neones pornografía prostitución
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La ubicuidad y uso masivo de la pornografía no suscita el debate público que debería. ¿Se acepta ya como parte del paisaje que más de la mitad de los jóvenes consuman pornografía de manera regular, que la educación sexual de los niños de diez u once años tenga lugar, no en el hogar ni en el colegio, sino en la sentina de vídeos porno fácilmente accesibles en Internet? ¿Que la adicción pornográfica de cada vez más adultos esté rompiendo muchas parejas? ¿Realmente estamos todos de acuerdo con eso?

Creo que ocurre más bien lo que señalara Robert P. George en su magnífico trabajo Making Children Moral [1]: “Cualquiera que tenga la osadía de cuestionar los dogmas de la ideología sexual progre asume el riesgo de ser tergiversado y menospreciado. […] [Los progres le estigmatizarán en términos parecidos a los que usó] el juez Douglas en el caso Ginsberg vs. New York [1968]: “Los censores, por supuesto, actúan movidos por sus propias neurosis”. Como George, también yo quiero desvelar aquí mis “neurosis”.

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La pornografía es inmoral (atención, eso no es todavía decir que debería estar prohibida o seriamente restringida en su acceso, pues no todo lo inmoral es susceptible de ilegalización). Es inmoral porque implica la cosificación, deshumanización, mercantilización y pública exhibición de algo que debería ser personal, humanizado e íntimo, como el sexo. La pornografía es degradante tanto para sus protagonistas como para sus usuarios: unos realizan actos sexuales con desconocidos por dinero, ofreciendo su coyunda como producto de consumo a millones de mirones; los otros buscan la excitación mediante la contemplación de la intimidad sexual de desconocidos: es la perversión del voyeur.

El deseo sexual es una pasión intensa, una energía muy poderosa que puede servir tanto para la realización de la persona como para su degradación e infelicidad, según como sea encauzada

¿Por qué la sexualidad debería ser íntima y personalizada? Roger Scruton ha escrito muy sugestivamente sobre ello [2]. Llevamos décadas intentando convencernos de que la sexualidad no es más que “una comezón”: uno se rasca o es rascado, y no hay más; la pornografía sería una modalidad más de solución al picor, a la que no habría nada que objetar. En realidad, todos sabemos en el fondo de nosotros mismos que el sexo es mucho más que una función animal: “Sabemos que es una de las cosas más serias que hacemos, una de las que más afecta a nuestras emociones”. Si la sexualidad no fuese más que un picor, áreas completas de nuestra cultura y de nuestra legislación (desde la poesía amorosa hasta la experiencia de los celos o la sanción penal de los abusos sexuales y la violación, mucho más severa que la reservada a otras agresiones) resultarían ininteligibles. “[Si crees que el sexo no es más que un picor] no podrás entender los tormentos de los celos, la alegría del amor correspondido, o los sacrificios que se hacen por mantener la fidelidad. Y lo tendrás difícil para explicar por qué la violación es un delito más grave que el robo, por qué la pedofilia es maligna, por qué el acoso sexual es más que un fastidio, y por qué la prostitución es degradante” [3]. 

El deseo sexual es una pasión intensa, una energía muy poderosa que puede servir tanto para la realización de la persona como para su degradación e infelicidad, según como sea encauzada. Desde la antigüedad –ya saben, Platón, Aristóteles, Cicerón y otros fascistas- se entendió la vida moral como un combate entre la razón y las pasiones, y se atribuyó especial relevancia a la virtud de la templanza, que consiste precisamente en el control sensato de éstas (siendo la sexual la más potente de ellas). “La sexualidad –escribe el filósofo John Finnis- es una fuerza poderosa que solo con alguna dificultad, y siempre precariamente, se deja integrar con otros aspectos de la personalidad y el bienestar humano, de forma que enriquezca –en lugar de destruir- el amor duradero de una pareja y el cuidado de los hijos, por ejemplo” [4].

