El músico Mstislav Rostropóvich.
El músico Mstislav Rostropóvich.

El 10 de noviembre de 1989 caía el muro de Berlín, símbolo de la opresión y barbarie. Este hecho llenó de ilusión al Viejo Continente, poco amigo de dictaduras sanguinarias como las que entonces sufrían los países del Este. Durante casi 30 años muchos alemanes de la RDA-no hay datos oficiales, aunque se calcula que fueron miles- perdieron la vida huyendo del socialismo a manos de sus propios compatriotas.

Aquellos que querían abandonar el “paraíso socialista” se exponían a ser tiroteados tanto por soldados comunistas como por dispositivos automáticos de disparo y, sin embargo, las ansias de libertad siempre fueron más fuertes.

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De todo ello se da cuenta en el Museo del checkpoint Charlie, auténtica cámara del tiempo donde se conservan los principales testimonios de la Guerra Fría. Muy cerca, John F. Kennedy pronunció su famosa frase “Ich bin ein Berliner” -“yo soy berlinés”- significándose con la ciudad que padecía la vecindad del ominoso vecino soviético.

En su interior se guarda una excelente colección de fotos de época, junto con artilugios imposibles con los que los sufridos berlineses del Este intentaban pasar el Muro y obtener así la libertad.

Antiguos modelos de Volkswagen y Skoda con compartimentos secretos -y minúsculos- donde se escondía una persona, globos aerostáticos, aviones ultraligeros caseros, y un arnés de tirolina para rebasar el muro. Impresiona la ropa hecha jirones de un joven herido por una mina anti-persona, a la que consiguió sobrevivir. Por haber, hay hasta un submarino fabricado en un garaje, verdadero prodigio de ingeniería doméstica. Cartas delatoras, actas de interrogatorio, y atroces testimonios son el colofón de lo que Helmut Kohl definió como “un museo erigido al honor, el del pueblo alemán”. Y entre todo ello, la foto de un músico.

Se trata de Mstislav Rostropóvich –Slava para sus íntimos- quizá el mejor violonchelista de la historia, que sabía muy bien cómo se las gastaba el socialismo. No en vano, tuvo que exiliarse de Rusia por defender a su amigo Alexander Solzhenitsyn tras la publicación de Archipiélago Gulag, obra fundamental para ver lo que la izquierda hace con quien piensa diferente.

El mismo día que cayó el muro, Slava cogió el primer avión con destino Berlín. Llevaba su chelo como único equipaje. Nada más aterrizar, se dirigió a la zona del checkpoint Charlie y allí, a los pies del muro, pidió prestada una silla y se puso a tocar una partitura de Bach. Como el propio Rostropovich declararía después, “antes no podía tocar en Berlín Oeste, luego no se me permitió ir a Berlín Este. Cuando el muro se cayó, mi vida se volvió a juntar”.

Pocos conciertos habrá habido tan sentidos y simbólicos como aquel. Y geniales. Cabe recordar que el virtuosismo de Rostropovich hizo que compusieran para él creadores de la talla de Shostakovich, Prokofiev, Benjamin Britten, Piazzolla o el pelma de Cristóbal Halffter. De ello dan hoy fe tanto sus discos “en democracia” como sus primeras grabaciones de la radio soviética, conservadas de milagro. Ello es así gracias a que una mano anónima borró el nombre del chelista de los rótulos identificadores, evitando así la más que posible destrucción de las cintas.

El museo del checkpoint Charlie es bastante más que una reliquia del pasado. Puede visitarse gracias a que hay democracia, y eso sólo fue posible tras el colapso del totalitarismo. Únicamente quienes han vivido el “socialismo real” saben lo tóxico que es para el ser humano. Stalin, Maduro, Fidel Castro, el partido nazi, los CDR catalanes, el PSOE o la banda terrorista ETA tienen un nexo en común: el apellido “socialista”. Y hoy sus seguidores usan los cascotes de muro para arrojarlos contra quienes optan por vivir de su trabajo y no de la violencia o las subvenciones. Los mismos que también hoy apedrearían a Rostropovich.

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