Imagen referencial / Pixabay
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La familia ha muerto. ¡Larga vida a la familia! Este tiempo podría ser un punto de inflexión y cuanto más dure la crisis del coronavirus, más profundo el cambio. Las familias se quedan solas de nuevo porque el muy citado “Papá Estado” parece haberse tomado un respiro. Escuelas y guarderías, cerradas. La educación en casa (lo que se conoce como “homeschooling“), aunque sea forzada debida al autoaislamiento de las familias, es algo que no ha existido nunca antes en estas proporciones y muchas de las sociedades occidentales libres ni siquiera lo han vivido.

¿No nos habíamos acostumbrado ya, de forma gradual pero constante, al hecho de que las familias se estaban desintegrando cada vez más, de que cada vez más tiempo familiar se había estado transfiriendo a las instituciones públicas? Habíamos avanzado tanto que finalmente la política ni siquiera se atreve a definir lo que es la familia. Todo es “familia” y, a la vez, nada lo es. Por temor a excluir a alguien del concepto de “familia diversa” –que se ha estado implantando cada vez más–, se ha vuelto casi imposible  identificar a la familia tradicional (aquella que se une por ascendencia y parentesco de sangre, y se reproduce en relaciones heterosexuales y monógamas), como una forma natural de familia sin que se tache esta posición como fundamentalista o, al menos, homofóbica.

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Lo que se ha vendido en Alemania en particular como “política familiar moderna” podría describirse como una implementación casi perfecta de una ideología basada en el manifiesto comunista: madre y padre produciendo y trabajando mientras los niños están en la guardería

Para algunos, la función de la familia se definiría estrictamente en términos de comidas en común y la división de tareas más o menos tediosas en un apartamento compartido con un niño o dos: quién saca la basura, quién lleva a los hijos a la escuela, quién limpia, y al final del día, todo el mundo reunido de nuevo en torno a la televisión, la hoguera de la familia moderna, para ver un par de capítulos de Netflix.

Y de pronto, el cambio radical. En esta crisis la familia está experimentando un inesperado e inimaginable renacimiento. ¿Pero acaso el modelo de vida socialista que se nos había impuesto antes no era también perfecta para casi todas las funciones? Parece que no. Y es que aquella configuración de funciones tampoco fue nunca una decisión voluntaria de los ciudadanos, sino que se debió a políticas gubernamentales. Lo que se ha vendido en Alemania en particular como “política familiar moderna” podría describirse como una implementación casi perfecta de una ideología basada en el manifiesto comunista:. Una “política familiar” mediante la cual el Estado proporciona un apoyo fiscal generalizado para el cuidado y la educación de los niños y la familia, con cada vez menos recursos financieros, es además sometida a una constante difamación si los padres pretenden educar ellos mismos a sus hijos.

Ahora de repente se necesita a la familia porque a nadie más le importan las personas. Se necesita a la familia porque el Estado está sobrepasado y no puede garantizar todas las tareas familiares que, de no estar la familia, no podría asumir con suficiente rapidez. Incluso hay que educar en casa, lo cual está explícitamente prohibido en Alemania, y a algunos padres que lo intentaron en su momento les costó perder la custodia de los niños. La crisis actual revela la fragilidad del sistema y el terreno inestable en el que se encuentran esas familias cuando dependen demasiado del cuidado y del apoyo del Estado. Ahora no se puede confiar en nada, excepto en aquellos con los que compartes la nevera, la cama y el Internet.

Mientras que las familias están ocupadas ayudándose a sí mismas, otros luchan desesperadamente por tener visibilidad y que se les preste atención, pero en una crisis se hace bastante obvio lo que es relevante y lo que no lo es. No hay una sola estadística sobre mortalidad en todo el mundo que divida a los muertos en géneros fantasiosos, en todas partes solo mueren hombres y mujeres. La causa no es que los géneros multicolores tengan una inesperada resistencia al coronavirus, sino que el uso de un lenguaje de género “políticamente correcto”, en las salas de cuidados intensivos se vuelve irrelevante cuando se lucha contra la muerte.

Se están levantando las primeras voces que reclaman que la inversión millonaria en ilusorios estudios de género se dedique a apoyar la investigación científica real

Todo el mundo LGTB se encuentra en un paréntesis porque a nadie le importa cómo se autodefina o identifique una persona. La gente está preocupada por sus empleos, por si pueden seguir pagando el alquiler o si sobrevivirán a la crisis. Se están levantando las primeras voces que reclaman que la inversión millonaria en ilusorios estudios de género se dedique a apoyar la investigación científica real. La salvación del mundo no viene de manos de aquellos que ven el mundo a través de gafas de colores arco iris, sino de quienes lo investigan a través de un microscopio en un laboratorio.

