Reproducción de un galeón español del siglo XVI.
Reproducción de un galeón español del siglo XVI.

Robert Ballard empezó a ser conocido por el gran público a raíz de la película Titanic, cuyo descubrimiento había llevado a cabo ya en 1985. Pero el del Titanic no es el único hallazgo notable de este oceanógrafo metido a cazatesoros -o, como a él mismo le gusta definirse, arqueólogo submarino-.

Ballard dio con los restos del acorazado alemán Bismarck, hundido en la Segunda Guerra Mundial tras un feroz combate con buques de la Royan Navy. Suyo es también el mérito de haber encontrado al trasatlántico británico Lusitania, torpedeado en 1915 y una de las causas de la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Sus conocimientos sobre la ubicación exacta de todo tipo de artefactos hundidos son enormes, de ahí que cada vez que se embarca en un proyecto, éste tenga muchas posibilidades de éxito. Salvo uno.

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En 1502 zarpa del puerto de Santo Domingo una flota española compuesta por 30 barcos. Al frente de ella, Francisco de Bobadilla, comendador de la Orden de Calatrava y responsable de haber enviado a Cristóbal Colón a España cargado de cadenas y acusado de malversación tras su segundo viaje, unos años antes.

De los treinta navíos españoles cargados de oro hasta las trancas nunca más se supo. Levaron anclas en Santo Domingo un buen día de 1502, y una tormenta tropical los mandó a todos al fondo del océano

En esta ocasión, Bobadilla es el encargado de custodiar una considerable carga de oro, procedente de las minas de La Española. Destaca especialmente una enorme pepita que, según se detalla en un documento guardado en el Archivo de Indias, “era más grande que una hogaza de pan de Utrera”.

Tal prodigio áureo formaba parte del “quinto” que correspondía a los Reyes Católicos, dada su valía. Así las cosas, Bobadilla ponía rumbo a proa en el mismo momento en el que el Colón entraba por la bocana del puerto. Cansado y enfermo, el almirante estaba en mitad de lo que sería su último viaje, hecho en unas condiciones penosas. Pero sus excepcionales cualidades como marino seguían intactas.  Condiciones que le permitían saber con cierta antelación que se aproximaba una tormenta tropical de dimensiones considerables. Y pese al resquemor que albergaba hacia Bobadilla, le advirtió del riesgo que corría si se hacía a la mar. Pero Bobadilla, claro, no le hizo caso.

El resto es historia. De los treinta navíos españoles cargados de oro hasta las trancas nunca más se supo. Levaron anclas en Santo Domingo un buen día de 1502, y una tormenta tropical los mandó a todos al fondo del océano.

Su búsqueda se ha convertido en una obsesión para muchos, Robert Ballard incluido. Y aunque las aguas del Caribe son quizá las más peinadas del mundo en busca de pecios, no todos los que se sumergen en ellas cuentan con los ases en la manga que siempre guarda Robert Ballard. Entre ellos, sus cartas de navegación antiguas.

Porque, aunque la tecnología es hoy fundamental a la hora de localizar antiguos naufragios, en ocasiones es casi más importante conocer determinadas rutas de navegación utilizadas por los antiguos pilotos que surcaban los mares de entonces. De ahí el rumor según el cual el propio Robert Ballard en persona habría adquirido de un coleccionista particular unas cartas náuticas españolas del siglo XVI, pagando por ellas una auténtica fortuna. Si da con lo que busca, la inversión habrá valido la pena. Lo del Nuestra Señora de Atocha a su lado, pecata minuta.

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