Me lo decía recientemente un joven amigo que ha encontrado su primer trabajo en una pequeña editorial: “Me encanta mi trabajo y disfruto de cada momento del día, a pesar de que también es muy exigente. El resto de mis amigos han comenzado a trabajar en consultoras, banca de inversión y grandes multinacionales. Ganan mucho más que yo, pero les exprimen y no les suele gustar lo que hacen. Al final, ellos están jodidos 30 días y sólo se alegran uno –a final de mes-, mientras que a mí me pasa al revés: el día que cobro estoy un poco más disgustado, pero me encuentro feliz y motivado los 30 restantes”.

Es curioso ver cómo los hombres nos empeñamos más en la seguridad que en la felicidad. Con frecuencia pensamos que la segunda es inalcanzable y por eso nos aferramos a lo seguro aunque sea a costa de llevar una vida aburrida y gris. Una vida, en definitiva, que no es la nuestra. Y, si uno no elige su vida, ¿quién la elige por él? Balzac tenía razón cuando afirmaba que “la resignación es un suicidio cotidiano”.

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Sé que a muchos les parecerá utópico lo que digo. “Claro, como si las cosas fuesen tan fáciles; como si los trabajos lloviesen del cielo”, me repiten con frecuencia. Y, ciertamente, no es así. Pero también me parece que hay un exceso de miedo que nos paraliza y nos acobarda a la hora de perseguir nuestros sueños.

Me alegro cuando encuentro a un joven que no se rinde al ídolo del dinero y de la seguridad y tiene el cuajo y el coraje de escuchar esa vocecita que le susurra muy adentro para qué ha sido creado

Me encuentro con muchos jóvenes, incluso adolescentes, que miran con escepticismo al futuro. “Voy a hacer tal o cual carrera porque tiene más salidas. No es que me entusiasme, pero es lo que hay”, aseguran, repitiendo los consejos quizás bienintencionados de sus adultos, pero a la vez tremendamente desalentadores. De nuevo, la seguridad por encima de sueño, del talento, de la vocación y de la ilusión.

Amancio Ortega ha dicho más de una vez que “todos nacemos para algo. Tengo el convencimiento absoluto de que todos venimos al mundo a cumplir una misión. Aquí ninguno está por casualidad”. ¿Se enseña esta verdad demoledora en los colegios, en las universidades, en las familias, incluso en las iglesias? ¿No es más habitual capar los sueños e iniciativas de nuestros hijos o alumnos para que sigan el camino seguro?

Y, así, muchos pasan sus vidas sin descubrir aquello para lo que han sido creados, como se queda un regalo sin desenvolver por miedo a romper el interior o por no estar seguros de que nos vaya a gustar el contenido. Y por eso hay también tantos jóvenes acobardados, sobreprotegidos, incapaces de asumir las riendas de sus vidas, de tomar decisiones, de equivocarse, de aprender y de volver a intentarlo. Prefieren quedarse en el camino que les han dicho que es el seguro en vez de ir campo a través a descubrir los secretos fascinantes que les aguardan. Al final, como dice el actor Will Smith, “ser realista es el camino más frecuentemente transitado por la mediocridad”.

Por eso me alegro cuando encuentro a un joven que no se rinde al ídolo del dinero y de la seguridad y tiene el cuajo y el coraje de escuchar esa vocecita que le susurra muy adentro para qué ha sido creado y por qué tiene los talentos que tiene -aunque muchas veces ni él mismo alcance a comprenderlos del todo- y se lanza por la senda desconocida. Siente los miedos y las inseguridades, pero los derrota y sigue adelante.

Es, en definitiva, un nuevo Cristobal Colón, que navega en sentido opuesto a lo que aconseja el sentido común y la “experiencia”, pero que, gracias a eso, llega a un Nuevo Mundo.

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