Imagen referencial.
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Si me preguntaran cuál considero que es la prioridad para España, diría rápidamente que lo más importante es liberarla de rufianes. Caraduras, sinvergüenzas, vagos y maleantes, chupópteros, jetas, mediocres, alimañas, enchufados, sabandijas, parásitos, hematófagos, sanguijuelas, bribones, pícaros, golfos, arribistas, canallas, granujas, pillos, inverecundos y tunantes. Rufianes, en definitiva. De todos los colores y partidos. De las más altas alcurnias a las cunas más arrastradas y miserables. De toda clase y condición social. Creyentes y descreídos; potentados y pordioseros; propietarios y proletarios; de norte a sur y de este a oeste de nuestra querida piel de toro.

Aparecen por doquier, como setas venenosas después de una tormenta, chiringuitos y aprovechados que se arriman al sol que más calienta. Son incapaces de iniciativa saludable alguna; solamente medrarán a base de enchufismos y de lamerle el trasero al político o cargo público de turno.

Algunas personas creen que La Sexta da información.

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He visto inversiones formidables, presentadas a bombo y platillo y con profusión de medios de comunicación –hospitales, aeropuertos, residencias de ancianos, museos, casas de cultura, autopistas-, cuya degradación comenzó en el mismo momento en que se terminaron los canapés posteriores a la ceremonia de inauguración. Tras la foto de rigor del político cortando la cinta que ocupó todas  las portadas y aperturas de telediarios, a éste no se le volvió a ver el pelo por ahí y la infraestructura quedó abandonada y a su suerte.

Se invierten cantidades fabulosas de dinero en estupideces y se castiga a la España abandonada que cada vez se vacía más y se hunde entre el olvido y la desidia. Se destinan miles de euros a talleres de masturbación que llevan por título ‘Afrodita y su manita’, ‘Más de tres sacudidas’ o ‘Conquista tu papaya’ porque, como todos sabemos, es fundamental enseñar a los adolescentes a hacerse una paja, porque ellos no saben.  

Se crean comisiones y subcomisiones, delegaciones, ministerios e incontables organismos públicos que no sirven para nada y que tratan a los ciudadanos como imbéciles para seguir viviendo a su costa. Hace poco salió la noticia de que el Gobierno de Cantabria había puesto en marcha una institución para que las mujeres que llevaban años retiradas del mercado laboral debido a la maternidad pudieran regresar a él. Apareció ufana la directora del mismo afirmando que su método era… ¡usar LinkedIn! Todo un organismo público dedicado a algo que esas mujeres pueden hacer cómodamente desde casa.

Si visitan la página web del Gobierno de Aragón, se sorprenderán –o no- de comprobar que su apartado Patrimonio cultural –del que esa región dispone de mucho y bueno- en gran parte está copado por los apartados “Mapa de fosas comunes”, “Documentos y archivos de la memoria democrática”, “Lugares de memoria democrática”, “Ayudas para proyectos de recuperación de la memoria histórica”, “Programa de Amarga Memoria” y “Ayudas para proyectos de memoria democrática”. A la vez, esta misma semana, la asociación Hispania Nostra alertaba del vandalismo, el expolio y el grafiti que sufre una ermita románica del siglo XII en Zaragoza. Para ella, y para otros casi 90 monumentos aragoneses que aparecen en la Lista Roja del Patrimonio, no hay dinero. Y eso se repite en todas las regiones de España.

España es un país extraordinario. Es un país bendecido. El español es el segundo idioma con más hablantes nativos del mundo; somos el tercer país del planeta en lugares declarados Patrimonio de la Humanidad; poseemos una excepcional historia como nación; hemos aportado al mundo artistas, pintores, literatos, científicos, arquitectos, deportistas, santos y héroes.

Pero, España, tenemos un problema: hay demasiados rufianes entre nosotros. Cuando logremos que su número se reduzca, España ocupará el lugar que le corresponde en el mundo.

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