Tenemos fecha para la exhumación y reinhumación de Francisco Franco por parte del Gobierno socialista: mañana. Acontecimiento sin el cual no sé cómo hemos podido vivir en estos cuarenta años. Si trasladar los restos momificados de un español unos cuarenta kilómetros por parte del Estado es, como ha dicho Pedro Sánchez, “una gran victoria de la democracia”, cabe preguntarse qué clase de democracia gobernaron los socialistas Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero.

Sinceramente, yo creo que nos interesaría más una fecha para que el PSOE devuelva el oro del Banco de España y todo el dinero, las joyas y obras de arte que sus correligionarios Juan Negrín e Indalecio Prieto robaron a los españoles en la guerra civil. Sólo del Banco de España, entidad privada entonces, los socialistas y sus cómplices extrajeron 10.000 cajas con lingotes de oro y plata, de las que 8.000, cuyo valor actual rondaría los 15.000 millones de euros, se perdieron. Ya de paso, los socialistas podrían disculparse por todos los golpes de Estado y escuadrones de la muerte, como los GAL, que montaron.

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En la sentencia del Tribunal Supremo, cosida a medida de los deseos del Gobierno en funciones, hay varias frases que constituyen tal elogio a Franco que parecen escritas por uno de los ‘pelotas’ oficiales del régimen, como Luis de Galinsoga o Fernando Ónega. La principal es ésta:

“La extraordinaria singularidad de su figura la convierte, efectivamente, en un caso único en el sentido de que no hay otra en la que desde el punto de vista público se reúnan las mismas circunstancias: la forma de acceder al poder, su permanencia en él durante décadas y la manera en que lo ejerció no tienen parangón.”

Pujol y Sánchez estarían encantados de que los historiadores les aplicasen las mismas palabras que reserva el Supremo para Franco

¡Cómo les gustaría a Pedro Sánchez, Jordi Pujol, Miguel Ángel Revilla o Carmen Calvo que se dijese de ellos lo mismo que dice el Supremo de Franco: “extraordinaria singularidad de su figura”! Algunos socialistas, como José Bono, Manuel Chaves, Cristina Almeida o José Antonio Griñán escuchaban a sus padres elogiar a Franco de manera similar.

Sánchez sigue la estela de Zapatero de emplear la ‘memoria histórica’ para reforzar la hegemonía social y cultural de la izquierda en España, ocultar el siniestro pasado del PSOE y ganar votos. Pero en esta ocasión su conducta de carroñero se puede volver en su contra. Con la violencia impune en las calles catalanas, su ‘valeroso’ acto antifranquista, anunciado además desde hace un año, se va a quedar en nada. Por ello, estoy seguro de que veremos en las televisiones las imágenes de la exhumación, el traslado y la inhumación en el Pardo a fin de halagar los más bajos instintos de algunos.

Otra prueba de la condición incomparable de Francisco Franco Bahamonde es su transformación en una especie de chivo expiatorio, cuyo trasiego permitirá a los españoles, no sé, entrar en la modernidad o hacerse europeos.

Los españoles deberían disponer de cinco minutos ante la nueva tumba de Franco para cederle sus pecados, como a un chivo expiatorio

Para que la purificación sea completa, todos los españoles deberían disponer de cinco minutos ante la nueva tumba de Franco para cederle sus pecados. Por ejemplo, la junta del FC Barcelona podría rebuscar en los desvanes de Patrimonio Nacional las medallas e insignias que le concedió al jefe del Estado español poco antes de que se produjera el “hecho biológico” y, en una ceremonia laica, colgarlas primero en el cuerpo apagado de Franco y, después de unos salmos de arrepentimientos y unas maldiciones, arrancárselas. Así se borraría el pecado.

El conde de Godó podría quemar las fotos de su padre en las varias audiencias que le concedió Franco. Juan Luis Cebrián destruiría su nombramiento como director de los servicios informativos de RTVE. Federico Mayor Zaragoza introduciría en la tumba la falangista Gran Cruz de la Orden de Cisneros que le dio (supongo que sin pedirla, como ocurre casi siempre con lo condecorados, ¿verdad?). Carlos Jiménez Villarejo se comería su juramento de lealtad al caudillo y su nombramiento como fiscal. Jordi Pujol haría un capirote con el indulto que le pidió a Franco y otro con la condena a su padre por evasión de capitales. Y por supuesto, todos los alcaldes, rectores y obispos podrían expiar así las medallas, diplomas y bendiciones que concedieron sus predecesores al ‘Caudillo de España’.

Si el Gobierno decidiera sacar los restos de los Reyes Católicos de la catedral de Granada, ¿con qué argumentos se podría oponer el arzobispo?

Cuando acabase esta mortificación festiva, España quedaría limpia de franquismo, dispuesta a afrontar otro apasionante reto colectivo, como la descarbonización de la economía. O quizás a retirar los restos de los Reyes Católicos de la Capilla Real, porque ofenden a algunos de los vecinos de Granada, o porque eran unos autoritarios y unos machistas. ¿Con qué argumentos iba a oponerse la jerarquía de la Iglesia?

Y mientras aquí estamos entretenidísimos con saber qué hicieron los abuelos en la guerra y en contemplar a unos miles de catalanes comportarse como patrullas de las SA nazis, los dos grandes poderes imperiales, EEUU y China, aumentan la intensidad de su combate por la supremacía mundial.

Cuando leo las informaciones sobre la exhumación de la momia de Francisco Franco, que es lo que queda de él (junto con la Monarquía y la Seguridad Social), recuerdo la frase de Caifás: “Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”. Aunque el envilecimiento de la sociedad española, sobre todo de sus oligarquías dirigentes, es indescriptible, se conforma con agitar cadáveres y no crucificar prójimos vivos. Todavía.

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