La clave de una sexualidad moral es, pues, la integración del deseo en una relación amorosa integral, de forma que el señor Smith desee a la señora Smith y viceversa, no en tanto que mero ejemplar del sexo opuesto (intercambiable por cualquier otro), sino precisamente por ser el individuo que es. Ahora bien, la pornografía nos ofrece exactamente lo contrario: una visión despersonalizada del sexo. El compañero sexual –o los actores porno que procuran al espectador voyeur una excitación vicario-onanista- son tratados como objetos sin rostro. Harry M. Clor (Public Morality and Liberal Society, p. 190) lo explicó muy bien: “La sexualidad que presenta y a la que invita [la pornografía] está totalmente deshumanizada; la pasión a la que apela es el deseo de la posesión del cuerpo de alguien sin interés alguno por la individualidad de la persona a la que pertenece ese cuerpo. […] [La pornografía implica] una “cosificación” de la experiencia erótica, y de la mujer en particular” [5].

La defensa libertaria de la pornografía suele apelar al “principio del daño” de John Stuart Mill

Entre los defensores del porno cabría distinguir dos campos. El que parece cada vez más hegemónico es el de los libertarios que no solo niegan la necesidad de restricciones legales a la pornografía, sino también su indignidad moral: la pornografía sería un pasatiempo decente e inofensivo. Hasta hace poco, sin embargo, la argumentación liberal-progresista iba más bien en la dirección de reconocer la sordidez de la pornografía, defendiendo pese a todo su legalidad en nombre del derecho individual a escoger lo inmoral y feo, siempre que no lesione a terceros. Resultaba paradigmática, por ejemplo, la actitud del muy influyente filósofo progresista Ronald Dworkin en su trabajo Do We Have a Right to Pornography? [¿Tenemos derecho a la pornografía?]. Dworkin admitía incluso que el reconocimiento legal de un “derecho al porno” “limitaría seriamente la capacidad de los individuos para influir consciente y reflexivamente sobre las condiciones del mejor desarrollo de sí mismos y sus hijos. Limitaría su capacidad de construir la estructura cultural que consideran mejor, una en la que la experiencia sexual posea dignidad y belleza; una estructura sin la cual su propia experiencia sexual y la de sus familiares probablemente tendrán menos dignidad y belleza” [6]. Pese a todo, Dworkin defendía el “derecho al porno”, pues la libertad individual debe prevalecer sobre las aspiraciones a una determinada atmósfera moral-cultural, si es que nos tomamos “los derechos en serio”.

Ronald Dworkin, filófoso.

La defensa libertaria de la pornografía suele apelar al “principio del daño” de John Stuart Mill, expuesto en su obra On Liberty [Sobre la libertad] (1859): “La única razón por la que se puede ejercer el poder legítimamente contra un miembro de una comunidad civilizada en contra de su voluntad es la prevención del daño a otros. Su propio bien, sea físico o moral, no es justificación suficiente. No puede ser legítimamente obligado a hacer o abstenerse de hacer algo simplemente porque, en opinión de otros, actuar así sería sensato o correcto. Esas pueden ser buenas razones para sermonearle, o para razonarle, o convencerle, pero no para obligarle. […] La única parte de su conducta por la que responde ante la sociedad es la que concierne a otros. En la parte que le concierne solo a él, su independencia es, de derecho, absoluta” [7].

En EE.UU., la edad promedio de iniciación al consumo de pornografía son los once años; el 92% de los chicos y el 63% de las chicas admiten usar la pornografía en la adolescencia

He citado con alguna extensión las palabras de Mill –sagradas para los libertarios- porque claramente dejan ventanas abiertas a la restricción de la  pornografía. El pornógrafo que produce vídeos sexuales, los sube a Internet o los vende, no está protegido de la interferencia legal-estatal por el principio de Mill, pues su actividad afecta a terceros: los niños cuya inocencia será corrompida por la visión de esas escenas; los maridos que perderán interés en sus esposas cuando se vuelvan adictos al porno, etc. Por otra parte, Mill admite que, aunque no coaccionado legalmente a cesar en su vicio, el individuo sí puede ser “sermoneado, razonado, convencido”. Desde los presupuestos liberales de Mill resultaría perfectamente admisible una campaña estatal de concienciación sobre los peligros del porno, similar a las que advierten sobre los del tabaco o el alcohol. Liberales progresistas como el propio Dworkin o Joel Feinberg (Offense to Others, 1985) dejaban esa puerta abierta en los 80 [8]. Hoy, proponer una campaña pública de concienciación anti-porno le hace aparecer a uno como un nacional-católico pacato. El progre de hace 30 años es el reaccionario de hoy. Nuestra sociedad progresa a velocidad supersónica.

