Decía Henry Ford que “cuando las cosas se pongan difíciles, recuerda que los aviones despegan con el viento en contra, no a favor”. Así debieron verlo Alberto Santos Dumont o los hermanos Wrigth, que se disputan el honor de saber quién fue el primero en pilotar un avión que volase en condiciones. Y es que los inicios de la aviación están llenos de personajes que merecen mucho la pena. Entre ellos, el piloto estadounidense James Angel, una suerte de Indiana Jones aéreo no muy conocido pero protagonista de un descubrimiento excepcional.

Todo empezó en 1920, cuando Angel se hallaba realizando un vuelo de exhibición en Panamá. A causa de una avería, tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en una suerte de altiplanicie selvática. Reparó como pudo su avión, usando para ello parte de la suela de su zapato como improvisada pieza de recambio, y regresó a la civilización entre grandes muestras de alegría. No era para menos.

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Su proeza le valió aquella noche ser el centro de atención de Ciudad de Panamá. En el bar donde se organizó su fiesta de bienvenida, todo el mundo quería felicitar al héroe. Todos menos uno. El hombre en cuestión, al igual que Angel, era americano, y lo que más le interesaba era saber si el piloto sería capaz de reproducir su aterrizaje en un terreno similar.

Ante la respuesta afirmativa, el enigmático sujeto le propuso contratarle para que le llevase a un lugar que posteriormente le sería revelado. Angel, para quitárselo de encima, le pidió 5.000 dólares como pago por sus servicios, una cantidad sumamente elevada para la época.

Pero a la mañana siguiente su pasajero le esperaba con el cheque de 5.000 dólares dispuesto. Hechos los preparativos, el norteamericano pidió a Angel que le llevase al sur del río Orinoco, en Venezuela, donde habría de tomar tierra en una altiplanicie a la que los nativos llamaban “tepuy”. Una vez allí, el piloto vio cómo su compatriota se perdía en el horizonte, con la promesa de regresar al finalizar el día. Y así fue. Cuando el sol ya se ocultaba, el enigmático americano apareció cargado con varios sacos, llenos de pepitas de oro.

Angel no preguntó, despegó y nunca más volvió a saber nada más de su cliente hasta pasados catorce años. En un viaje en tren por la costa este, James Angel coincidió con él por casualidad, y así supo que donde estuvieron aquel día fue en lo que tantos aventureros y descubridores dieron en llamar El Dorado. Era todo lo que necesitaba saber. Al poco, James Angel y su mujer gastaron cuanto tenían en la compra de un nuevo aeroplano, al que llamaron “Río Caroní”, y se establecieron en Venezuela. Desde aquel momento todo el empeño de James Angel fue dar con el lugar exacto donde aquella mañana de hacía 14 años aterrizara con su enigmático compañero de viaje. Pero, tras viajes y viajes infructuosos, murió en 1956 sin haber logrado encontrarlo.

Lo que sí descubrió fue un salto de agua enorme, de poco más de 1.000 metros de caída libre. Era -y es, de hecho-, la cascada más grande del planeta. En su honor, fue bautizada como “salto Angel”, y hoy se estudia en los atlas de geografía de medio mundo. El descubrimiento lo hizo por casualidad, en una de sus múltiples excursiones aéreas en busca de El Dorado. Al menos, Angel tuvo el honor de encontrar algo que mereciera la pena. Eso, y sobrevolar un paisaje impresionanate. En el fondo, sí encontró un tesoro.

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