Hace pocos días, Hezbolá subía el vídeo del último ataque contra ciudadanos israelíes. Por suerte, dicho ataque no causaba víctimas aunque, si así hubiera sido, el hecho apenas tendría repercusión. Es una constante en Oriente Medio. El terrorismo palestino -o iraní a través de Hezbolá– ataca indiscriminadamente objetivos civiles, Israel se defiende y la comunidad internacional, por sistema, justifica los atentados y criminaliza el derecho de legítima defensa. Y es que la denominada “causa palestina” obedece únicamente a impulsos terroristas o de boicot a todo aquello que tenga que ver con Israel.

De hecho, cada vez que los equipos israelíes juegan alguna competición deportiva internacional es norma que la izquierda local boicotee su presencia. Dichos equipos, pues, tiene dos rivales: el deportivo y el de tontos útiles de turno. Pasó recientemente en Cataluña, donde los independentistas volvieron a hacer gala de su antisemitismo contra la selección israelí de waterpolo. Y lleva pasando más de medio siglo, con mayor o menor intensidad.

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Los independentistas catalanes volvieron a hacer gala de su antisemitismo contra la selección israelí de waterpolo

Todo empezó en los Juegos de Munich, en 1972, cuando la ignominia tiñó de luto lo que debía ser una mera celebración deportiva. Septiembre Negro entraba a sangre y fuego en la villa olímpica, secuestrando y asesinando después a nueve atletas israelíes, cuyo único delito era su nacionalidad. Los terroristas adoptaron este nombre en recuerdo a los sucesos acaecidos en Jordania en septiembre de 1970. Tras 1947, muchos palestinos abandonaron Israel, estableciéndose en diversos países limítrofes. Líbano, Egipto, Siria y sobre todo Jordania los acogieron y simpatizaron con su causa. Pero fue en Jordania donde los palestinos constituyeron una suerte de estado dentro de otro estado.

Llegaron incluso a imprimir sellos, dirigir el tráfico y pavonearse por sus calles Kalashnikov en mano. La tensión se mascaba, y el rey Hussein era consciente de ello. Máxime porque, desde su territorio, los palestinos preparaban y perpetraban acciones armadas contra Israel, lo cual atraía las represalias hacia suelo jordano. El detonante fue una huelga general en septiembre de 1970, duramente reprimida por el gobierno jordano. Las milicias palestinas se enfrentaron a las tropas hachemitas, que dieron buena cuenta de ellos. Parapetados tras mujeres y niños, los palestinos sufrieron un importante número de bajas, y ese recuerdo quedó grabado en el inconsciente colectivo. Hasta el punto de que algunos exaltados de la rama más izquierdista de Al Fatah decidiesen fundar Septiembre Negro. Cuando se supo el alcance de la matanza perpetrada por los terroristas, la OLP de Yasser Arafat no tardó en justificar tal atrocidad e incluso ponerse de su parte. Algo parecido haría la práctica totalidad del mundo árabe, con la honrosa excepción de Jordania, cuya dinastía reinante fue -y aún hoy es- rara avis de sensatez en una zona dominada por el radicalismo. No contaban, claro, con que el Mossad respondería, dando caza a la mayor parte de aquellos asesinos.

Hoy las cosas son diferentes. El 11-S lo cambió todo, extremándose desde entonces las medidas de seguridad en los grandes eventos deportivos a nivel mundial. Por desgracia, los atentados en la maratón de Boston en 2013 o en París durante el partido de fútbol entre Francia y Alemania en 2015 revelan la determinación del terrorismo islámico. Hamas y Hezbolá habrían querido que algo así pasara este mes para conmemorar su particular “Septiembre Negro”. Son, conviene recordarlo, el fruto macabro de su germen. De hecho, cada vez que se produce alguna masacre de este tipo muchos palestinos se echan a la calle para celebrarlo. Y así seguirá siendo mientras la izquierda se empeñe en justificar o amparar el terror en nombre de Alá.

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