La Ley Trans pretende obviar la evidencia científica
La Ley Trans pretende obviar la evidencia científica

Dos importantes psiquiatras americanos Paul R. McHug y Lawrence S. Mayer, publicaron hace cinco años un extenso trabajo titulado “Sexualidad y género. Conclusiones de la Biología, la Psicología y las Ciencias Sociales” en el que concluían que algunas de las afirmaciones más frecuentemente oídas sobre sexualidad y género carecen por completo de evidencia científica. Afirmaban, con la rotundidad de su conocimiento profesional, que la orientación sexual y la identidad de género se resisten a cualquier explicación teórica simplista [1].

Un análisis exhaustivo de la evidencia publicada desde las diferentes disciplinas relacionadas -epidemiología, genética, endocrinología, psiquiatría, neurociencia, embriología, pediatría, psicología y sociología-, lleva a estos autores a la conclusión de que las pruebas científicas no respaldan la visión de que la orientación sexual sea una propiedad innata y biológicamente fija del ser humano (la idea de que los individuos “nacen así”). No existen explicaciones empíricas que demuestren que la orientación sexual esté determinada genéticamente en los seres humanos.

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Si bien en su biología, cada individuo humano es fruto de su constitución genética, no puede decirse lo mismo en lo que atañe a su comportamiento, incluida la no heterosexualidad y la transexualidad, caracterizada las más de las veces por una disforia de género, un desequilibrio psicológico que provoca un antagonismo entre la imagen corporal deseada y la percibida.

La conclusión es que, ochenta años de investigación con estudios genéticos, neuro-anatómicos, gemelos idénticos y marcadores moleculares en el ADN, no revelan genes o regiones del genoma humano relacionadas con la orientación sexual. La evidencia más reciente la ha aportado Andrea Ganna, médico genetista y líder de un grupo de investigación del Harvard Medical School y del Hospital General de Massachusetts. Este investigador presentó sus conclusiones en el Congreso de Boston de la American Genetics Association en 2018, donde afirmó: «Me complace anunciar que no hay un ‘gen gay’. […] Más bien, la no heterosexualidad está en parte influenciada por muchos pequeños efectos genéticos”», significando que se trataría de caracteres regulados por poligenes, que a su vez dependen en su manifestación cuantitativa de una influencia ambiental, como ocurre con otros relacionados con enfermedades mentales como la esquizofrenia, las depresiones, etc. que también son de este tipo. El trabajo fue publicado en Science un año después. [2].

Pero, además, en cuestiones de comportamiento humano no somos presa de nuestros genes y un rasgo de nuestra conducta, en el que determinados genes pudieran mínimamente influir, se puede reconducir hacia una forma de actuación distinta y libremente decidida en cualquier sentido, pues a la naturaleza biológica se añade la voluntad del individuo humano fruto de su raciocinio y su libertad.

Por lo demás, no todas las personas que se definen como lesbianas, gais, bisexuales, transexuales o intersexuales (LGBTI) sostienen que su orientación tenga un origen genético o se deba a la herencia recibida, pues, bien saben que, a su posición actual, de la que algunos o muchos dicen que se sienten orgullosos, se llega por voluntad propia, por razones psicobiográficas relacionadas con la personalidad, lejos de la identidad genética que se constituye en el origen de la vida, tras la fecundación.

En otro informe, en el que el psiquiatra Paul McHugh colabora con los Dres. Michelle Cretella y Quentin Van Meter, máximas autoridades del Colegio Americano de Pediatría, se insta a educadores y legisladores a rechazar todas las políticas que condicionan a los niños a aceptar como normal una vida de suplantación química y quirúrgica del sexo opuesto. En él se afirma que “los hechos, -no la ideología – determinan la realidad”.

En este informe se señalan puntos tan obvios como que la sexualidad humana es un rasgo biológico binario y objetivo, debido a la constitución cromosómica y genética de cada persona, «XY» o «XX» que son determinantes genéticos de varón y mujer, respectivamente, no de lo que cada uno quiera ser. El sexo se debe a la acción de unos genes reguladores desde la sexta semana del desarrollo embrionario, comenzando con la presencia o ausencia del gen SRY, localizado en el segmento diferencial del cromosoma Y, y por tanto solo en los varones. A su acción se unirá una cascada de más genes que de forma regulada darán lugar a la constitución de los órganos genitales internos y externos como de varón o de mujer… Además, el cerebro es un órgano fundamental en el desarrollo de la sexualidad humana. Su configuración es también diferente en cada sexo y su constitución como de varón o mujer se modela a partir del segundo mes del desarrollo fetal, bajo la influencia de las hormonas sexuales, que también son producto de genes activos en las células gonadales masculinas o femeninas. De este modo, la sexualidad humana es binaria por diseño y complementaria al servicio de la reproducción y el mantenimiento de la especie como muy bien explica la Dra. Natalia López Moratalla en su recién libro “Humanos” [3].

El género, de acuerdo con el diccionario de la RAE es el “grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendiendo este desde un punto de vista socio-cultural en lugar de exclusivamente biológico”. Es por lo tanto un concepto sociológico y psicológico; no una realidad biológica. Por ello, se puede afirmar que nadie nace con un género, pero todo el mundo nace con un sexo biológico.

