Es muy probable que, al día siguiente de la toma de la Gran Tenochtitlán, Hernán Cortés haya sentido como le agobiaba un peso enorme pues comprendía que, si deseaba darle al país recién conquistado una civilización perdurable, era necesario empezar la obra desde los cimientos.

Ciertamente que el mérito mayor de Cortés había sido liberar de la barbarie caníbal a las razas indígenas del Valle de Anáhuac. Sin embargo -repetimos- era necesario implantar una civilización que perdurase a través de los siglos. Esa fue la razón por la cual el valiente extremeño le escribió al Emperador don Carlos pidiéndole que enviase misioneros a México.

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El monarca atiende la petición y es así como el 13 de mayo de 1524 desembarcan en San Juan de Ulúa (Veracruz) doce frailes franciscanos presididos por el austero y piadoso Fray Martín de Valencia.

Aquellos doce santos varones con los que se iniciaba de manera sistemática la evangelización de los indígenas de la Nueva España llegaban faltando pocos meses para que se cumplieran tres años de la toma de Tenochtitlán.

Muy pronto empezaron a llegar misioneros pertenecientes a otras órdenes religiosas: En 1526 los dominicos, en 1533 los agustinos y los jesuitas hasta 1572. Aparte de su gran labor evangelizadora, los misioneros realizaron una gran labor cultural y social con la cual pusieron los cimientos del México moderno.

Cada vez que los misioneros fundaban un convento, ello equivalía a la fundación de un poblado. Posteriormente, varios poblados integraban un ayuntamiento y varios de estos una provincia hasta que, poco a poco, se fue integrando una red civilizadora y administrativa.

Dentro de esas comunidades civilizadoras, se iban estableciendo centros agrícolas, ganaderos, mineros, etc. En los cuales muchas veces eran los frailes quienes les enseñaban a los nativos como explotar los frutos de la tierra.

Asimismo, fueron también los misioneros quienes les enseñaron cómo servirse de los animales domésticos, cómo cultivar los campos y cómo extraer los metales preciosos de las entrañas mismas de la tierra.

Monseñor Francis Clement Kelley: “La Iglesia no podrá jamás desaparecer de México, así como no puede una madre borrarse en la vida de su hijo”

Fue así como inhóspitos territorios -antes poblados por tribus salvajes y hostiles- fueron muy pronto transformándose en auténticos vergeles en donde -siempre bajo la luz del Evangelio- se fue dando una admirable convivencia social.

Ahora bien, con el objeto de llevar a feliz término su labor evangelizadora, los misioneros se vieron en la necesidad de aprender los diferentes dialectos de las comunidades que habrían de cristianizar. Y fue así como elaboraron una serie de diccionarios en los cuales traducían al castellano conceptos de las lenguas náhuatl, maya o zapoteca.

Gracias a esta labor de estudio de las lenguas indígenas, es posible conocer muchas de las costumbres y tradiciones que tenían los pueblos que habitaban Mesoamérica antes de la llegada de los españoles.

Pues bien -una vez que se habían elaborado diccionarios y catecismos- deseando unificar las diferentes etnias, los misioneros fueron castellanizando poco a poco a los nuevos cristianos.

A la vuelta de unas cuantas décadas, y debido a esta ardua pero constante labor castellanizadora, fue posible que pueblos lejanos unos de otros pudieran entenderse puesto que tenían el idioma español como lengua común.

Una vez que los indígenas vieron cómo, bajo el influjo del Evangelio, el mundo viejo se transformaba haciendo que brotasen leyes respetuosas de la persona humana, aceptaron la nueva Fe sin ningún tipo de recelos.

Una aceptación que fue la culminación de una previa labor civilizadora y cultural que hizo que aquel mosaico de etnias y dialectos se integrasen dentro de una entidad política unificándose en lo lingüístico, en lo religioso, en lo racial y en lo cultural.

Al ver la gran obra civilizadora y misionera realizada por la Iglesia, comprendemos cuanta razón tenía monseñor Francis Clement Kelley cuando dijo que “la Iglesia no podrá jamás desaparecer de México, así como no puede una madre borrarse en la vida de su hijo”.

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