El Papa Benedicto XVI.
El Papa Benedicto XVI.

Benedicto XVI. Una vida. Peter Seewald. Ediciones Mensajero, 1150 páginas.

Nadie tan idóneo como el periodista Peter Seewald para escribir esta monumental biografía de Benedicto XVI; le preceden sus cuatro libros previos de entrevistas a BXVI, éxitos de venta internacionales: La sal de la tierra, Luz del mundo, Dios y el mundo, y Últimas conversaciones, así como una semblanza biográfica, Benedicto XVI: una mirada cercana.

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Cotilleos sobre sus orígenes

En los primeros compases, Seewald va siguiendo el relato que de su infancia y juventud hace Benedicto XVI en Mi vida, sus memorias publicadas en España por Ediciones Encuentro, donde muy especialmente había apuntado la importancia de su Baviera natal en su formación humana y religiosa. Benedicto XVI citaba a Goethe: «Quien quiera entender a un poeta debe visitar su hogar». Joseph (padre) era un católico de una fe recia, interesado en la política, gran lector de periódicos y de una probada honestidad. Su esposa, María, era una mujer sociable, muy trabajadora, espontánea y amante del teatro.

No tiene desperdicio el modo de conocerse los padres. No existía internet, pero fue casi igual: el padre publicó un anuncio en un semanario de los que se leía en las familias católicas de la zona: funcionario de buena posición y pasado intachable buscaba una mujer católica para contraer matrimonio -que supiera cocinar, y a ser posible, con patrimonio propio- anuncio al que respondió María. Lejos de toda burla tonta del que juzga ingenuamente desde un estadio de supuesta superioridad, importa hacer ver que el matrimonio era entonces algo más que un sentimiento privado; mucho más, un proyecto de vida y una responsabilidad social. Podemos reírnos del pasado, pero sería más inteligente llorar por nuestro presente.

El segundo detalle curioso aparece en forma de impedimento matrimonial: la madre del futuro papa, así como sus abuelos maternos, habían nacido fuera del matrimonio, y existían dudas sobre su apellido. En la época, más de un tercio de los nacimientos tenían lugar de este modo, pues solo se admitía al matrimonio a quien pudiera acreditar tener los medios económicos para sostener una familia y no todos podían acreditarlos. El caso se arregló con una adenda del párroco a la anotación registral y resuelto.

El ascenso del nazismo visto por un niño

La piedad recia de su padre y de su tierra, y el ser una población mayoritariamente católica, hicieron que Baviera encajase siempre con dificultad en el proyecto alemán de predominio prusiano. El peso de la Reforma y de la kulturkampf del canciller Bismarck tienen un peso decisivo que en Baviera no podía sino encajar con dificultad.

En el libro se realiza una apretada síntesis de los hechos de barbarie que acompañaron el ascenso nazi, con la respuesta de las autoridades católicas y protestantes. Un mayor seguimiento tuvo el nazismo entre las comunidades protestantes, y un menor apoyo electoral en el sur de Alemania, especialmente en la católica Baviera, que no había simpatizado con el germanismo de Prusia, que a finales del siglo XIX ya había caído en el racismo y en el antisemitismo.

El joven Joseph no vistió nunca el uniforme de la SS, ni se identificó jamás con el régimen nazi, pero tuvo que prestar sus servicios, junto con otros once seminaristas, como ayudante de batería antiaérea, a partir de 1943

Las duras condenas iniciales del nazismo por parte de la jerarquía católica, que incluían prohibición absoluta de afiliarse al Partido Nazi, cedieron a una ambigua declaración en 1933, por la que la Iglesia, sin retractarse de la condena de los errores doctrinales, consideraba que las prohibiciones anteriores ya no serán necesarias. Duro aldabonazo para muchos católicos, entre ellos el padre de Ratzinger, cuya piedad varonil no le impedía un ojo crítico frente al clero y los obispos. En 1937, la encíclica contra el nazismo, Mit brenender sorge, sería la rectificación al máximo nivel, del error de 1933.

