Francisco Franco.
Francisco Franco.

Algún día será materia de estudio en las facultades de psiquiatría la patología con tintes obsesivos que siente la izquierda hacia Franco, y la cobardía, también patológica, que demuestra la derecha por defender, sencillamente, la verdad histórica.

Es difícil encontrar en ninguna izquierda europea una obsesión similar hacia una figura histórica del siglo XX: ni la italiana por Mussolini, ni la alemana por Hitler (equiparar al general español con cualquiera de ellos es una atrocidad, pero eso es materia para otro artículo).

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Franco ha vuelto a ser esta semana, por enésima vez, el muñeco de paja que agita la izquierda para encandilar a mentes simples y bobaliconas. Lo azuzan de vez en cuando para meter miedo y tratar de dejar en evidencia a cualquiera que les discuta. Por supuesto, a la izquierda no le interesa plantear un debate serio sobre Franco y la calamitosa década de los 30 del pasado siglo, ya que saldrían a la luz infinidad de capítulos bochornosos, salvajes e inhumanos donde sus antepasados ideológicos quedarían retratados como los intransigentes asesinos que eran, muy alejados de la imagen dulzona, democrática y almibarada que han tratado de vendernos. Porque eso lo han hecho muy bien: ocultar a los ojos de la mayoría los episodios de una barbarie desconocida hasta ese momento en España.

La derecha no se da cuenta de que, con su silencio cómplice y cobarde, acepta las reglas del juego que impone la izquierda y accede a jugar en el campo embarrado que le ha preparado

Si se discutiera con fuentes y datos y en igualdad de condiciones, quedaría debilitada la imagen de superioridad moral de la izquierda que han tratado de imponernos y a más de uno se le caería la venda de los ojos. Y eso no lo pueden tolerar.

Por supuesto, a la derecha le aterra abrir este debate cultural, un debate en el que no se trata de defender o atacar a la figura del general Franco, sino de presentar la verdad histórica y el derecho a la libertad de expresión. La derecha calla acomplejada ante este torrente de mentiras y embustes, este «Himalaya de falsedades que la Prensa bolchevizada ha depositado en las almas ingenuas«, como lo llegó a definir el dirigente socialista de la II República Julián Besteiro, quien se refirió al «más espantoso terrorismo bolchevique». La derecha no se da cuenta de que, con su silencio cómplice y cobarde, acepta las reglas del juego que impone la izquierda y accede a jugar en el campo embarrado que le ha preparado.

¡Con lo fácil –y ético- que sería decir: “Dejen ese debate a los historiadores, y no impongan una versión histórica, que es propio de sistemas totalitarios”! No se trata, insisto, de defender o atacar a una figura histórica concreta, sino de recuperar la libertad para investigar y para proponer tesis y estudios sin la necesidad de ser insultado y arrinconado y de no permitir que obliguen a creer una serie de mentiras históricas. Por supuesto, estos enemigos de la verdad no están por la labor, y harán todo lo necesario para mantener a la mayoría de los españoles en su letargo.  

Y esto que digo referido al general Franco y, en general, a la historia de la España del siglo XX, lo afirmaría igualmente si pretendieran imponer una versión oficial sobre Isabel la Católica, sobre El Cid, sobre Rocinante o sobre cualquiera de los enanos que pintó Velázquez: me rebelo contra la idea de que la política me tenga que decir qué debo opinar sobre un momento histórico concreto de la historia de España. No queremos que nos impongan lo que debemos pensar y repetir como loros por miedo a las represalias, porque de ese modo entraríamos de lleno en un régimen policial del pensamiento único. Se trata de una lucha por la libertad, una batalla que, desde esta humilde columna, estoy dispuesto a presentar.

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