Basileus, Basileon, Basileuon Basileuonton. Semejante trabalenguas -“Rey de reyes, que reina sobre los que reinan”- era el lema de los Paleólogo, la última dinastía reinante en el Imperio Bizantino hasta que los otomanos conquistasen Constantinopla en 1543. A la vista de cómo acabaron las cosas, no parece que la dinastía en cuestión fuese muy capaz. Y a uno de sus emperadores cabe atribuírsele el dudoso honor de desencadenar una de las venganzas más cruentas de la historia.

Se trata de Miguel IX Paleólogo, el emperador que en la primavera de 1305 hizo asesinar al comandante de los almogávares, Roger de Flor, provocando una espiral de violencia como pocas se recuerdan: la venganza catalana.

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Todo un personaje, el tal Roger de Flor. Italiano de nacimiento y de ascendencia germana, se ganó su reputación capitaneando una temible hueste de mercenarios de la Corona de Aragón -aragoneses y catalanes principalmente-, los almogávares, y alquilando su espada al mejor postor. Para entonces, Roger de Flor ya era un experto en el manejo de las armas. No en vano había pertenecido a la Orden del Temple, en cuyo seno tuvo que librar más de un combate. Durante el sitio de San Juan de Acre parece que rapiñó más de lo aceptable para aquellos tiempos, siendo por ello llamado a capítulo por los templarios. Pero desertó, y así fue como empezó a cimentarse su leyenda.

El primero en reclutarle fue Federico III de Sicilia, a cuyas órdenes Roger de Flor sembró el terror por todo el Mediterráneo occidental al mando de una flotilla pirata. Pero si sus hombres asustaban en la mar, el temor que inspiraban en tierra firme no debía ser baladí. Poco dados a la higiene, su indumentaria era la misma tanto en invierno como en verano: calzas de cuero, abarcas y gonela -chaleco de piel-. Ni se cortaban el pelo ni se afeitaban; además, tampoco tenían por costumbre hacer prisioneros; de ahí que fuesen tan “populares”.

El famoso grito “¡Desperta Ferro!” proferido antes de entrar en batalla debió de resultar aterrador para aquellas gentes. Aún hoy en algunas zonas de los Balcanes “catalán” es sinónimo de devastación

Tanto que el emperador bizantino Andrónico II Paleólogo, su siguiente patrón, se tomó ciertas cautelas al hacerse con sus servicios. Y eso que los resultados eran espectaculares: siempre en inferioridad numérica, los hombres de Roger de Flor obtuvieron importantes triunfos allí donde combatieron, asegurando para Bizancio la frontera griega. Pero las  atrocidades cometidas por la llamada Gran Compañía Catalana -descritas con todo detalle por uno de sus más ilustres miembros, el cronista Ramón Berenguer- hicieron que el emperador los confinase en los cuarteles de invierno de Gallípoli, temeroso de que anduviesen sueltos por sus dominios. Eso no frenó la ambición de un Roger de Flor que ostentaba ya la dignidad de megaduque y que apuntaba a metas más elevadas.

Da ahí que cuando el emperador Miguel le invitó a cenar al palacio de Adrianópolis, ni se lo pensase. Un exceso de confianza que le costó la vida, pues allí mismo fue asesinado junto a otros cien almogávares de su nutrida guardia personal por mercenarios alanos, sus principales enemigos. Sin embargo, fue peor el remedio que la enfermedad.

Los supervivientes, lejos de amedrentarse, se organizaron en torno a figuras de la talla de Berenguer de Entenza y Bernat de Rocafort. Durante más de dos años asolaron una extensa región que abarca parte de las actuales Turquía, Bulgaria, Grecia y Macedonia.

El famoso grito “¡Desperta Ferro!” proferido antes de entrar en batalla debió de resultar aterrador para aquellas gentes. Aún hoy en algunas zonas de los Balcanes “catalán” es sinónimo de devastación. Por desgracia, hoy los catalanes que devastan la convivencia van con lacito amarillo y, desde luego, son bastante más cobardes y deleznables que los almogávares. Sólo tienen en común su escaso apego a la higiene.

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