En mayo de 1796 el médico inglés Edward Jenner (1749-1823) inoculó a un niño de corta edad con un preparado a base de suero de una persona que padecía la viruela bovina. El chico padeció una febrícula leve que desapareció en poco tiempo. Tras una segunda inoculación con viruela humana, el niño no padeció la enfermedad. De este modo, se produjo el descubrimiento de las vacunas. El gran descubrimiento de Jenner se confirmó y extendió a finales del siglo XIX, cuando Louis Pasteur (1822-1895) desarrolló la vacuna de la rabia. Desde entonces, la vacunación es con seguridad el tratamiento médico preventivo que más vidas ha salvado en todo el mundo y el principal procedimiento que tiene la humanidad para librarse de las enfermedades infecciosas.

El fundamento de las vacunas está muy bien establecido desde la perspectiva científica. Se trata de inocular al paciente, normalmente mediante una inyección, con un preparado farmacológico a base de moléculas de proteínas de los agentes infecciosos, los antígenos. Estas moléculas antigénicas o los precursores de su síntesis (ADN o ARN-m) no son perjudiciales, pues no se trata del virus o el agente patógeno, sino de un componente de él sin capacidad patógena. Sin embargo, los antígenos, una vez en el ser humano, son suficientes para estimular en la síntesis de anticuerpos para su neutralización. Los anticuerpos lo que hacen es adherirse a los antígenos –o sus portadores como los virus u otros agentes infeccciosos-, y evitar que ataquen a las células humanas y/o etiquetarlos para su destrucción por los linfocitos T u otras células del sistema inmunitario del receptor. Los anticuerpos quedarán como una memoria inmunológica por un tiempo más o menos largo en evitación de una infección posterior por el agente al que correspondan. Hay por tanto una especificidad antígeno-anticuerpo, por lo que las vacunas deben diseñarse específicamente para cada agente infeccioso.

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Las vacunas contra la COVID-19

Si bien las vacunas que se han desarrollado frente a la COVID-19 siguen estos mismos fundamentos, pueden ser de distintos tipos pueden en cuanto a los preparados que se inoculan para estimular la síntesis de los anticuerpos. De este modo se dintinguen cuatro tipos: virus completos atenuados o inactivados, vectores virales atenuados o inactivados, proteínas antigénicas, o ácidos nucleicos (ADN o ARN-mensajero).

Las vacunas a base de virus completos atenuados o inactivados han constituido el método convencional de la obtención de las vacunas, principalmente compuestas por una forma debilitada del virus. En el caso de la COVID-19, la más avanzada es la desarrollada por Sinovac Biotech en China, que utiliza una versión inactivada de SARS-CoV-2.

Las que usan vectores virales atenuados o debilitados, utilizan virus modificados genéticamente para que puedan producir proteínas de coronavirus SARS-CoV-2 tras la inoculación en el paciente, De este modo se usa el virus del sarampión o el adenovirus modificados y debilitados para que no puedan causar enfermedades. A este tipo pertenece la vacuna contra el Ébola recientemente aprobada y la de la Universidad de Oxford contra la COVID-19, desarrollada en colaboración con la farmacéutica ‘AstraZeneca’. En este último caso, se aprovecha un virus modificado genéticamente, que causa resfriados en los chimpancés. La modificación determina que no cause infección en humanos, y exprese la proteína S de la ‘espiga’ del coronavirus SARS-CoV2 . A este grupo pertenecen también las vacunas desarrolladas por CanSino Biologics en Tianjin, China, y Johnson & Johnson, en EE. UU.

Se puede afirmar que estas nuevas vacunas contra la COVID-19 deben su pronta obtención a los avances en la investigación sobre otros agentes infecciosos

Las vacunas de proteínas antigénicas incorporan partes del patógeno, a menudo fragmentos de proteínas, o partículas virales sin contenido genético. Sería como inyectar directamente en el cuerpo proteínas de coronavirus, es decir antígenos. Por contra, tienen los inconvenientes de generar una respuesta inmune más débil que otros tipos de vacunas, por lo que se requiere la incorporación de agentes adyuvantes para incrementar la respuesta inmunológica, lo que no es deseado por sus posibles efectos secundarios. Es el tipo más rezagado de las que se están ensayando contra la COVID-19.

Quedan finalmente las “vacunas genéticas”, de ARN-mensajero, o de ADN que lo codifica para la síntesis de proteínas del SARS-Cov-2. No se inyectan los antígenos, sino de la información para su síntesis en el ser humano una vez inoculada la pieza de ADN o el ARN mensajero que lleva su información. Ya en las células humanas, tras la síntesis del antígeno se producirá la respuesta inmunitaria, creando los anticuerpos que prevendrán de cualquier futura infección del mismo patógeno. Su eficacia y rápido desarrollo ha hecho posible su aprobación en un tiempo inusualmente corto para lo que suponen las vacunas. A este grupo pertenecen las dos que cuentan con el aval de la OMS y la Oficina Europea del Medicamento, para su administración en Europa, la de la compañía farmacéutica Pfizer y BioNTech de Mainz, Alemania, que contiene instrucciones de ARN mensajero para la porción de la proteína S de la espiga del virus por la que se une a las células humanas a las que infecta el SARS-CoV-2 , y la de Moderna, una compañía biotecnológica americana de Cambridge, Massachusetts, que incorpora un ARN mensajero para la síntesis completa de la proteína S de la espiga.

