Me lo han preguntado varios periodistas en estos días de profanación: “¿Y qué va a pasar a partir de ahora con El Valle de los Caídos? ¿Qué habría que cambiar para que sea realmente un monumento a la reconciliación?”. Yo les he dicho que, arquitectónicamente, no hay que cambiar nada. Que lo que hay que mudar –y es algo mucho más costoso y difícil- es la mente de muchos que se resisten a abandonar la mentira y los prejuicios. Ese “Himalaya de falsedades” del que ya hablara el dirigente socialista Julián Besteiro en la Guerra Civil, lamentando la actitud de sus propios compañeros de partido.

Y es que El Valle se ideó como un monumento a la reconciliación y a la paz, y eso es lo sigue siendo. Entiendo que para un no cristiano pueda ser difícil entender el concepto del perdón y por eso algunos se rebelan contra esta idea. Se resisten a aceptar que, tras una espantosa Guerra Civil, donde se cometieron todo tipo de tropelías por parte de ambos bandos, la parte vencedora ideara un monumento donde, aquellos que se mataron odiándose, descansaran en paz bajo el símbolo por excelencia del cristianismo de la paz y la reconciliación, que es la Cruz.

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El bando vencedor podría haber decidido enterrar solo “a los suyos” en El Valle. Pero, en un gesto sin duda de magnanimidad, el general Franco decidió que los 33.847 caídos que reposan en la basílica no fueran discriminados por su bando o, ni siquiera, por sus actos.

Algunos no soportan saber que la Cruz más alta del mundo –cinco veces más que el Cristo del Corcovado de Río de Janeiro se encuentra a poco más de 50 kilómetros de Madrid

En El Valle de los Caídos están enterrados juntos asesinos y mártires (53 beatos ya reconocidos por la Iglesia católica y varios cientos más en proceso); víctimas y verdugos; criminales sin escrúpulos y personas inocentes; niños y mayores; hombres y mujeres; republicanos y falangistas; soldados y civiles; justos e injustos; monjas y milicianos; catedráticos de universidad y analfabetos; buenos y malos. Por todos ellos rezan a diario los monjes benedictinos que custodian la basílica desde que llegaron en 1958.

Me temo que los que piden ahora “resignificar” El Valle ocultan sus verdaderas intenciones: crear un discurso historiográfico único, del que no se pueda discrepar. Imponer un bando bueno y uno malo, sin el más mínimo matiz. Despojar al Valle de su significado espiritual, para convertirlo en un frío museo de “los horrores de la dictadura”. Agrandar el “Himalaya de falsedades” históricas. Y, por supuesto, expulsar a los monjes y derribar la Cruz.

Algunos no soportan saber que la Cruz más alta del mundo –cinco veces más que el Cristo del Corcovado de Río de Janeiro y 60 metros más que la estatua de la Libertad de Nueva York- se encuentra a poco más de 50 kilómetros de Madrid. Y no, no es una Cruz “símbolo del nacionalcatolicismo”, como algunos se empeñan en propagar, sino una Cruz, la cruz de Cristo en la que creemos los cristianos.

Ése símbolo es el que nos enseña a los creyentes a perdonar y nos invita a la conversión diaria. Esa cruz nos recuerda que la gracia ha vencido al pecado, la Vida a la muerte, la Verdad a la falsedad, la Luz a las tinieblas, el Amor al odio, la Unidad a la división, la Misericordia a la discordia. Y, por esa Cruz, los cristianos seguiremos tratando de seguir el ejemplo del crucificado, que es Camino, Verdad y Vida.

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