El padre de la familia había buscado aislarse todo lo posible de la colaboración con el nazismo. Y había tratado de guardar el mayor silencio posible en su casa, pero que las sombras se cernían sobre Alemania era algo que no se podía evitar que planeara en el hogar de los Ratzinger.

Con su jubilación al cumplir los 60 años (1937), se habían retirado a una localidad cercana a la ciudad de Traunstein, donde Joseph hijo, y su hermano Georg asisten al Instituto y viven en el internado del seminario menor, foco de oposición al nazismo, como consta en los informes del inspector del partido.

El apocalipsis de la guerra

Al comenzar la guerra, era solo cuestión de tiempo que Joseph y su hermano mayor Georg, también seminarista, hubieran de ser enrolados. En el relato de sus vicisitudes, que va siguiendo el hilo de lo que el propio Benedicto narró en Mi vida, se añaden la reflexión sobre el conflicto que Joseph y los seminaristas de la localidad de Traunstein tenían cuando tomaban parte en acciones bélicas. En la defensa antiaérea de Munich, el acierto frente a los bombarderos ingleses provocaría el prolongamiento del conflicto, pero, por otra parte, cada bombardeo era un nuevo peligro de muerte para miles de personas de la ciudad.

El joven Joseph no vistió nunca el uniforme de la SS, ni se identificó jamás con el régimen nazi, pero tuvo que prestar sus servicios, junto con otros once seminaristas, como ayudante de batería antiaérea, a partir de 1943; en una ocasión estuvo a punto de ser reclutado a la fuerza (casi obligado a prestarse voluntario) por las SS; afortunadamente, a cambio de insultos y gritos, se vio libre de haber tomado parte en el infamante cuerpo.

A Joseph Ratzinger le llegaban noticias de la resistencia de la Rosa Blanca que le entusiasmaba; sin embargo, la no colaboración era un imposible para un joven de dieciséis años en la época, pues suponía la muerte. Al igual que lo suponía, como siempre en tiempo de guerra, la deserción.

Cuando toda la guerra está perdida, un Joseph de 18 años se va encontrando con oportunidades de librarse de ir a los frentes más cruentos. Se le permite volver a casa, donde le encontrarán las tropas americanas vencedoras, que le llevarán a un campo de prisioneros, del que saldrá, definitivamente libre, el 19 de junio de 1945, un mes antes que su hermano Georg. La vida, después de la acción de la bestia del apocalipsis, puede comenzar de nuevo.

Una mente insaciable de conocimiento, pero más insaciable de Dios

Tras la Guerra, el cristianismo vuelve a ser, por última vez, el gran elemento configurador de la sociedad y la piedra sobre la que se edifique la reconstrucción alemana y el suelo del que brotará la futura Unión Europea. Serán los años que coinciden con la formación teológica de Ratzinger; tras el trauma llega, por otra parte, la esperanza de que todo está por hacer y ha sonado la hora de una reconstrucción en la que el cristianismo podrá dejar su impronta en la nueva Constitución.

Muy tempranamente había destacado por su enorme curiosidad, su gran inteligencia, capacidad de trabajo y concentración. Estudió en el seminario menor durante la Guerra y completó sus estudios de Filosofía y Teología al concluir la guerra en Frisinga y Munich. Son años de intensas lecturas, tanto literarias como teológicas: Dostoievsky, Thomas Mann, Kafka, Gertrud von Le Fort, Edith Stein, Claudel, Bernanos, Mauriac, Saint Exupéry, Bloy, Camus, Sartre, Orwell, Huxley, R.H. Benson, Newman; Guardini, De Lubac, Congar, Von Balthasar; y muchos otros especialmente decisivos para el joven Ratzinger como Scheler, Martin Buber, Theodor Steinbüchel, con su Cambio radical de pensamiento, August Adam (El primado del amor), Peter Wust, Alois Wenzl (Filosofía de la Libertad), o Theodor Haecker (Virgilio), Ferdinand Ebner, o Herman Hesse (El juego de los abalorios); Henrich Slier, Erik Peterson, Voegelin, Joseph Pieper…