John Stuart Mill

En realidad, la pornografía se ha convertido en una plaga social: resultaría muy aconsejable la intervención del Estado para frenar su expansión (que esa intervención consista en prohibición directa de la pornografía, en restricciones serias a su accesibilidad que garanticen que los contenidos porno no se cruzarán en el camino de quien no desea –o no debe, por su edad- tener contacto con ellos, y/o en campañas de concienciación pública sobre sus peligros, es algo que dependerá de consideraciones prudenciales en las que no vamos a profundizar aquí). En forma telegráfica, voy a mencionar algunos datos.

            – La pornografía está dañando cada vez más a nuestra sociedad. En EE.UU., la edad promedio de iniciación al consumo de pornografía son los once años; el 92% de los chicos y el 63% de las chicas admiten usar la pornografía en la adolescencia. El 46% de los hombres adultos admiten usarla regularmente. En España, el informe de Ayala López y García habla de un 46% de chicos entre 14 y 17 años que la usan habitualmente. El 37% de los varones en esa franja de edad admite visitar contenidos porno una vez por semana, y el 14% a diario. El 30% reconocen estar enganchados. Parecen fundadas, pues, las palabras del psiquiatra Enrique Rojas: “Hoy, para muchos, la educación sexual la hace la pornografía. […] Millones de adolescentes atrapados en esto desde los 12-14 años, sin que sus padres se enteren, lo que cambia su visión de la mujer, de la sexualidad y del amor”.

Además de la adicción, el uso de la pornografía genera otros efectos indeseables como la despersonalización de las relaciones

            – La pornografía, por tanto, genera adicción: “Pertenezco a una generación en la que nadie nos ha dicho que el porno es malo, al contrario: la sociedad te anima, te dice que sirve para pasarlo bien, evadirte o liberar estrés, y que es muy difícil perder el control”, se lamenta un adicto español de 34 años. “Lo que nadie te cuenta es que la pornografía te atrapa igual que una droga, porque está pensada justo para eso”. Hoy son conocidos incluso los mecanismos neuronales que explican la adicción: “El porno y otras adicciones comportamentales, como la ludopatía, no introducen [a diferencia de las drogas] sustancias en el cuerpo que no estuvieran ya allí. Pero estas conductas desencadenan procesos en el cerebro que se parecen asombrosamente a los que produce la adicción a sustancias. Secuestran las “autopistas de gratificación” del cerebro. […] Cuando la imagen pornográfica llega al cerebro, estimula al centro de gratificación, que comenzará a bombear dopamina, la cual disparará una cascada de emisiones químicas, incluida una proteína llamada DeltaFosB”.

            – Además de la adicción, el uso de la pornografía genera otros efectos indeseables como la despersonalización de las relaciones (pues el sujeto tiende a imitar el “sexo de usar y tirar” que ve en la pantalla), la extensión de parafilias y prácticas sexuales de riesgo, la ruptura de matrimonios… Paradójicamente, la adicción al porno llega a producir también impotencia sexual, pues el estímulo generado por la pareja de carne y hueso no puede competir con el que llega desde la performance virtual. En EE.UU. se han detectado récords históricos de disfunción eréctil en hombres jóvenes, con rangos que varían entre el 14% y el 37% según los diversos estudios (el Informe Kinsey, en los años 40, mostraba una incidencia del 2%). Como se ha producido una mejora en otros factores que pueden generar disfunción sexual (alimentación, tabaco, etc.), la explicación parece estar relacionada con el uso masivo del sexo virtual, que termina generando apatía hacia el sexo real.

