Bandera de España.
Bandera de España.

Lo dijo Alfonso Guerra a principios de los ochenta, al poco tiempo de que los socialistas tomaran las riendas del país: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. Lo dijo y seguramente se quedó corto porque, cuatro décadas después, parece que ni siquiera el que fuera sempiterno vicepresidente del Gobierno reconoce a su país, hasta el punto de haber criticado que Bildu -¡Bildu!- se haya aliado con Sánchez e Iglesias para sacar adelante los Presupuestos.

Miren, esto es muy grave. No en concreto lo de los Presupuestos, que ya sería suficiente como para que un país que no estuviese anestesiado se levantara contra un Gobierno que pacta con los que antiguamente asesinaban a bocajarro a sus compañeros de filas, sino todo el panorama general. España no reconoce a esta España.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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A la izquierda le suele escocer bastante que sus adversarios políticos e ideológicos “nos adueñemos de la idea de España, de la bandera, del himno” y demás. Dicen que no hay una idea de España, sino muchas, y que no queramos imponer “la nuestra”. Lo que se callan, claro, es que ellos sí quieren imponer la suya, que no es una idea de España, sino otra cosa que no tiene nada que ver y que reniega de su pasado como nación. No entro ni siquiera en si es mejor o peor; me basta con decir que es otra cosa totalmente distinta a lo que conocemos. Por eso pretenden culpabilizarnos de todos los males: para poder imponer cómodamente y sin oposición su siniestra fantasía.

España es lo que ha sido su historia, su cultura, sus héroes, sus gestas, sus costumbres y sus gentes. Y la izquierda, por lo general, odia todo eso. No significa que haya que vivir añorando el pasado o quedarse fosilizado en el tiempo, sino reconocer lo mucho y bueno que hicieron nuestros ancestros, celebrarlo con serenidad, mostrarnos orgullosos de ello y seguir viviendo el presente con toda la ilusión y energía mirando al futuro sin temor.

Es decir, no tener esa prepotencia tan típica de nuestro tiempo; ese adanismo de creer que todo lo pretérito se hizo mal; que nuestros abuelos, aunque, sí, eran buena gente, en fin, estaban poco más avanzados que un chimpancé, porque todos los hombres atormentaban a las mujeres, las esclavizaban y las torturaban, a la vez que eran supersticiosos, bárbaros, incultos y atrasados. Y comían carne, en vez de hacerse veganos.

España ha levantado universidades y escuelas en selvas y páramos; en cambio actualmente tenemos un sistema educativo lamentable

Pero aquí estamos nosotros –bueno, ellos, los “progres”-, hombres y mujeres del siglo XXI, una especie de seres irradiadores de luz; inmaculados, sabios, dialogantes, solidarios, tolerantes, con toda la información y la formación a su alcance –para eso está la Wikipedia, ¿no?-, que concentran en sí mismos toda suerte de virtudes; incapaces del mal y del error. Y con una soberbia tan descomunal como sibilina.

Pero volvamos a nuestro país. España ha dejado su huella en medio planeta. Ha construido ciudades enteras en el otro extremo del mundo, mientras que ahora se ha convertido en uno de los países del globo con menor tasa de natalidad, y ve como pueblos y aldeas se vacían y pasan a engrosar la España abandonada.

Ha levantado universidades y escuelas en selvas y páramos; en cambio actualmente tenemos un sistema educativo lamentable que permite pasar de curso con asignaturas pendientes y una masa de población que sabe usar su smartphone pero es incapaz de cuestionar una idea que le impongan los medios de comunicación.

Ha llevado la Buena Noticia del Evangelio a todos los rincones del planeta, con lo que ha establecido sociedades más justas y humanas, pero el Gobierno actual a lo que aspira es a que nos demos cuenta de que el rosa para las niñas es una forma de machismo opresor y que cada uno puede elegir su género en función de cómo se sienta ese día.

España ha dotado de su lengua a cientos de millones de personas en todo el globo, pero ahora hay partes de nuestra nación donde el castellano ha dejado de ser la lengua vehicular. ¡En el propio país donde la vio nacer!

Ha dirigido eficazmente durante cuatro siglos un imperio donde “no se ponía el sol”, y actualmente se encuentra dividida en 17 reinos de taifas donde cada reyezuelo forma su corte de pelotas y oportunistas y el Gobierno central apenas tiene competencias.

Así está nuestra España querida. Pero no la dejaremos caer. Como dijo nuestra excelsa vicepresidenta, “nos va la vida en ello”.

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