A los padres tampoco les preocupa si se construyen suficientes baños unisex para los transexuales, sino más bien si finalmente habrá jabón, desinfectantes y toallas en los baños de la escuela para los pequeños y si las escuelas se abrirán de nuevo normalmente en algún momento de este siglo. Los estudios de género son un problema de lujo para las sociedades prósperas acomodadas. Y ahora mismo el mundo tiene otros problemas.

La familia está en casa y, como era de esperar, las campanas de alarma ya están sonando en el feminismo organizado. Millones de mujeres en todo el mundo que ya no están en la oficina, sino en el hogar y en la cocina, y amenazan con acelerar la reacción emancipadora respecto de ese feminismo radical. Incluso el diario Die Welt se pregunta si “la ya laboriosa y demorada emancipación de la madre será deshecha por el coronavirus”, y concluye que “eso no es imposible“.

En la hora de mayor audiencia, un sociólogo se sienta en la televisión estatal y fantasea temerosamente con una “terrible re-tradicionalización” de las mujeres y una vuelta al pasado de al menos 30 años que nunca podrá ser compensada. ¿Fueron los años 90 tan atrasados desde una perspectiva femenina (y no me refiero a la moda y los peinados)? El programa concluye con la triste sentencia de que el patriarcado ha vuelto y las mujeres vuelven a ser invisibles en la sociedad. Eso es un resumen casi ejemplar del actual estado de ánimo apocalíptico feminista. ¿De qué demonios está hablando esta gente? La mujer nunca fue más visible que ahora pero, claro está, no donde el movimiento de emancipación quería que estuviera.

Las mujeres están fuera de control, aprendiendo sus primeros pasos sin la constante supervisión y apoyo del “Estado niñera”. incluso se asombran del buen sabor de la vida en el hogar o descubren que hasta tiene ventajas

Las mujeres están fuera de control, las familias están fuera de control… fuera del sistema de control estatal. Como los pájaros que son expulsados de sus nidos, algunos están aprendiendo sus primeros pasos sin la constante supervisión y apoyo del “Estado niñera”. Y algunas personas incluso se asombran del buen sabor de la vida en el hogar o descubren que hasta tiene ventajas. En la revista de izquierdas Der Spiegel, una convencida redactora activista cuenta tímidamente sus sorprendentes experiencias en el despacho de casa y llega a la asombrosa conclusión: su hijo nunca ha estado mejor que ahora que ya no tiene que sacarlo de la cama todas las mañanas para llevarlo a la guardería. Nadie le había dicho eso antes.

Esta opción de que los niños no sufran ni se vuelvan estúpidos, sino que crezcan felices si su propia madre –y no un extraño– los cría, penetra ahora como una verdad eterna a través de la experiencia personal también en aquellos que antes se habían dejado convencer de lo contrario.

Esta “horrible retradicionalización”, que otros también llaman el “contragolpe” de la emancipación frente al feminismo, es en verdad el mayor temor de todo el movimiento feminista. El mayor problema para ellas no es que las mujeres puedan ser muy útiles en el hogar y en la cocina, mostrando lo que pueden hacer, especialmente en tiempos de crisis, si tienen que hacerlo. Desde el punto de vista feminista, hay algo mucho peor: la mala premonición de que a muchas mujeres esto incluso les gusta, que disfrutan haciéndolo.

Que en realidad no es una reacción emancipatoria, sino simplemente un regreso a casa, y que el modelo familiar tradicional podría no ser el resurgir del cautiverio femenino, sino de una nueva libertad. El temor que tiene el feminismo es que incluso aquellas que solían creer en el mantra de que hay que sacrificarse en el mercado laboral y entregar a sus hijos en manos de otras personas lo más rápido posible, ahora han probado lo contrario y ven que la vida como mujer, y también como madre, es una buena alternativa, al contrario de lo que a menudo se predica políticamente.

Una madre es y seguirá siendo el mayor problema del movimiento feminista. Ese movimiento que nos ha llevado a considerar que la emancipación de la mujer solo se considera un éxito cuando las mujeres ya no se diferencian de los hombres en sus vidas: vidas laborales sin género como objetivo final. Esta igualdad en todas las situaciones de la vida a menudo puede ser vivida como una ilusión mientras la mujer no tenga hijos. Solo con la maternidad, al menos en las sociedades occidentales libres, la vida de las mujeres se pone completamente patas arriba, porque algo cambia radicalmente.

Este niño, que la propia mujer trae al mundo, no puede ser empaquetado en el sótano como un artículo de la casa cuando supone una carga o ella no tiene tiempo. Los niños vienen a quedarse y requieren nuestra atención, nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestras emociones. Algunas familias están empezando a aprender lo que no habían notado durante años, conociendo de nuevo a sus hijos. O incluso están empezando a “verlos” por primera vez.