Mención aparte tendrían dos maestros, uno de ellos vivo, profesor en Munich, Gottlieb Söhngen, quien sugeriría el tema de la primera tesis de Joseph. Y otro muerto, quizá la influencia más duradera, más profunda, por su espiritualidad, la amplitud de su visión, por la huella que imprimió a la historia del pensamiento y de la cristiandad, y por su apasionada búsqueda de la verdad fue… San Agustín, de quien se consideró siempre discípulo: a él se refiere como un «amigo» y como «mi gran maestro Agustín». Los paralelismos entre uno y otro no dejan de pasar desapercibidos: primero, pasión por el conocimiento y la filosofía, Agustín deseaba dedicarse a la literatura y fue ordenado obispo contra su voluntad, y se vio envuelto en una lucha constante frente a las herejías; Agustín tuvo en Pelagio un duradero antagonista. Ecos de todo ello hay en la vida de Benedicto, incluido el gran antagonista, en la figura de Hans Küng, uno de los que más ha hecho por ensombrecer al papa alemán.

Joseph Ratzinger, que deseaba ser profesor y alcanzar una cátedra de teología, nunca enfocó sus estudios teológicos desde la frialdad del estudioso científico, sino desde la sorpresa y la reverencia frente al misterio del Dios escondido, oculto en medio de la barbarie, acallado, sometido, débil, pero fuerte en la debilidad. Su íntimo convencimiento del gran papel que a la razón le cabía para llegar hasta el Dios encarnado en Jesucristo era lo que precisamente le hacía valorar más el valor y el papel de la fe, que ilumina allí donde la razón no sabe ni puede llegar.

Dos autores de los siglos IV y XIII que serían decisivos

La conclusión de sus estudios teológicos viene sellada por la realización de una tesis doctoral sobre San Agustín, a la que seguiría otra para obtener la habilitación necesaria para ejercer la docencia, esta sobre San Buenaventura. Ambas fueron mucho más que meros estudios de erudito, tuvieron una importancia trascendental, porque contribuyeron a dar una fisonomía completamente distinta al Concilio Vaticano II.

El estudio de San Agustín se centraba en comprender la visión que él tenía sobre la Iglesia y en qué medida podía sostener la teología de San Agustín, lo que había sido título de una encíclica de Pío XII, la Iglesia como «Cuerpo Místico de Cristo». ¿En San Agustín hay base para hablar de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, o solo lo había para hablar de la Iglesia como pueblo y casa de Dios?

En su tesis sobre San Buenaventura abordaría el problema de la revelación, uno de los puntos donde existía una notable diferencia entre la teología protestante y la teología católica. En su trabajo logró clarificar un concepto esencial y que llegaría a suponer un punto de inflexión al inicio del Concilio Vaticano II. ¿Cuáles son las fuentes de la Revelación?

Joseph Ratzinger advertiría que considerar a la Sagrada Escritura y a la tradición como las dos fuentes de la revelación podría conducir al «sola escritura», por no distinguir entre el plano del conocimiento -cómo conocemos la palabra revelada (a través de la escritura y de la tradición)- y el plano del ser en que la revelación es la Palabra de Dios, infinitamente más ancha que ambas. Que la Escritura sea conocida como revelación es algo que no está en ella misma, necesita un punto exterior a ella misma que la considere como tal. Y ese punto no puede ser la mera interpretación individual.

Su propuesta era la de considerar que la Revelación es única, y que hay dos vías de acceso a la misma, como si fueran dos ríos, pero no dos fuentes. Esta fue la argumentación que daría al traste con uno de los primeros borradores que iba a ser discutido el Concilio Vaticano II. A partir de ahí, el Concilio tuvo un nuevo comienzo. Y posiblemente también hubo un giro decisivo en el mundo por aquellos años.

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