Imagen referencial /Pixabay
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Gran parte del mundo se encuentra esperando el retorno a la vida “normal” (si es que aún cabe la posibilidad de que ésta vuelva), y así como se observa derrumbada la soberbia del mundo moderno que cedió frente a un virus minúsculo y letal, se advierten ya los profundos cambios que se anuncian para el futuro: un distanciamiento social extendido, la economía estancada, la imposibilidad de rescatar a todas las empresas de su inminente quiebra, el temor de un eventual rebrote y la modificación de la hegemonía geopolítica, que pareciese ir inclinándose a favor del gigante asiático.

Así como los científicos nos señalan que no estábamos preparados para la pandemia (pues siempre es fácil indicar las falencias que sufre un sistema, una vez que estas quedan expuestas), me parece que tampoco estábamos preparados para la cuarentena a la que irremediablemente quedamos sometidos.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Se ha repetido hasta el cansancio que el mundo globalizado produciría el aislamiento de los individuos dentro de la familia; que el mundo materialista, fabricaba generaciones sin capacidad de padecer con fortaleza las dificultades; que la falta de principios producía superficialidad y volatilidad en las personas; que la carencia de líderes desorientaba a las sociedades; que el asco a la Cruz ensalzaba el hedonismo; que países sin un norte claro se paralizan en la indecisión; y que parecía que en general, la humanidad completa, se distraía entre todo el ruido y frivolidad incesante.

Quizás, esta es justamente la pausa, el silencio y la reflexión que estábamos necesitando

Hoy nos encontramos en casa, algunos añorando la presencia de seres queridos que no podemos ver, y algunos otros, quizás, cansados de la apretada convivencia familiar. Pero, si algo nos ha enseñado esta cuarentena, es que este es el momento para amar más al que tenemos cerca, y valorar a los que están lejos. Estas circunstancias pueden ser el remedio del individualismo que se venía incubando en todo el mundo y que también configuraba nuestras vidas. Si bien la pandemia es momento de crisis, no por ello no puede ser fructífera y quizás, esta es justamente la pausa, el silencio y la reflexión que estábamos necesitando.

La cuarentena puede ser -para todos- una oportunidad de acercarse al otro, de ejercitar las virtudes y tener paciencia con los defectos; para que la vida familiar no sólo se tolere, sino que se disfrute, para que los padres escuchen a sus hijos y los hijos aprendan de sus padres, este puede ser un momento para aprender algo nuevo, para ayudar, solidarizar, y para volver los vínculos familiares más sólidos y auténticos. Sobre la revitalización de la familia descansará la sociedad que saldrá de este acuartelamiento siendo más fuerte, más unida, con una mayor identidad y armonía.

No pretendo pintar un mundo idílico de total alegría, como si el crecimiento durante el encierro fuese la única solución al egoísmo campante; pero sí puede ser el comienzo de su derrota. Cuando salgamos a las calles seguirán existiendo diferencias políticas y religiosas, podrá haber culpables y negligentes frente a esta crisis, algunos irresponsables que habrán contribuido al contagio, podrá haber angustia o falta de trabajo; y frente a todo aquello, el pilar que puede mantener unido a un mundo que se desmorona, es la familia cohesionada y el individuo virtuoso.

Es por eso que es absolutamente necesario, ante las dificultades que se anuncian por venir, que estemos preparados y que la unión familiar sea la mayor conquista para sobrellevar actuales y futuros tiempos de dolor.

Es vital que estos momentos excepcionales sean visto como oportunidad de volver hacia adentro, hacia el entorno familiar y hacia nosotros mismos, para encontrar, dentro de nosotros, no sólo valentía, heroísmo o altruismo, sino que incluso, encontrar la luz de Dios, que sobre todo, ante el dolor, es Maestro, Padre y Amigo.

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