¡Lo que ha sido El País y lo que es ahora! No es que hace 30 años no fuera un periódico sectario, que ocultaba los escándalos de corrupción y terrorismo de Estado del PSOE, pero es que disimulaba más, se encontraban noticias y reportajes interesantes y trataba con cierto respeto a sus lectores. Pero la edad le está sentando tan mal como a Rosa María Mateo.

La presentadora, apodada ‘musa de la democracia’, ha gozado de una fama inmerecida de periodista profesional y ecuánime, en parte construida por los creadores de opinión como Luis María Ansón. Ha bastado que Sánchez la haya sacado de la jubilación y dado un cargazo donde cobrar y ‘hacer favores’ para demostrar su dogmatismo y, encima, su incompetencia. Nada más llegar, hizo lo que todos los socialistas que entran en una empresa pública: una purga. Por fortuna, los espectadores no son tan mansos como en los años 80 y además disponen de otros canales de información, por lo que Mateo y sus mariachis se han cargado la audiencia de RTVE.

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La directora Sol Gallego-Díaz ha entregado El País a la agenda feminista y ecologista, y el desplome de ventas del periódico prosigue

Lo mismo está haciendo otra abuela, Sol Gallego-Díaz, en El País. Ha dejado que los becarios veganos y ‘millenials’ se hagan con la redacción, porque ella ya no tiene edad para discutir o porque cree que atraerá lectores nuevos y jóvenes. Así el periódico ya no camufla su identificación con un programa de mentira y adoctrinamiento, y mientras tanto publica ‘flashes’ sobre la muerte de Juan Carlos I.

Entre sus últimas entregas sobre feminismo y calentamiento global de este verano, destaco dos. Una, el buzón de denuncias para casos de abusos sexuales “que no hayan visto la luz”. En vez de presentar una denuncia a la Policía, se envía un correo electrónico a El País. Mejor una redactora comprometida en la lucha contra el patriarcado que una juez, que éstas piden pruebas y los otras sentimientos.

La segunda de esas entregas es un tuit en el que se afirma: “No existen datos fehacientes de que las figuras pintadas en los techos de la cueva de Altamira fueran realizadas por varones”. ¿Y a quiénes les importa el sexo de esos pintores? A mí me parece de mayor interés recordar que los progres del siglo XIX se negaron a aceptar el hallazgo de la cueva de Altamira porque lo consideraron un montaje clerical.

Bueno, tampoco existen pruebas fehacientes de que no las pintasen varones, o de que las pintasen mujeres, o trans cavernícolas, o LGTBJKH, o atlantes, o neandertales, o extraterrestres, o una especie de ardillas superdesarrolladas luego devoradas por tigres dientes de sable.

Yo me apunto a los extraterrestres. Más que nada porque hace poco he visto las dos últimas películas de la saga de Alien, Prometheus (2012) y Alien: Covenant (2017). ¡Qué pestiños, Señor! ¡Qué manera de arruinar una serie de películas de terror con una meditación filosófica de esos seminarios a los que van los banqueros! Prefiero Alien vs. Predator, que te dan lo que prometen. Los estudios de cine han eliminado la imaginación y la capacidad de arriesgarse. Por eso, se limitan a alargar tramas y personajes, como ocurre con la Guerra de las Galaxias.

¿Hay “pruebas fehacientes” de que esas pinturas tan hermosas no fuesen realizadas por unos extraterrestres, que luego borraron sus huellas, porque son una raza muy tecnificada, y se marcharon en su nave espacial? Pues no, no las hay. Y entonces yo sostengo que la autoría corresponde a extraterrestres. ¿Quién me lo puede negar? ¿Algún antropólogo miembro del heteropatriarcado? Mi subvención, por favor.

Cuando una mujer hace algo, aunque sea unirse al ISIS para matar gente, las feministas y sus aliados lo consideran un avance

De acuerdo con la nueva lucha de sexos, que sustituye en la izquierda a la lucha de clases, todo logro, todo descubrimiento científico, geográfico o minero, toda obra de arte, debe tener detrás una mujer opacada por el machismo ambiental. Otra consigna del feminismo es que toda presencia de mujeres se aplaude, aunque consista en unirse a las filas terroristas del ISIS.

De lo que sí hay “pruebas fehacientes” es de la imparable extinción de la inteligencia y del sentido del ridículo en El País, sobre todo en los despachos de la directora y su equipo.

Y luego algunos se preguntan por qué se venden cada vez menos periódicos. ¿Quién va a pagar 1,70 euros por leer semejantes estupideces preñadas de odio? Quizás un profesor de la UGT, pero éstos ya leen gratis el periódico en la facultad o el instituto.

Hasta hace poco, un chiflado decía que no había “pruebas fehacientes” de que Cristóbal Colón fuera genovés y no de su pueblo. Ahora podrá decir que “no hay pruebas fehacientes” de que Colón no fuese una mujer.

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