Imagen referencial / Pixabay
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Esa mañana al levantarme ya pensé que necesitaba tiempo, mucho tiempo. Nada más que para seguir sobreviviendo. Cada día que pasa hago menos cosas. O tardo más en hacerlas o cada vez hay más tareas.

Pedí, como si tuviera un genio a mi disposición, un tiempo en casa, como de vacaciones, para alargar la convivencia con la familia, para que estuviéramos todos juntos en las comidas y en las cenas, para que hubiera ratos de aburrimiento, ratos de jugar juntos, de disfrutar juntos … Aunque eso conllevara más roces, más peleas entre hermanos, más enfados y más tensión. Este año habíamos pensado en planear una semana de vacaciones juntos para no hacer nada. Solo estar juntos y disfrutar de la vida y del mundo.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Parece que el genio oyó el ruego y nos ha «regalado» 100 días confinados en casa, en familia, juntos, en nuestro hogar. Pero el precio ha sido muy alto, excesivo, injusto, desmesurado, exorbitante… Tanto sufrimiento, angustia, muerte, dolor, ansiedad, miedo ha sido un altísimo pago por haber estado unos días encerrados en familia.

La conciliación que se pedía entre familia y trabajo, por ejemplo, las peticiones de teletrabajo o de reducción de jornada para poder atender a la familia y al hogar, la opción de dedicarse en exclusiva a los hijos y a la casa, la demanda de cumplir con las 8 horas para no dilatar cada día el tiempo dedicado al trabajo, reajustar y reorganizar el trabajo en el colegio y los deberes en casa…

«Hemos aprendido a preciar el regalo de despertar sin prisa y de acostarse sin prisa, de trabajar y estudiar sin salir, estando en casa»

¿Se entiende ahora mejor, puesto que lo hemos vivido? ¿Hay empatía para recoger estas peticiones y elevarlas para darles el valor que merecen y adaptarlas a las leyes y normas?Repito, muy alto precio, demasiado. Y no parece que hubiera servido. No aprendemos. O no aprenden. Porque, como yo, como la mía, muchas familias si han aprendido.

A valorar y apreciar el tiempo en familia, la convivencia que enseña y forma, la división de tareas en el hogar, atenderse unos a otros, el servicio y la comisión, la entrega y la responsabilidad. La adaptación a lo imprevisto, vivir día a día. No dar nada por hecho, solo hacerlo, sin más. Puede que no haya otro día.

También hemos aprendido que para protestar y reclamar lo que hemos visto y sentido que fallaba

Apreciar el regalo de despertar sin prisa y de acostarse sin prisa, de trabajar y estudiar sin salir, estando en casa. Aunque a veces, o más exactamente, todas las veces, el wifi se quedaba sin aire, nos faltaban dispositivos electrónicos, rincones para estar, silencios para oír.

Darte cuenta de que podías ver la tv al estar en casa y no querer encenderla porque no hacía falta, de sacar juegos del armario que no sabíamos que había, de descubrir que no solo se puede leer en los trayectos en metro o en bus, que se puede cocinar más allá de descongelar en el microondas…

Hemos aprendido a valorar los ratos en soledad para pensar, recapacitar. Y a valorar los ratos en comunión. Los que hemos estado en familia hemos aprendido a convivir con el otro o los otros. A preocuparnos de cada uno porque si no esto no funciona.

Al ir despejándose el horizonte y vislumbrar que lo que vas a ver no te va a gustar nada, también estamos aprendiendo a que es una oportunidad única de poder construir de nuevo

También hemos aprendido que para protestar y reclamar lo que hemos visto y sentido que fallaba, no hace falta convocar grandes manifestaciones, o que lo hagan otros por nosotros, sino que basta hacer ruido desde casa, desde el balcón, la ventana o la puerta, con aplausos, pitos, canciones o pegando a una cacerola.

Conservar o descubrir la libertad interior, la que nadie te puede quitar, para conseguir sobrevivir, para superar las pruebas de la vida, como esta pandemia, por muy trágicas que éstas sean. Pero también descubrir que te puedes rendir y renunciar a esa libertad y que entonces solo consigues enterrarte en vida y morir.

Por último, pasados los días, semanas, meses tan intensos, que han sido como una niebla super densa en nuestras vidas que provoca ansiedad y miedo, como una nube de polvo y cenizas tras una explosión brutal y devastadora. Al ir despejándose el horizonte y vislumbrar que lo que vas a ver no te va a gustar nada, también estamos aprendiendo a que es una oportunidad única de poder construir de nuevo. Construir a nuestro alrededor, construir los lazos familiares, construirnos a nosotros mismos.

En las grandes pruebas, en las grandes catástrofes, naturales o provocadas, donde se producen muchas muertes, muchas heridas, mucho dolor y miseria, los que sobreviven tienen la grave encomienda de salir adelante y de que este inmenso sacrificio de unos por otros fructifique en algo hermoso.

Esa es la tarea, hacer realidad lo aprendido, porque sino los que han muerto, los heridos, los que lo han sufrido más de cerca, les habremos despreciado el sacrificio realizado. Eso es burla y humillación. Y eso no honra, eso es ignominia, agravio y ofensa. Eso se paga, no queramos saber el precio.

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