Quien hoy les escribe ha vivido el silencio. Lo sentí, por ejemplo, intensamente, cuando mis nomadeos por el Sáhara, pero, sobre todo, lo viví en el Valle. En una de las academias militares habían percibido como también percibí, la necesidad espiritual que demandaban los cadetes como parte de la formación de unos muchachos jóvenes que habían decidido entregarse generosamente al servicio de sus compatriotas hasta, si fuera preciso, el sacrificio de sus propias vidas. Lo cual me daría la ocasión de hablarles. Lo hice durante unos años con la impagable ayuda del silencio. Y el silencio estaba allá, en el Valle, cubierto algunos días por la nieve y transmitiendo una maravillosa sensación de paz.

En este ambiente, uno de los conferenciantes me mostró una mañana una hoja de papel escrita; correspondía a una charla que yo mismo había dado hacía unos días. Había caído en manos del prior de la basílica, que la distribuyó como tema de reflexión entre sus monjes. Luego nos invitaría a almorzar con ellos en el refectorio.

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Recuerdo que, como es tradicional en los conventos, un lector acompañaba el acto, y el tema de aquel día era la historia de los conquistadores españoles en América. Luego, el prior nos enseñó lo que sería su propio enterramiento: un lugar que, según me parece recordar, no tardaría en ocupar. Así se fundiría, no sólo con sus predecesores en el cargo sino también con muchos españoles que estaban allí, definitivamente unidos en la paz y en el silencio. En fin, una visita impresionante.

Pues bien, alguien ha roto aquel ambiente de perdón y olvido, de paz recuperada y de reflexión sobre las cosas esenciales que viví aquel día, hoy zafiamente profanado por quienes, despreciando el perdón mutuo y la paz de las conciencias, quisiera a toda costa convertirlo en un espacio de confrontación y desacuerdo.

Así que por ahí andan los mandados de la “memoria histórica” buscando cómo hacer buena su febril obsesión por la revancha; una obsesión que ahora pretenden materializar ante las cámaras con la exhumación de los restos de un importante personaje histórico que, tras una contienda civil iniciada hace ya más de ochenta años, se esforzó por mantener la paz que se libraba en una guerra que afectaría literalmente al mundo entero.

La triste realidad es que, con todo, sigue habiendo españoles que demuestran no haber aprendido apenas de la Historia

Y que además de impulsar una gran parte de la legislación laboral que hoy disfrutamos, procuró el progreso de una clase media que evitaría en adelante los excesos, poniéndonos así finalmente en condiciones de asumir la normalización política, tal como él lo confió al general Vernon Walters, contacto del presidente norteamericano, con quien por cierto tuve ocasión de intercambiar unas palabras en la OTAN.

Cierto es que el cambio definitivo en la política española bien podría haberse hecho bastantes años antes, pero la triste realidad es que, con todo, sigue habiendo españoles que demuestran no haber aprendido apenas de la Historia. Y si no, vea usted cómo aún estamos destruyendo torpemente el ambiente de paz y naturalidad de nuestra convivencia democrática para volver a las andadas a fuerza de atizar las cenizas del pasado.

¿Imagina usted – por poner un ejemplo de recuerdo – a los franceses derribando la venerada tumba de Napoleón Bonaparte para quitársela de en medio como muestra de político rechazo? Porque el Gran Corso no fue en absoluto un gran demócrata, ni tampoco cosa parecida, y además se coronó a sí mismo emperador de Francia y se lanzó a conquistar otros países; que de eso tenemos nosotros una larga experiencia. Pero usted lo verá recordado con orgullo.

En cambio, aquí lo que por lo visto importa es extraer de su tumba a un señor que murió hace más de cuarenta años para dejarlo en otra parte, que no sé cómo se atreven no estando nuestro horno para bollos: como si nuestro exigente juicio histórico partiera de nuestra condición de ciudadanos ejemplares en línea con la “libertad, la igualdad y la fraternidad” del cacareado “progresismo”.

Porque de igualdad andamos cortos y de fraternidad y libertad ya no digamos, desde que se instauró la “corrección política» y se aprobó lo ley de la “memoria histórica”. Así tenemos una importante parte del país que se toma la Constitución a beneficio de inventario pese a haberle dado el sí con entusiasmo, e intenta cargarse nuestro Estado desde dentro. Y no pasa nada, sin embargo.

También nos falta poco para acostumbrarnos al aprovechamiento tramposo de las desgracias a costa de nuestro prestigio nacional, como ocurrió con el ‘Prestige’, y partidos que quieren imponernos un comunismo casposo para extenderlo luego al sur de Europa. O monumentos dedicados a unas brigadas reclutadas por Stalin y a un Largo Caballero que en su día pactó con los del puño en alto: aquéllos que quemaban las iglesias y se cargaban a los frailes y las monjas y a quienes veían como “señoritos”. O le tenían a uno tres años en la cárcel por sólo declarar que era monárquico.

O sea que estamos ya bordeando la comedia bufa. Basta con recordar que, si los perseguidores consiguen aparentemente su objetivo, el denostado político español que ahora se quiere extraer del venerado silencio en que se encuentra, acabará consiguiendo exactamente lo que quiso: reposar en el lugar que él deseaba, simplemente en el cementerio de su pueblo. Lo que deja a sus “extractores” en ridículo.

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