Dicho lo anterior, la orientación sexual es un hecho que necesita una atención no acalorada ni centrada en aspectos morales, sociales o políticos. Desde el respeto a todos, una persona que cree que él o ella es algo que no es, en el mejor de los casos, muestra un signo de pensamiento confuso que requiere una atención médica especial. Es además necesario distinguir en cada caso si es temprana (niños o preadolescentes) o tardía (adultos), pues tanto el estudio de sus causas como la responsabilidad de los tratamientos, incluida la patria potestad, son cuestiones de importancia bioética.

Es importante saber qué ha de hacerse en los casos en que se presente este tipo de confusión en los más pequeños. La pubertad no es una enfermedad y el bloqueo de la pubertad mediante hormonas puede ser peligroso. Según conocimientos científicos, el 98% de los casos de confusión de género en niños y el 88% en niñas es transitorio, y finalmente aceptan su sexo biológico después de pasar de forma natural su pubertad. Por ello, forzar el cambio de sexo mediante hormonas (testosterona y estrógenos) en los niños y niñas que tienen esa confusión transitoria es un error, ya que estos tratamientos están asociados a peligrosos riesgos para la salud, que puede incluir entre otros, presión arterial alta, coágulos sanguíneos, accidente cerebro-vascular, cáncer y esterilidad. El informe del Colegio de Pediatría de los EE. UU califica de “abuso infantil” el adoctrinamiento de los niños en la creencia de que la suplantación química y quirúrgica del sexo opuesto es normal y saludable.

Respecto a los adultos se reitera que los índices de suicidio son 20 veces mayores entre los adultos que usaron hormonas y se sometieron a cirugía de reasignación de sexo, que el resto de la población. Es evidente que lo que se debe hacer antes de tomar ninguna medida relacionada con el cambio de sexo es evaluar la situación mediante un análisis médico psicológico y sexológico.

Es irresponsable adoctrinar en la cultura de reasignación de sexo que muchas de las iniciativas legislativas proponen siguiendo la estela de la ideología de género, incluyendo su fomento en la educación infantil. La pregunta a responder es ¿qué persona razonable está dispuesta a asumir los peligrosos riesgos para la salud de los tratamientos de cambio de sexo de los niños, sabiendo que después de pasar de forma natural su pubertad la inmensa mayoría terminarán aceptando su propio sexo genético?

Sea como sea, los primeros que deberían conocer y valorar estos hechos son nuestros políticos y legisladores, que deben pensar en las consecuencias para las personas, las futuras generaciones, la sociedad, la familia y la salud. Supone una barbaridad aprobar una ley de cambio de sexo, la llamada ley Trans, que elimina el estudio médico de carácter previo para conocer las causas de cualquier tipo de disforia de género. Cambiar de nombre, de menganito a menganita o viceversa, no es lo mismo que cambiar de sexo, que requiere un cambio integral del fenotipo a base de tratamientos hormonales y quirúrgicos, muchas veces insatisfactorio o incompleto, y en cualquier caso imposible en su determinación genética.

Eliminar las garantías de un diagnóstico médico adecuado, como el que existe en la Ley española 3/2007, reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas, y disponer que basta con la autodeterminación, para conseguir un cambio de género en el registro civil, es una locura que traería graves consecuencias para las personas afectadas.

Bien está el objetivo de establecer un marco normativo adecuado para garantizar el derecho de toda persona a no ser discriminada por razón de su orientación sexual o identidad y/o expresión de género. Pero, la imposición de la “ideología de género” desde las administraciones públicas a través del sistema educativo y mediante duras sanciones económicas a quien discrepe, como se trata de implantar en España con leyes en la que lo único que se valora es el manido derecho a decidir sin pensar en las consecuencias, es una grave irresponsabilidad.

Dicho lo anterior, dejando claro que el sexo biológico constituye un aspecto bien definido de la naturaleza humana, también es cierto que, en una proporción muy baja, debido a errores congénitos, mutaciones o factores fisiológicas durante el desarrollo embrionario-fetal, algunos niños muestren rasgos sexuales ambiguos al nacer. No deben confundirse estos rarísimos casos que requieren una atención médica especial para establecer un diagnóstico y un tratamiento médico adecuado [4] con lo relativo a la orientación sexual. Su escasa prevalencia no explica los casos de homosexualidad o transexualidad, de origen psico-biográfico, sino que se trata de errores congénitos cuya causa se ha de averiguar, pero que en ningún caso deben ser utilizados para dudar sobre la condición binaria del sexo humano, varón 46-XY y mujer 46-XX.

[1] Mayer, L.S., McHugh, P.R. (2016). “Sexualidad y género. Conclusiones de la Biología, la Psicología y las Ciencias Sociales”. The New Atlantis, 50 (Otoño 2016)

[2] Ganna, A. et al_«Large-scale GWAS reveals insights into the genetic architecture of same-sex sexual behavior». Science (2019), 365: 882.

[3] López-Moratalla, N. (2021) “Humanos. Los vínculos familiares en el corazón del cerebro. Rialp, Madrid.

[4] Guerrero-Fernández, J. y col. Guía de actuación en las anomalías de la diferenciación sexual (ADS) / desarrollo sexual diferente (DSD). Anal. Pediatr. (Barcelona). (2018) 89 (5): 315el-19.

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Doctor en Biología, Catedrático Emérito de Genética, Presidente de CiViCa, Ciencia, Vida y Cultura. Consultor del Pontificio Consejo de la Familia. Pertenece a diversos comités de Bioética. Autor de varios libros de divulgacón científica y de bioética. Participa en másteres, cursos, conferencias, publicaciones y medios de comunicación.