A principios del siglo pasado, emergió una corriente historiográfica cuyo fin era revisar y, de ser necesario, modificar el discurso oficial de la Guerra de Secesión (1861-1865). Una suerte de síntesis entre lograr alcanzar la verdad -objetivo al que debe aspirar un estudioso de la Historia- y dar voz a aquellos veteranos confederados supervivientes que se sentían olvidados, demonizados y silenciados. Por ello mismo, se realizaron estudios documentales y se pusieron sobre la mesa distintas causalidades para la guerra, tales como la legalidad constitucional de la secesión, la defensa de los Derechos de los Estados y la imposición de los intereses económicos de los capitanes de la industria norteña en enorme perjuicio de una economía como la del Sur basada, grosso modo, en las actividades primarias.

Ciertamente, este tipo de revisionismo– descargando al término de cualquier significado de corte peyorativo- histórico ha sido enormemente útil para desenmascarar ciertos aspectos omitidos intencionadamente por la historiografía oficial a la hora de determinar cuáles fueron las causas de la guerra, narrar el desarrollo de la misma y explicar las consecuencias que supuso el choque bélico.

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No obstante, como tantas veces, este trabajo de revisión ha sido corrompido por las preferencias ideológicas del investigador, que le ha llevado a omitir de las causas principales de la guerra la gran macha que teñía de vergüenza a la causa confederada: la esclavitud de personas de origen africano. Mentiríamos si dijéramos que esta fue la única causa de la guerra y, ningún investigador medianamente serio se atreve a retornar al simplismo que tantas veces prevalece.

Mas, también es cierto que, tras la abolición de la esclavitud en unos estados del Norte cuyo modelo económico industrial no necesitaba de dicho tipo de mano de obra, la Peculiar Institution se regionalizó y acabo, por desgracia, convirtiéndose en una seña de identidad para las gentes del Sur casi al mismo nivel de importancia que el ideal fisiócrata jeffersoniano, los Derechos de los Estados, el algodón y el Bourbon de Kentucky.

El Sur tenía demasiada esclavitud para un mundo que estaba terminando con dicha lacra no por motivos meramente humanitarios o religiosos, sino porque cada vez era más evidente que la sumisión de personas a la esclavitud era cada más ineficiente e improductiva. El Sur habría acabado con la esclavitud de todos modos, pero lo harían ellos, no los yankees del norte.

En todo conservador que se precie existe la añoranza de un tiempo pretérito idealizado. Ese sentimiento se incrementa en unos tiempos, como los nuestros, en los que la idolatría domina a las masas y el Leviatán hobbesiano es tan mastodóntico como para controlar tanto lo público como lo privado llevándose por delante siglos de tradiciones, fruto de la experiencia y la Historia humana.

Dixieland posee todos los elementos para ser añorada. Una tierra básicamente rural donde valores como el honor y la virtud eran parte esencial del modus vivendi del caballero sureño. Donde los buenos modales y su hospitalidad crearon una preciosa fama en sus gentes. Tierra donde se respeta la propiedad privada y se posee una profunda fe en Dios. Meridional tierra donde se conserva un ideal comunitario de virtud cívica y cristiana que contrasta tanto con el decadente occidente actual en el que las instituciones intermedias naturales están en peligro de extinción, quedándose el individuo desamparado ante el Estado y la Familia, garante de la libertad humana, mandada al pudridero de la Historia.

La añoranza por el Viejo Sur, antagónico de la patológicamente igualitarista y puritana Nueva Inglaterra, es idéntica a la admiración por los antiguos aristócratas republicanos romanos. Por ambos catones, por Cicerón o por el tiranicida Bruto. Tanto romanos como dixies, eligieron el tiranicidio para intentar preservar su vieja república, al grito de Syc Semper Tyrannis –“Así siempre a los Tiranos”- y, de nuevo a ambos, les sirvió de poco el derramamiento de sangre. También, ambos, están manchados por vomitiva macha esclavista.

