Imagen referencial / Pixabay
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Mis dudas comenzaron a los quince años; quizás antes. ¿Por qué he de tener yo la gracia de la fe que se les niega a otros? ¿Tengo yo ventaja a los ojos del cielo por haber vivido en una sociedad que conoce el mensaje de Cristo? ¿Cómo casa todo ello con que recibamos todos la misma mirada paternal de Dios? Y, sobre todo, ¿por qué, en cuanto planteo estas cuestiones, llego a la vía muerta de que los caminos del Señor son inescrutables? Con el tiempo, no he salido de la indecisión, en la que me he sumido más profundamente con preguntas aún más hondas. ¿Cómo abrazar lo desconocido? ¿Cómo puede llenarte dar un salto al vacío?

Estas tribulaciones personales no me han alejado un ápice de la Iglesia. Esto se debe, en parte, a que mis visitas por la historia me han convencido de que, en conjunto, su labor ha moderado el poder más que incrementarlo. El poder de la Iglesia ha sido sobre todo moral. Y como yo creo, contra casi todos vosotros, que debe haber varios fueros y no uno que todo lo que no acapare lo acabe devorando, valoro con nostalgia que en nuestra historia la Iglesia haya hecho de contrapeso del Estado.

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Pero eso es relativamente reciente, y es una idea largamente madurada según iba viendo el pasado por las ventanas empañadas de los libros. Si algo me mantuvo espiritualmente cerca de la Iglesia incluso en plena crisis de fé fue Juan Pablo II. Incluso cuando la amenaza comunista cayó sobre sus cimientos de sangre, el mundo me parecía un lugar inseguro, y yo hice mío el llamamiento de Juan Pablo II de no tener miedo. Ceder ante el miedo supone concederle la victoria a quienes quieren amenazar nuestra forma de vida antes de presentar batalla. Y yo no he estado dispuesto a hacerlo nunca. 

Además, Juan Pablo II defendía mi mundo, el que nos había traído hasta donde estamos y que nos ha dado una concepción del hombre que le permite ser libre, si otro hombre u hombres no se lo impide. Y una concepción de la sociedad en la que la moral se aprende por la palabra, y no se impone con una pistola. Y de un sentimiento de comunidad que mira al prójimo sin temer al foráneo. Y tantas cosas que están tan enraizadas en nuestra forma de pensar que casi no podemos identificarlas, porque forman parte de lo que damos por hecho.

Ese mundo sufre el brutal ataque de las ideologías que desnaturalizan a la persona, que la convierten en un conjunto cerrado de cualidades manipulables por la política (mujer, joven, homosexual…). Ya no somos todos iguales, ni la persona es única e irrepetible. Por otro lado, la escatología cristiana se ha sustituído por otra material, anclada, eso sí, en el muy cristiano sentimiento de culpa. Es lo que llamamos cristianismo. La religión marxista, que retrotrae a Hegel y de ahí a Anaximandro, es otra de las amenazas a la libertad del hombre. Por eso, cuando veo el análisis económico de Marx o el ecologismo predicado desde San Pedro, cuando no veo una respuesta a la ideología identitaria, lo que siento es un hondo y desolador desamparo. 

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