«Era el que mandaba”. Así justificaba un tertuliano profesional las tres condecoraciones que el Fútbol Club Barcelona otorgó a Francisco Franco en vida. Tres actos de valentía. De insumisión. De independencia del poder político, provenientes de la institución que hoy es el epicentro social, cultural e intelectual del golpe de Estado vigente desde hace años en Cataluña. Més que un club.

Siguió la tertulia deportiva –“El Chiringuito”, para más señas– y el argumento quedó opacado por la conversación y por un breve reportaje sobre todas las Copas del Generalísimo que el Barça conquistó durante el régimen. Nueve, para ser exactos, entregadas en mano por el Jefe de Estado. Recibidas en mano por todos y cada uno de los capitanes del equipo. Tres más que el Real Madrid. Un récord sólo igualado por el Athletic Club de Bilbao.

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“Era el que mandaba”. Tres homenajes en un periodo de 23 años, ya asentado el régimen: la insignia concedida con motivo de la final de Copa de 1951, la medalla de oro de 1971 en reconocimiento de la ayuda a la construcción del Palau Blaugrana y la del 75 aniversario del club, de 1974. A falta de una, dos medallas de oro.

Difícil para un club deportivo travestido de baluarte moral de toda una región de España no rendir honores al comandante del Tercio Requeté de Nuestra Señora de Monserrat, compuesto únicamente por voluntarios catalanes, incluidos los mandos. Junto con las de la Legión y los Regulares, la bandera más laureada de la Guerra Civil, para la que había más voluntarios dispuestos a dar su vida que oportunidades de darla.

Tan complicado como retirar en 2019 las condecoraciones a alguien que murió en 1975. No conviene precipitarse. Medio siglo de heroica prudencia, de brava ponderación, de meticulosa constatación de la ausencia del homenajeado, antes de despojarle de sus honores. En eso debe consistir el seny. El paroxismo del valiente. El inmovilismo del arrojado. La burocracia del revolucionario. Valors, presumir y carecer. Més que un club.

Cinco décadas de urgencia revertidas en el mismo acto en el que el presidente del faro ético de Cataluña reiteró haber “actuado con un compromiso firme en defensa del país, de la democracia, de la libertad de expresión y del derecho a decidir”. Cinco palabras tan protagonistas en cada discurso político, empresarial y deportivo –valga la redundancia– del oasis catalán, como manoseadas. Prostituidas. Eufemismos de interés, región, tiranía, imposición e injusticia. Cinco mentiras.

“Era el que mandaba”. Como Pujol, sucedáneos y secuaces desde hace cuatro décadas. Con sus esteladas, sus pancartas, sus lazos amarillos. Sus subvenciones. Su TV3. Su Vanguardia (antes española). Su corrupción institucionalizada en forma de entramado separatista del que el Barça es la pieza esencial. El Camp Nou, su Zeppelín. La misma relación con el poder que en tiempos de Franco. La misma revolución lanar. La misma independencia canina. La misma valentía roedora.

Tal vez, a Felipe VI le falte precisamente eso: mandar, no sólo reinar. Gestionar el presupuesto, para recibir insignias de oro en lugar de insultos y abucheos cada vez que entrega una Copa de España al Fútbol Club Barcelona. Ésas que nunca devolverán. Més que un club.

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