En verdad, poco importa que, en líneas generales, los trabajadores irlandeses de las industrias norteñas vivieran en condiciones más precarias que la de los esclavos negros del Sur, ya que los primeros eran libres y los segundos esclavos. Carece de importancia que en 1860 la mayoría de los norteamericanos no se considerara abolicionista, porque en el Sur había esclavitud y, en el Norte, no, por motivos meramente económicos camuflados de humanitarismo.

De nada sirve hacer ver a la gente que Lincoln era un racista redomado, que deseaba extender la esclavitud hacia el Oeste porque lo quería solo para los hombres blancos libres o que emancipara a los esclavos de los estados secesionistas tras la sangría de Antietam porque otorgaba más prestigio internacional que preservar la Unión ya que, en el Sur, había esclavos.

Decía el gran Edmund Burke:  «Mas la época de la caballería se ha perdido. La de los sofistas, los economistas y los calculadores ha triunfado, extinguiéndose así para siempre la gloria de Europa». El Viejo Sur, con sus muchas virtudes y sus muchos defectos, era un reducto de esa época

Para qué hablar del invento, por parte de los generales nordistas Grant y Sherman, de la Guerra Total , que quemó campos enteros y provocó la muerte por inanición de  mujeres y niños –entre ellos esclavos negros- , ya que el Sur poseía esclavos. Ni hablemos, pues, del clientelismo electoral con exesclavos y la confiscación de propiedades a gente común por parte de los políticos del Norte ya que, el Sur, mantenía la deleznable institución de la esclavitud. Obviemos, entonces, el cambio de actitud de los blancos sureños hacia los negros, pasando del paternalismo a la aversión propia de nefastos grupos como el Ku Klux Klan, como consecuencia directa del clientelismo político y la discriminación positiva hacia los negros por parte de unos republicanos que no dudaron en fomentar la corrupción y violar el derecho a la propiedad, ya que, de nuevo, los sureños poseían esclavos ¿De qué sirve mencionar que las leyes segregacionistas y nefastas de Jim Crow eran una copia de las leyes segregacionistas que existían en el Norte antes de la guerra, si el Sur esclavizaba a personas?

Lincoln refundó Estados Unidos acabando con cualquier posibilidad de facto de dejar la Unión, engordando el poder del Gobierno Federal en perjuicio de los gobiernos estatales y poniendo las bases de lo que será el New Deal de Franklin Delano Roosevelt. Mientras tanto, los antaño racistas demócratas se dedican hoy en día a decirle a la comunidad afroamericana que todos sus problemas socioeconómicos son culpa de los tataranietos de los blancos que los esclavizaron y que deben pedirles compensaciones económicas a la par que les prohíben recordar a los valientes soldados ataviados de gris o al brillantes militares como Robert E. Lee o Stonewall Jackson

¿Se ha planteado alguien, por casualidad, indemnizar a los descendientes de esos irlandeses y escoceses que trabajaron como esclavos en las plantaciones de debajo de la línea Mason- Dixon, al igual que los africanos y sus descendientes? No, por supuesto que no. La demagogia izquierdista no sacaría ningún rédito político de ello. Les conviene más alentar al victimismo entre las comunidades afroamericanas para lograr grandes bolsas de voto que dependan directamente de ti. El clientelismo político ha sido el gran problema de todos los regímenes con componentes menores o mayores de democracia desde tiempos de la Atenas Clásica, pasando por la Res Publica Libera romana. 

Sirvan estas reflexiones de un nostálgico consciente como elegía por unas virtudes sureñas de las que ya no se puede hablar, a riesgo de ser llamado neoconfederado o racista a pesar de no estar un servidor de acuerdo con la secesión y aborrecer con verdadero asco la esclavitud de un ser humano. Solo intento comprender el espíritu de una época en vez de ser un juez de la moralina posmoderna. Decía el gran Edmund Burke:  «Mas la época de la caballería se ha perdido. La de los sofistas, los economistas y los calculadores ha triunfado, extinguiéndose así para siempre la gloria de Europa». El Viejo Sur, con sus muchas virtudes y sus muchos defectos, era un reducto de esa época.

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