Jovenes precarizados dinamitan la cultura del esfuerzo
Jovenes precarizados dinamitan la cultura del esfuerzo

A poco de terminar la carrera me encuentro en una incertidumbre constante sin saber qué deparará el futuro. Porvenir que fue mejor para nuestros padres, como tan bien retrata Ana Iris Simón en Feria. Según se avecina el fin de mi etapa universitaria me viene a la cabeza la ocasión en la que Federico Jiménez Losantos presumía en antena del asequible panorama laboral de su época. “En mi tiempo te licenciabas y ya estabas colocado”, decía acompañado de su habitual sonrisa pícara.

La proliferación de universidades y, en consecuencia, de los títulos académicos ha incrementado desorbitadamente la oferta devaluando los diplomas. Papeles mojados que no son garantía para ostentar una vida estable. Psicólogos trabajan de camareros para sobrevivir, politólogos se plantan de dependientes, o algunos entusiastas resisten arrimando el hombro de manera precaria. “Yo que había creído que trabajar de lo mío desde los veintipocos, aunque fuera por mil euros y mucha incertidumbre era un triunfo”, señala Ana Iris Simón en su obra.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Existencia vacía de certezas que genera la imposibilidad del asentamiento social de las nuevas generaciones compartiendo piso con treinta años o viviendo con los padres cuando todavía peinas alguna cana o ni siquiera tienes superficie capilar por la que deslizar el peine.

Conozco casos de allegadas que están trabajando en grandes despachos de abogados cobrando una miseria y sin tiempo para hacerse las uñas. Ese trabajar mucho y ganar poco se ha extendido en el imaginario colectivo defenestrando la cultura del esfuerzo. Sufrimiento, consecuencia de la constancia que es socavada cuando tras dedicar recursos para formarte observas atónito cómo un cajero de Mercadona va a ganar más que tú en los próximos diez años. Y si no que se lo digan a un buen amigo psicólogo que tras haber estudiado psicología hace una década, vive en un piso propiedad de sus padres, pero sin poder permitirse ningún tipo de placer terrenal. Es esa tesitura la que quizá haya propiciado que España sea el país europeo con mayor abandono escolar con un 17,9%.

En la sociedad del estrés y del dinero, el éxito tiene el nombre de Don Dinero y el color verde de los billetes, o al menos eso es lo que nos han vendido. Recuerdo cuando mi profesor de filosofía en el instituto, Mariano Ros, un hombre sabio, cortó tajantemente a una directiva de una Universidad de prestigio que vino a darnos una charla informativa en el momento que aquella nos dijo que el triunfar era tener un buen coche y mucho dinero. El éxito para el profesor es hacer que su alumno aprenda algo nuevo, como un buen amigo que, pese a contar con un perfil propio de una gran Universidad se conforma, como dice él, “con salvar a unos chicos del adoctrinamiento de la izquierda en la enseñanza pública”.

Cultura de los provisorio

Utilizando el motivo monetario que copa la falsa obtención del éxito, han querido desespiritualizar a la sociedad minando la antropología del mundo, sacando provecho material de todo lo que nos rodea olvidándonos de lo que de verdad importa en este falso parque temático existencial. Nos importa más que se supriman las restricciones para poder salir de fiesta que nuestros allegados no enfermen del virus. Vivimos como adolescentes treintañeros palpable tanto en nuestra forma de vestir como de discernir nuestra realidad. Hasta un servidor cae en la corriente infantilista. Hablando el otro día con mi pareja, me señaló fraternalmente “planeas tus fines de semana, pero no tu vida”, para pensar. ¿Cuántos vivimos así? Pendientes del corto plazo con una mentalidad finita olvidados del mañana que determinará que conservemos nuestra esencia.

Si en esas estamos es porque les interesa. Los que gobiernan infundidos por otros poderes quieren que estemos idiotizados, anulados. Me recuerda a aquel mito griego que relata la existencia de un espacio lúdico en el que el tiempo parece no avanzar, pero cuando los visitantes del recinto deciden abandonarlo se percatan de que han pasado años obnubilados por tantos entretenimientos.

Estamos obcecados por los pasatiempos banales mientras la existencia avanza sin que hayamos vivido de verdad. Está todo diseñado por una ingeniería social empeñada en destruir la familia y cualquier signo de pertenencia a una comunidad o vínculo afectivo. Además de medidas como el divorcio exprés que hacen imposible ningún tipo de acuerdo entre las partes, la precarización laboral o el malentendido sentido del éxito, dificultan el asentamiento de relaciones afectivas duraderas. Y si luego le sumamos la falta de madurez de las nuevas generaciones para realizar un plan existencial se dificulta más si cabe el florecimiento de proyectos vitales esperanzadores. Nos quieren borrachos y solos, pobres, dependientes, infelices y vulnerables. A eso llaman progreso.

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