El siempre interesante Miguel Ángel Quintana Paz habla de una nueva forma de capitalismo, el capitalismo moralista, en un artículo que está siendo muy comentado en redes sociales. Argumenta que este capitalismo coge con el pie cambiado a Marx y Schumpeter, porque las grandes empresas no se limitan a colocar sus productos sino a marcar la agenda ideológica e incluso moral (o más propiamente moralista, de moralina).

Pone el ejemplo de Gillette que predica contra la masculinidad tóxica y reconviene al varón de toda la vida -el hombre y el oso, cuanto más feo más hermoso– para que se convierta, se reeduque, y se comporte como un barbilampiño inclusivo y mimosón. 

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Cita también el caso de James Dalmore, empleado de Google, que fue despedido por expresar su opinión sobre las diferencias entre hombres y mujeres. Algo que al viejo capitalismo, preocupado únicamente por la rentabilidad, le hubiera importado un bledo. Pero el capitalismo moralista no puede consentir tener entre sus empleados a alguien que “perpetúe los estereotipos de género”. 

Las consignas que impone ese nuevo poder -las grandes corporaciones- obedecen a un movimiento pendular

Antes bastaba con que no sisaras dinero de caja, ficharas puntual, y tuvieras iniciativa. Ahora, además, de honrado y trabajador debes ser políticamente correcto. Eso es lo que el capitalismo moralista exige a sus empleados, y lo que predica también a sus consumidores. Con este nuevo paradigma el cliente ya no es el que tiene la razón, según la vieja máxima acuñada por César Ritz, padre de la hostelería moderna, sino la empresa. 

Y ¿qué es lo políticamente correcto? Básicamente, marxismo cultural: guerra al heteropatriarcado, blanco y occidental; guerra a la acción del hombre que pone en peligro a la Tierra; guerra al sexo (sustituido ahora por el Género). 

Hemos pasado de la exaltación del sexo hasta tenerlo en la sopa a aborrecerlo (cada vez se prefiere más el sexo virtual que el real). Hemos pasado de convertir a la mujer en objeto -reclamo de la publicidad durante décadas- a poner en su lugar al varón -al que la corrección política le ordena ahora que se feminice-.

Las consignas que impone ese nuevo poder -las grandes corporaciones- obedecen a un movimiento pendular. Si la revolución sexual de los 60 convertía a la mujer en presa de caza en manos del varón, la revancha feminista del siglo XXI convierte al hombre en trofeo cinegético de las nuevas amazonas. Tan injusta una cosa como la otra. El machismo sufrido por la mujer durante décadas no justifica los ataques del #MeToo contra la fama de Kevin Spacey, Morgan Freeman o Plácido Domingo. Como los asesinatos contra esposas o novias, no son razón para elaborar una ley, como la de Violencia de Género, que destruye la presunción de inocencia y concede patente de corso para lanzar denuncias falsas contra el hombre.

Claro que marcar la agenda ideológica no es sino una estrategia más del capitalismo para hacer dinero, que de eso va la cosa. Ayer se trataba de convencer al varón de que vivía reprimido y era preciso liberarse de tabúes sexuales. Ahora de convencer a ese mismo varón de que lo debe reprimir es su testorena y autocastrarse simbólicamente. En ambos casos el resultado es el mismo: que pase por caja. Puro marketing. 

Moralista o no, el capitalismo cuenta con un formidable aliado para hacer dinero: el daltonismo del ser humano para confundir la felicidad con el consumo. Y en la segunda mitad del siglo XX -tras la revolución sexual global-, ha utilizado el deseo como eficaz señuelo psicológico. 

Pero ni el consumo ni el deseo dan la felicidad. Lo que producen es más sed y eso es justamente lo que buscan los vendedores. El consumidor es un insatisfecho que siempre quiere más, pero a más compra, más insatisfacción; a más deseo, más esclavitud. 

El hastío de Antonio Banderas en Dolor y gloria, de Almódovar, es el hastío de toda una generación, la de la movida madrileña

Lo han explicado desde posiciones distantes C.S. Lewis y Pedro Almódovar. Lapidariamente el primero: “Deseo creciente, placer decreciente”. Oblicuamente el cineasta manchego: con el hastío existencial de su alter ego (el personaje de Antonio Banderas en su última película Dolor y gloria) que es el hastío de toda una generación, la de la movida madrileña, cuyo décalogo era el Deseo. No es casualidad que uno de los filmes emblemáticos de Almódovar se titulara La ley del deseo y que su productora se llame El Deseo S.A. Pero llega un momento en que a Narciso se le rompe en mil pedazos el espejo -y el corazón- y descubre que está solo.

Desde la revolución sexual global de los años 60 hemos vivido en estado de narcisismo y de ebriedad. El movimiento #metoo y el péndulo feminista quizá sea uno de los últimos coletazos del tsunami báquico que ha zarandeado a un Occidente que es incapaz de mantenerse en pie, y que el capitalismo moralista pretende perpetuar, para seguir haciendo caja. Eso es lo que está detrás del acoso a Plácido Domingo y el asalto al Palacio de Invierno heteropatriarcal. Pero llega tarde. Cada vez le ríen menos las gracias a tipas del siglo pasado que quieren adquirir notoriedad y escalar en su carrera, cargándose la reputación de ídolos populares. Por increíbles (en bastantes casos), pero también por bastardas (en todos).

Porque a las décadas de vino y rosas sucede inexorablemente la resaca y, como expresa el viejo chascarrillo de las fases de la borrachera, a la negación de la evidencia sigue -inexorable- la afirmación de la evidencia. 

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