Iniciaremos nuestro comentario citando unas frases del Padre Bernardo Bergöend, S.J. quien fundara en México la Acción Católica: “La Conquista del Imperio Mexicano por un puñado de españoles ofrece tal cúmulo de circunstancias extraordinarias que es preciso buscar fuera de lo humano explicación que satisfaga”

Una Conquista que, con la bendición del Cielo, se inició el 6 de mayo de 1518 cuando, en la Isla de Cozumel, el Padre Juan Díaz dijo la primera Misa que se ofició en territorio mexicano.

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Hernán Cortés llega un año después y, a partir de entonces, se dan una serie de circunstancias que, con serio fundamento, nos hacen pensar como una fuerza sobrenatural lo asistía en todo momento.

Se hallaba con sus soldados en Cozumel cuando, de modo inesperado, se presenta ante ellos Jerónimo de Aguilar, un náufrago español que durante años había estado cautivo de los mayas. Gracias a que este personaje conocía la lengua maya, Cortés pudo contar con un valioso intérprete.

Más adelante, ya en tierras de Tabasco, le regalan veinte indígenas, una de las cuales hablaba las lenguas maya y náhuatl.

De este modo, fue posible que, al entrar en contacto con los emisarios aztecas que enviaba el Emperador Moctezuma, dicha indígena -bautizada con el nombre de Marina- a Jerónimo de Aguilar le transmitiese en maya lo que en náhuatl había escuchado de los aztecas; por su parte, Jerónimo le transmitía a Cortés el mensaje en lengua castellana.

Conforme se van adentrando en el desconocido país, los españoles se enteran del odio que tenían los pueblos vecinos -especialmente los aztecas- en contra de sus opresores aztecas.

Una circunstancia providencial que Cortés supo aprovechar al convertir en aliados a miles de indios que estaban justamente resentidos.

Una vez en Tenochtitlán, el hecho de que el supersticioso Moctezuma creyese que los españoles eran los hombres blancos y barbados de quienes hablaban las antiguas profecías, facilitó mucho las cosas.

Estando ya en la capital del imperio azteca, Cortés se entera que en Veracruz han desembarcado tropas españolas con órdenes de apresarlo y remitirlo a Cuba.

Cortés sale a su encuentro, los vence y logra que quienes venían con intenciones de someterlo se unan a su expedición.

Más tarde, vienen los duros enfrentamientos entre aztecas y españoles; duros enfrentamientos en los que Cortés es apresado por un grupo de indios que lo llevaban sujeto para sacrificarlo ante Huitzilopochtli, el demonio caníbal.

De manera inexplicable -providencial, a fin de cuentas- Cortés logra escapar, salvar su vida y continuar con el asedio contra Tenochtitlán.

Y así como se dieron estos episodios, se dieron muchos más que hicieron que el cronista Bernal Díaz del Castillo exclamase con justa razón:

“Tan apartados de Castilla, sin tener socorro ni ayuda alguna, salvo la gran misericordia de Dios Nuestro Señor, que es el socorro verdadero”

Finalmente, el 13 de agosto de 1521, la Gran Tenochtitlán se rinde a los españoles. La Conquista se ha consumado y es así como miles de indígenas son liberados de la más sangrienta de las opresiones.

Vale la pena leer con detenimiento lo ocurrido durante esa gran epopeya que fue la Conquista de México.

Y para ello recomendamos una obra que forma ya parte de los clásicos de la Literatura Española del siglo XVI, “Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España”, cuyo autor es el ya citado Bernal Díaz del Castillo, soldado originario de Medina del Campo, quien fuera protagonista de aquel acontecimiento y quien, en los últimos años de su vida, narró con lujo de detalles lo ocurrido.

Una obra que se lee con el mismo agrado con que se lee una novela de aventuras puesto que el autor tiene un estilo sumamente ameno; solo que en este caso hay que aclarar que no se trata de una obra de ficción al estilo de las de Homero sino más bien de una crónica fidedigna de lo que ocurrió.

Una crónica fidedigna que pone muy en alto los valores de aquella España Católica que -con el apoyo de la espada- dondequiera que se presentaba iba sembrando la Cruz de Cristo Nuestro Señor.

Una gran obra en la cual se nota en todo momento la providencial mano de Dios.

Una obra en la cual Bernal hace un gran elogio de aquellos valientes solados españoles al decir textualmente: “Miren los curiosos lectores que hombres ha habido en el Universo que tal atrevimiento tuviere”.

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