Hace unas semanas saltaba a los medios de comunicación una noticia relativa a una sentencia de un juez de Sevilla sobre el caso de una familia numerosa en la que no están casados los padres, pero si están registrados como pareja de hecho.

Esta familia criticaba que, por no estar casada, no tenía el derecho de estar padre y madre como titulares en el título de familia numerosa. Solo podía constar uno de ellos, el padre o la madre.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Creo que en casi todas las comunidades autónomas españoles, excepto Cataluña que es una de esas pocas, ocurre esto.

Pues bien, el juez sevillano, con dos pares, no solo se salta a la torera que las parejas de hecho no son uniones de derecho, y que no son un vínculo conyugal, -este término es eminentemente jurídico-, sino que encima justifica su decisión de que la pareja de hecho puede equipararse al matrimonio para estar los dos en el título de familia numerosa parafraseando a San Juan Pablo II.

Es un deber de los padres para los hijos que éstos tengan desde que existen unos derechos que les protejan. Y esos derechos nacen del contrato matrimonial de los padres

Que sepa, San Juan Pablo II cuando sostuvo que “la misma fuerza del vínculo conyugal se funda en la unión libremente establecida entre el hombre y la mujer”, estaba pensando precisamente en un vínculo jurídico canónico matrimonial reconocido por los diversos Estados mediante los acuerdos correspondientes con la Santa Sede. No en una unión de hecho.

Son las uniones de hecho las que han corrompido el instituto jurídico estatal del matrimonio en todos los Estados.

¿Para que contraer matrimonio si se pueden alcanzar los mismos efectos jurídicos del mismo y sin ninguna de sus cargas, mediante el instituto jurídico de las parejas de hecho?

Una cosa es que libremente cada uno y según su conciencia, sus ideas o la forma de ver la vida, pueda hacer y vivir como quiera. Pero otra es equiparar lo diferente en igual y hacer que las cosas pierdan su esencia y su naturaleza por el afán de creer que todo es igual, que todo son derechos.

Sin querer entrar en una batalla de opiniones, os dejamos en este enlace un documento esclarecedor sobre las diferencias jurídicas y económicas entre el Matrimonio y las parejas de hecho, en el que, entre otras cosas, se dice:

“Las uniones de hecho implican una convivencia con análoga afectividad a la matrimonial, pero sin la celebración formal del matrimonio, sin su sanción legal y, por ende, sin su regulación, quedando en una posición que, por supuesto no es antijurídica pero sí ajurídica o extrajurídica y que produce efectos personales, económicos o de filiación”.

El matrimonio garantiza que la familia que se constituye queda sujeta a una seguridad jurídica, tanto el matrimonio como los hijos. Es un deber de los padres para los hijos que éstos tengan desde que existen unos derechos que les protejan. Y esos derechos nacen del contrato matrimonial de los padres.

Se que esto que digo va a discrepar con muchas opiniones modernas actuales, sobre la familia o la “diversidad familiar” que se dice ahora.

Antes si una chica se quedaba embarazada, se entendía que el chico debía ser responsable de sus actos y casarse con la chica. No tanto por ella, sino por el nuevo ser, el hijo que habían concebido, para que tuviera un mínimo de protección jurídica y económica.

Pero claro, ahora el hijo, sobre todo si no ha llegado a nacer, es el último de la fila. Primero están los derechos de los progenitores y por encima, en la cima, los derechos de la madre. No de la mujer, sino de la madre, porque una vez que has concebido ya eres madre.

Puede ser que la concepción de las cosas y de las situaciones sea cambiante y que las opiniones sean dispares y que ahora la percepción de la mayoría sobre la familia, el matrimonio y los hijos sea completamente diferente a otros momentos, no tan lejanos.

Pero el derecho civil y el derecho canónico no han cambiado. Y el matrimonio no es lo mismo que la pareja de hecho. Son de hecho, pero no de derecho. Por ahora.

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