El XIX fue el siglo de oro de los grandes exploradores. David Livingstone, sir Henry Morton Stanley -autor de la famosa frase “el doctor Livingstone, supongo”- o sir Richard Francis Burton se adentraron por primera vez en el continente africano y protagonizaros gestas colosales. Pero además ellos, hubo muchos otros sin tanto nombre cuyas proezas fueron no menos increíbles.

Entre ellos, Frederick Courteney Selous, uno de los alumnos más destacados de la prestigiosa Rugby School británica. Cazador, explorador y excelente jugador del deporte al que dio nombre su escuela, puede que su nombre real no nos diga mucho. Sí, en cambio, el del personaje al que sirvió de inspiración: Allan Quatermain, protagonista de “Las Minas del Rey Salomón”.

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Efectivamente, cuando Henry Rider Haggard escribió en 1885 su famosa novela, tuvo muy presentes las aventuras africanas narradas por su amigo Frederick Courteney Selous. La imaginación hizo el resto y, gracias a ello, muchos fueron los que soñaron que el algún remoto lugar de Africa existía un fabuloso tesoro de piedras preciosas y oro. Por desgracia, la arqueología se encargó de echar por tierra tan romántica leyenda.

Así, hace un par de años, arqueólogos de la universidad de California encontraron en la localidad jornada de  Khirbat en-Nahas el origen de las riquezas del rey Salomón: unas simples minas de cobre.

Con todo, el halo de misterio que envuelve a Salomón y su “asunto” con la reina de Saba no ha perdido un ápice de encanto. Antes al contrario, unas recientes declaraciones del patriarca de la Iglesia Etíope lo reavivan aún más.

El patriarca en cuestión afirma haber visto con sus propios ojos el Arca de la Alianza, custodiada en la iglesia de Santa María de Sion, en Axum -Etiopía-. Es en esa zona donde se supone que pudo estar el Reino de Saba, cuya regente, Makeda, habría acudido a Jerusalén para conocer a Salomón.

A juzgar por el resultado, debió conocerlo bien, ya que de aquella visita nació Menelik, fundador de una extensa dinastía que se extinguiría en 1974, con el derrocamiento del emperador Haile Selassie. El caso es que Menelik acudió años después a la corte de Salomón para conocer a su padre. Al regreso, uno de sus acompañantes decidió traerse como recuerdo el Arca de la Alianza. Y allí seguiría.

Hasta tal punto es importante que cada una de las miles de iglesias de rito copto etíope cuenta en su interior con una reproducción del Arca. Son, además, unas iglesias realmente bellas, a lo que se añade la magia de su ritual, celebrado en una lengua  muerta llamada Ge’ez. La cual, por cierto, sería la que utilizaba la Reina de Saba para expresarse.

Algunos de esos caracteres aparecen en las enormes estelas que aún hoy pueden verse en el sitio arqueológico de Axum -Patrimonio de la Humanidad-, sin que hasta el momento hayan podido ser descifrados en su totalidad. Esos monolitos de piedra son testigos de un pasado legendario aún por descubrir.

No obstante, un libro conocido como Kebra Nagast o “Libro de la Gloria de los Reyes de Etiopía”, arrojaría un poco de luz a toda esta historia. Se trata de de los reyes etíopes que tiene su origen en  Menelik I y su final en el Negus Haile Selassie. Su lectura no nos dirá qué pasó realmente entre Salomón y la Reina de Saba, ni si el Arca que hay en Axum es la verdadera. Tampoco la razón de ser de sus obeliscos, los más grandes del mundo.

Pero hubo a quien sí le dijo algo; mejor dicho, le cantó. Pues el Kebra Nagast es el libro de cabecera del movimiento rastafari, cuyo máximo exponente es la música reggae. De ahí las banderas etíopes con el León de Judá en la iconografía de Bob Marley. Curiosa relación.

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