La pornografía se consume principalmente en internet
La pornografía se consume principalmente en internet.

            – En otros casos, sin embargo, se produce el intento de llevar a la vida real la fantasía pornográfica, con un resultado de promiscuidad e inestabilidad sentimental. Añádase a ello el hecho de que, en un porcentaje no despreciable de usuarios del porno, se cae en una espiral de búsqueda de contenidos cada vez más fuertes (de la misma forma que el drogadicto necesita dosis cada vez mayores de su sustancia para alcanzar el mismo nivel de gratificación). Es este el mecanismo que podría explicar la asociación entre consumo de pornografía y violencia sexual, sostenida por muchos estudios.

– El nexo pornografía-violencia es el punto en el que a los defensores de la pornografía se les encienden las alarmas, y acuden en tromba –lo pude comprobar hace unos días en Twitter- a descalificar como “poco científico” cualquier estudio que parezca acreditarlo. Como bien saben, un estudio absolutamente riguroso resulta casi imposible: habría que seleccionar una muestra de mil personas que hayan consumido porno desde la adolescencia, compararla con un grupo de control de otras mil que no lo consuman, y monitorizarles durante varias décadas para cotejar los índices respectivos de delincuencia sexual. Hay decenas de estudios, sin embargo, que apuntan con suficiente rigor la plausibilidad de la conclusión según la cual el consumo frecuente de pornografía incrementa la probabilidad de cometer agresiones sexuales (lo cual no implica que todos, o siquiera la mayoría, de consumidores de porno vayan a llegar a eso): por ejemplo, “Pornography Use and Sexual Agression”, de Kingston, Federoff y Curry, que acredita un índice mayor de reincidencia en los pedófilos usuarios de porno. O el meta-análisis de Malamuth, Addison y Koss, que afirma “la existencia de asociaciones verosímiles entre el uso frecuente de pornografía y las conductas sexuales agresivas”. O el informe del State Police Department de Michigan que aseguraba que un 41% de los delitos sexuales investigados habían sido precedidos por el “uso o imitación” de la pornografía. O los datos del FBI que hablan de la presencia de material pornográfico en hasta un 80% de los delitos sexuales (bien en el lugar del crimen, bien en el domicilio del agresor). O el estudio del doctor Victor Cline “Pornography’s Effects on Adults and Children”, que documenta cómo los adictos al porno necesitan materiales cada vez más extremos, y cómo algunos terminan poniendo en práctica lo que ven, incluida la violencia (hay vídeos porno que simulan violaciones y hasta asesinatos).

Pero todos los informes palidecen frente al testimonio impresionante de Ted Bundy el día previo a su ejecución (condenado a muerte por la violación y asesinato de más de 30 mujeres y niñas): “Como ocurre en otras adicciones, yo iba buscando material [porno] cada vez más exclusivo; necesitaba cosas cada vez más y más duras, algo que me permitiera encontrar una excitación mayor. […] Llevo mucho tiempo en la cárcel, y he conocido a montones de hombres que fueron motivados a cometer violencia por el mismo proceso que yo. Sin excepción, todos ellos estaban profundamente hundidos en la pornografía, profundamente influidos y consumidos por la pornografía”.

