Los ataques a la iglesia y a la religión del lobby gay son constantes
Los ataques a la iglesia y a la religión del lobby gay son constantes

Es frecuente escuchar que se está interesado en temas de espiritualidad, al mismo tiempo que se rechaza lo religioso. Es una manera de escapar del burdo materialismo; ese de los convencidos de que somos polvo de estrellas, y que al final de la vida no hay más destino que disolverse nuevamente en la tierra de la que procedemos.

Las creencias “soft” en “cosas espirituales” permiten gozar de la aprobación social y vivir con una conciencia más o menos tranquila, mientras se escapa de la rigurosidad de las religiones: doctrinas, mandamientos, exclusivismos, compromiso… O, al menos, de las asperezas que piensan que encontrarán en ellas quienes ven la religión desde lejos, que es casi lo mismo que decir desde su ignorancia.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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La oferta espiritual en los anaqueles del supermercado de creencias, es enorme; y permite optar tranquilamente por cualquier opción, pues se contará con el respeto de la opinión social mientras uno viva “su” espiritualidad y –por supuesto- no intente imponer creencias a nadie más. De modo que el “vive y deja vivir” (en asuntos de creencias y espiritualidades) es, de hecho, una regla omnipresente.

Así las cosas, en este ambiente de espiritualidades caleidoscópicas, lo peor que alguien podría hacer es mostrar convicciones sólidas. Quien se atreve, recibe inmediatamente gran cantidad de epítetos y etiquetas denigrantes… con una excepción: que sus creencias encajen en el “mainstream” cultural, en lo políticamente correcto, o en la espiritualidad del rebaño. De lo contrario, indefectiblemente, quien ose disentir recibirá el rechazo social inmediato siendo descalificado no por lo que piensa (pues eso implicaría oponer ideas a ideas) sino por los prejuicios de quienes le critican.

Para muestra un botón. Invito al lector a que lea con detenimiento los carteles y pancartas que se hicieron presentes en las calles de San Salvador, y de muchas otras ciudades alrededor del mundo, el pasado desfile del orgullo LGBT, cuando un buen puñado de personas entendieron que debían reivindicar su auto percepción: el modo como cada uno se percibía como persona.

En el evento abundaron los insultos a las instituciones: el Estado, la Iglesia, las costumbres sociales (de las cuales el patriarcado fue el blanco preferido de los ataques) que –según los ellos- se oponen al “triunfo del amor”, y la reivindicación de la autenticidad, por sobre todas las cosas…

Con poco que reflexione, se descubre una tremenda paradoja: para reivindicar el amor como valor espiritual, se echa mano del odio como motor y aglutinante de las multitudes que, con pleno derecho y bastante menos respeto, manifestaron su manera de pensar.

Después de ver lo sucedido cada mes de junio en esas ocasiones, fácilmente se puede llegar a la conclusión de que lejos de reivindicar el amor como sentimiento, que no como motor de compromiso (lo cual sería un modo de proceder profundamente espiritual); en el fondo se trata de manifestar, frente a la inmensa mayoría que cree en valores culturales (espirituales también) muy distintos a los de los manifestantes, que la sociedad debería no solo respetar, sino también celebrar y tutelar legalmente, el ejercicio de una sexualidad distinta.

Una conclusión a la que se llega después de observar sus dichos y actitudes, que en conjunto pueden mostrar un franco rechazo tanto a la heterosexualidad “obligatoria”, como su presencia innegable en las instituciones sociales.

Unas aspiraciones que han encontrado eco en políticos que enarbolan la bandera de la defensa del amor como la nueva causa progresista por excelencia. Pero que no se dan cuenta de que, en el fondo, más que propugnar y defender el amor, buena parte del discurso de fondo podría caracterizarse como lo que ellos mismos llaman “discurso de odio” cuando se refieren a las personas e instituciones que no están de acuerdo con sus proposiciones. Y así, la “Love Generation” sin que casi se dé cuenta, termina convertida en “Hate Generation”, y comportándose como tal.

Carlos Mayora Re

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