y la cirugía: pretender que estos tratamientos harán que el dolor se vaya”, prosigue.

“Nada, ni siquiera una cirugía, me dará la muda simplicidad de haber sido siempre una mujer. Viviré con esto, o no. Está bien. Las pasiones negativas – dolor, autodesprecio, vergüenza, arrepentimiento– son un derecho humano tan universal como el cuidado de la salud o la comida”, prosigue.

En ese sentido, Chu concluye su testimonio reconociendo que “no hay buenos resultados en la transición, solo hay personas rogando por ser tomadas en serio”.

* Publicado originalmente en ACI Prensa.

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