            – La pornografía no solo daña seriamente a sus usuarios, sus parejas y sus hijos: también a los propios actores. Y no hablamos ya solo de la degradación moral que implica vender su intimidad sexual. El libertario gusta de concebir a las actrices porno como mujeres desprejuiciadas y empoderadas “que hacen eso porque quieren” (retocando el imperativo categórico kantiano, habría que preguntarles si les gustaría imaginar a sus madres, hermanas o hijas “haciendo eso porque quieren”). Sin embargo, los testimonios de algunas actrices que han conseguido salir de él presentan el mundo del “cine” porno como un albañal de prostitución encubierta, uso de drogas, enfermedades de transmisión sexual e incluso coacción para realizar escenas “extremas”. Valga por todas Shelley Lubben, fundadora de la Pink Cross Foundation, dedicada a la asistencia a exactrices porno: “Cuando estás en el mundo del porno no puedes dejar que la gente piense que eres débil, así que tienes que actuar como si te gustara todo eso, que te gusta ser violada, y que te insulten y digan guarrerías. Es todo mentira. La gente hace porno porque necesita el dinero, y la mayoría de ellos no tienen otras opciones ni formación”. Respecto a la “voluntariedad”: “Pues claro, en mi vida normal yo no habría dejado nunca que me desgarraran la boca, o que me metieran extraños aparatos en la boca, o que me hicieran cosas que pueden producir un prolapso rectal. Hoy día las chicas [de la industria porno… y las chicas normales que las imitan: fenómeno detectado por los sexólogos] tienen que terminar haciendo esas cosas porque eso es lo que vende. Es muy triste, pero ya sabes, todo el mundo está ya desensibilizado al sexo ordinario a estas alturas: quieren cosas más duras, más sucias, más oscuras. Me da miedo pensar lo que nuestra sociedad puede llegar a ser dentro de veinte años. […] [Y si alguna se resiste a alguna escena] Ahora con el Internet pueden decirles a las chicas: “Si no haces esta escena, vamos a mandarle tu porno a tu familia, vamos a arruinar tu reputación, nunca podrás volver a trabajar […]. Eso es explotacion sexual”.

Shelley Lubben, fundadora de la Pink Cross Foundation.

El libertario exquisito puede seguir en su mundo abstracto de individuos que gestionan su vida y apetitos como quieran “mientras no hagan daño a nadie”. Puede insistir en que restringir la pornografía es “lesionar la libertad de expresión” (la libertad de expresión se refiere a ideas y contenidos debatibles; el profundo “mensaje” de una película porno es “¡aaah!, ¡oohh!”). Otros preferimos habitar el mundo real de inocencias infantiles violadas, adolescentes enganchados, matrimonios rotos, deshumanización sexual creciente. Vamos hacia una sociedad de individuos-isla en la que la relación amorosa es sustituida por la masturbación solipsista frente al ordenador. La “libertad de expresión” de un productor de basura gráfica y el derecho al onanismo de un nerd pajillero me importan menos que la protección de las familias y la sostenibilidad de la sociedad.


[1] Robert P. George, “Making Children Moral: Pornography, Parents, and the Public Interest”, en Robert P. George, In Defense of Natural Law, Oxford University Press, pp. 184-195.

[2] Por ejemplo, en Roger Scruton, Sobre la naturaleza humana, Rialp, 2018.

[3] Roger Scruton, “Pornography does not corrupt; it is corrupt”, The Telegraph, 21 May 2000.

[4] John Finnis, Natural Law and Natural Rights, Oxford University Press, 1980, p. 217.

[5] Harry M. Clor, Public Morality and Liberal Society: Essays on Decency, Law  and Pornography, University of Notre Dame Press, Notre Dame, Ind., 1996.

[6] Ronald Dworkin, “Do We Have a Right to Pornography?”, en Ronald Dworkin, A Matter of Principle, Harvard University Press, Cambridge (Mass.), 1985, p. 335.

[7] John S. Mill, On Liberty [1859], en J.S. Mill, Three Essays, Oxford University Press, 1975, p. 15. 

[8] Joel Feinberg, Offense to Others, Oxford University Press, 1985.

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Francisco J. Contreras Peláez (Sevilla, 1964) es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Autor de los libros: Derechos sociales: teoría e ideología (1994), Defensa del Estado social (1996), La filosofía de la historia de Johann G. Herder (2004), Savigny y el historicismo jurídico (2004), Tribunal de la razón: El pensamiento jurídico de Kant (2004), Kant y la guerra (2007), Nueva izquierda y cristianismo (2011, con Diego Poole), Liberalismo, catolicismo y ley natural (2013) y La filosofía del Derecho en la historia (2014). Editor de siete libros colectivos; entre ellos, The Threads of Natural Law (2013), Debate sobre el concepto de familia (2013) y ¿Democracia sin religión? (2014, con Martin Kugler). Ha recibido los premios Legaz Lacambra (1999), Diego de Covarrubias (2013) y Hazte Oír (2014).