La rapidez de obtención de las vacunas genéticas

Cuando a principios de 2020, se vislumbró la rápida expansión del coronavirus SARS-CoV-2, los científicos de diversas partes del mundo no perdieron el tiempo para buscar una vacuna que detuviese la pandemia, pero tuvieron cuidado de no prometer un éxito rápido. Lo más rápido que se había desarrollado una vacuna, hasta ese momento fueron cuatro años, para la vacuna de las paperas en la década de 1960. Esperar una vacuna para atacar la COVID-19 antes del verano de 2021 parecía muy optimista. Sin embargo, el 2 de diciembre, una vacuna fabricada por el gigante farmacéutico Pfizer con la empresa de biotecnología alemana BioNTech, se convirtió en la primera inmunización totalmente probada para uso de emergencia .

¿Cómo es posible un logro tan prometedor en tan poco tiempo? Recordemos que un ensayo clínico para el desarrollo de una vacuna requiere de cuatro fases con una duración total siete o más años. Sin embargo, el tiempo se puede acortar cuando hay una emergencia global, experiencia investigadora y recursos científicos y económicos suficientes. Este es el caso de las vacunas de ARN-mensajero que pueden obtenerse mucho más rápidamente y sin riesgos para la seguridad.

En efecto, la rápida obtención de las vacunas de ‘Pfizer’ y ‘Moderna’, se debe a dos hechos sustanciales, que permiten afirmar que el desarrollo de estas vacunas no comenzó en enero de 2020, sino tras años de investigación. En primer lugar, ya se venía trabajando en vacunas contra otros coronavirus relacionados, como los que causan el SARS (síndrome respiratorio agudo severo) y el MERS (síndrome respiratorio de Oriente Medio). Así, en 2017 se lanzó un proyecto de un billón de dólares, la Coalición para las Innovaciones en la Preparación para Epidemias (CEPI) con el fin de crear la infraestructura tecnológica necesaria para el desarrollo rápido y asequible de vacunas contra varios de los virus que tienen potencial epidémico, como el MERS, el Ébola y el Zika. Pues bien, la iniciativa CEPI ha permitido financiar parcialmente el trabajo sobre las vacunas de Moderna y Oxford contra el SARS-CoV-2.

Vacunarse es una forma de protección personal y y una obligación moral para proteger al resto de los ciudadanos. Las vacunas benefician tanto a las personas vacunadas como a las personas no vacunadas

En segundo lugar, está el hecho de optar por un nuevo tipo de vacunas, que incorporan ADN o ARN-mensajero, que conduce a la síntesis total o parcial de los antígenos del agente patógeno. Sobre esto ya se comenzó a trabajar hace más de 20 años, incluso con proteínas muy parecidas a las del SARS-Cov-2 y con la ventaja especial de que la síntesis de la proteína S de la espícula de este virus, como las del SARS y MERS en su estado original previo a la fusión con la célula humana, se convierte en un antígeno de vacuna mucho más potente.

A diferencia de las de Pfizer y Moderna, la vacuna de la Universidad de Oxford, no utiliza ARNm, sino el ADN que codifica para la síntesis de la proteína de la espícula del SARS-CoV-2. El gen se introduce en el genoma de una forma modificada de un adenovirus de chimpancé, no infeccioso para el hombre. 

Por su simplicidad tecnológica, las “vacunas genéticas”, pudieron saltar ya en julio de 2020 de las fases I y II de los ensayos clínicos, en que se demostró su seguridad, a la fase III, que permitió comprobar además su eficacia en decenas de miles de voluntarios. Se puede afirmar que estas nuevas vacunas contra la COVID-19 deben su pronta obtención a los avances en la investigación sobre otros agentes infecciosos como los causantes del SARS, MERS y Ébola.

A todo ello se ha de sumar sin duda el haber volcado enormes recursos financieros para la obtención de unas vacunas contra una enfermedad nueva, que ha amenazado con detener el mundo. El llamamiento de la Unesco para unificar la investigación a nivel global y los miles de millones de euros, dólares y otras monedas, invertidos en el proceso hicieron posible que las empresas asumieran riesgos financieros inusuales cuando se trata además de realizar pruebas de seguridad y eficacia implicando a muchas personas.

Dentro del máximo respeto a una decisión de carácter voluntario, solo me resta pedir confianza en las vacunas en general y en estas vacunas, especialmente las de Pfizer y Moderna, en particular. No deben rechazarse ni por la rapidez con que se han obtenido, ni por razones de eficacia y seguridad, ni tampoco éticas, ya que no han de causar reparos a quienes no deseen ser vacunados por un preparado en cuya elaboración se hayan utilizado líneas celulares fetales procedentes de abortos humanos. Este es un tema que han tratado de utilizar los anti-vacunas, pero que debe quedar zanjado tras los reiterados pronunciamientos de la Iglesia, como la Nota sobre la moralidad del uso de algunas vacunas contra la COVID-19, publicada el 21 de diciembre pasado por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Vacunarse es una forma de protección personal y y una obligación moral para proteger al resto de los ciudadanos. Las vacunas benefician tanto a las personas vacunadas como a las personas no vacunadas y susceptibles que viven en su entorno, que es el fundamento de la llamada “inmunidad de rebaño”.

Es la mejor manera, y la más efectiva para acabar con la COVID-19, como se acabó con la viruela en el mundo, considerada erradicada en 1980 por la Organización Mundial de la Salud, y es el modo como se está acabando con la poliomielitis y el sarampión, y como se ha conseguido un control efectivo de otras enfermedades infecciosas como la meningitis meningocócica, la hepatitis B, el tétanos o la tosferina.  

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