Los tiempos de crisis siempre obligan a las empresas a concentrarse en lo esencial y a hacer ajustes, reducir. Millones de familias se están dando cuenta de que cuando el Estado falla, la familia, y sí, la madre, se convierte de nuevo en el centro del hogar. Es parte de un mito feminista que las madres son reemplazables. Es una hipótesis ideológica que nunca se ha medido con la realidad, sino que siempre ha surgido exclusivamente del sueño ilusionado de “liberar” completamente a la madre del niño lo antes posible.

En el momento en que el orden estatal y la presión artificialmente creada sobre las madres se derrumba, estas retroceden con gran normalidad a un rol que algunas dejaron voluntariamente, pero del cual han sido masivamente expulsadas

El hecho de que ahora que las familias se vean obligadas repentinamente a pasar todo el día juntas y que los viejos roles estén floreciendo de nuevo puede ser interpretado de diferentes maneras. Algunos lamentan la recaída en roles obsoletos y hablan de que las mujeres son obligadas a dar un paso hacia atrás. Pero también se puede argumentar que en el momento en que el orden estatal y la presión artificialmente creada sobre las madres se derrumba, estas retroceden con gran normalidad a un rol que algunas dejaron voluntariamente, pero del cual han sido masivamente expulsadas. Cuando el Estado pierde el control, la mujer y la familia lo recuperan.

El Estado también está notando que las primeras campanas de alarma están sonando, especialmente entre los políticos de izquierda y los verdes que se quejan de la amenaza y el peligro que corren los niños en el hogar. A la ministra de Asuntos de la Familia en Alemania le preocupa que las oficinas de bienestar de la juventud, las escuelas y las guarderías no vean actualmente a los niños ni de lejos. El líder del partido Verde advierte que los niños necesitan “el cuidado del Estado”. Solo aquellos que no consideran el hogar paterno como un hábitat natural, sino como la mayor amenaza para los niños, se encuentran ahora en un estado de ánimo alarmado. Pero deberían estar tranquilos ya que los niños están simplemente donde deben estar: en casa, con sus propios padres, aquellos que los engendraron y parieron.

También la definición de familia se ha vuelto muy simple y esencial en los tiempos de coronavirus. Los que ahora están preocupados porque los niños están con sus propios padres, son los que han estado luchando durante años por la introducción de “los derechos de los niños en la Constitución”. Por supuesto que no para ayudar a los niños, porque los niños son seres humanos y tienen la protección integral de todos los derechos humanos y no solo en Alemania. No, lo hacían para obtener un acceso de facto a la definición del “interés superior del niño”, con el fin de desempeñar el papel de Defensor de los Niños –y en caso de duda, también contra sus propios padres–.

Cuanto más dure la crisis, más se escapa esta pretensión de representación del Estado. ¿Cómo podría acceder a los niños separados de sus padres si, al mismo tiempo, les pide que se queden en casa?

La familia está fuera de control y para aquellos que han trabajado mucho tiempo en destruirla, es una pérdida de control amenazante. Simone de Beauvoir ya había formulado en 1975 su pensamiento sobre la libertad de elección de las mujeres en general y sobre la educación y la maternidad en particular: “A ninguna mujer se le debe permitir quedarse en casa y criar a sus hijos. La sociedad debería ser completamente diferente. Las mujeres no deberían tener esta opción, precisamente porque, si hubiera esta opción, demasiadas de ellas la tomarían”. Y añade, “mientras no se destruya el instinto maternal, las mujeres seguirán siendo oprimidas”.

El icono del movimiento feminista nunca tuvo hijos y familia, pero tenía mucho contenido ideológico comunista. Uno puede esperar ansiosamente a ver cuántas madres después de la crisis del coronavirus siguen pensando que el cuidado estatal de los bebés no tiene alternativa. La desaceleración de este tiempo crea espacio para nuevas experiencias y emociones que una mujer no se permitía a sí misma hasta hace muy poco. ¿Cuántas madres han estado escuchando durante años, especialmente de otras mujeres, sobre todas las cosas que supuestamente no pueden, no deben y no deberían hacer? En este momento, millones de ellas están demostrando que son capaces de hacer cosas asombrosas si es necesario. Que nunca más se les hable de ello y que nunca abandonen el control de sus vidas, sus hijos y sus familias. Sí, las mujeres están en casa ahora mismo y por lo tanto fuera de control –y tal vez esa es la mejor noticia de la pandemia del coronavirus–.

* Nacida en 1975 en Rumanía, desde 1984 ciudadana de Alemania. Periodista. Escribe en diferentes periódicos y revistas de Alemania y Austria. Es autora de tres libros best sellers sobre feminismo, crítica de género (Gendergaga”, 2015) y maternidad. Presidente de la ONG alemana de mujeres “Frau 2000plus e.V.”.

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