Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos.
Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos.

El procedimiento del impeachment, que se puso a prueba con Andrew Johnson, sucesor de Abraham Lincoln, volvió a la primera línea de la política estadounidense un siglo después, con Richard Nixon en la presidencia.

Corramos a decirlo: Nixon no fue expulsado del poder por un proceso de destitución (impeachment), ni se enfrentó siquiera a uno. Nixon dejó de ser presidente en el momento en que dimitió de su cargo, y le cedió la primera magistratura del aquel Estado a su vicepresidente, Gerald Ford.

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Nixon, a diferencia por ejemplo de Obama, era un verdadero outsider en la política estadounidense. Él, sobre todo, se veía así, como el representante de una facción de un país desunido, y como un intruso en un mundo, el de la política, que en aquel país democrático y republicano pertenecía a unas cuantas familias, universidades y empresas. Quizás esa visión de sí mismo contribuyó a que fuera una persona muy desconfiada. No era un hombre simpático. No hablaba con la gracia y desenvoltura de muchos de sus precedentes o sucesores. Lyndon Johnson era un paleto, que literalmente se meaba encima de sus secretarios (el equivalente a ministros). Pero sabía hacer un chiste; Nixon, no.

Como en el caso de Donald Trump, con quien comparte esa capacidad para resultar antipático, Richard Nixon no era un republicano muy típico

Siempre le sostuvo una ambición y un instinto político desmedidos, que le llevó a recorrer todo el escalafón de la política estadounidense hasta llegar a ser vicepresidente con Eisenhower, y finalmente candidato de su partido y presidente de los Estados Unidos.

Como en el caso de Donald Trump, con quien comparte esa capacidad para resultar antipático, Richard Nixon no era un republicano muy típico. Es cierto que, dentro del llamado GOP (Grand Old Party), había una gran diversidad ideológica, que se estrechó más tarde con Ronald Reagan. Pero Nixon fue un presidente netamente de izquierdas en política social y económica. Impulsó la política de igualdad de oportunidades, creó la Agencia de Protección Medioambiental, disparó el gasto, dejó que la inflación corriera, desvinculó definitivamente el dólar del oro, impuso precios máximos… En política exterior acabó con la Guerra de Vietnam, se acercó a China, y redujo el ámbito de intereses de la política exterior excepto en Oriente Medio.

Nada de ello hubiera justificado su destitución por parte del Congreso, pero su carácter paranoico le llevó a ganarse ese destino, que evitó sólo porque dimitió antes. Él estaba seguro de que una mayoría le apoyaría, pero sería una “mayoría silenciosa”, puesto que la que se reproducía en los medios de comunicación le era adversa. Nixon estaba convencido de que todo el mundo dentro de la política estaba en su contra. Y veía conspiraciones y enemigos allí donde posaba su vista. Y por ello empezó a espiar a todos los que podían resultar una amenaza para su presidencia.

Para ello, recurrió al FBI, la Agencia Federal de Investigación. Pero los funcionarios del FBI no quisieron espiar a otros estadounidenses para servir a los objetivos políticos del presidente; no, al menos, sin la firma del propio presidente. Nixon quería que el FBI trabajase para él, pero también quería desvincularse si se descubría el pastel; pero el FBI se negó. Recurrió entonces a la CIA, a pesar de que el ámbito de su actuación queda fuera de sus fronteras y encontró la misma respuesta. De modo que creó un equipo de “fontaneros” que realizaron las escuchas ilegales a los enemigos que Nixon veía por todas partes.

Alexander Butterfield, asesor del presidente, dijo que Nixon había instalado un sistema de grabaciones en la Casa Blanca para que los futuros historiadores pudieran entender mejor el funcionamiento de la institución presidencial

Como si fuera un vulgar Cristóbal Montoro, publicó las declaraciones de la renta de sus objetivos políticos. Espió y persiguió a los líderes de las protestas por la guerra de Vietnam y escuchó las comunicaciones incluso de los miembros de su propio gabinete. Espió a los funcionarios que filtraron a la prensa su bombardeo secreto de Camboya.

Pero el gran escándalo, claro, es el de Watergate. Richard Nixon ordenó el espionaje de la convención del Partido Demócrata. Poco a poco, y gracias a las revelaciones de la prensa, se empezó a conocer toda la gran operación de espionaje ilegal ordenada desde la Casa Blanca. El Congreso, con una mayoría demócrata ávida de cobrarse la pieza de Nixon, inició una investigación. El presidente pudo seguir los acontecimientos con cierta calma, hasta el fatídico día del 16 de julio de 1973. En aquélla fecha Alexander Butterfield, asesor del presidente, dijo que Nixon había instalado un sistema de grabaciones en la Casa Blanca para que los futuros historiadores pudieran entender mejor el funcionamiento de la institución presidencial.

El fiscal Cox, en cuanto pudo recoger su mandíbula del suelo, autorizó una orden para requisar ocho de aquéllas cintas. No fueron elegidas al azar: coincidían con las fechas en las que había dicho John Dean que el presidente había autorizado realizar ciertos pagos ilegales. El presidente se negó a entregar las cintas, aduciendo que eran de vital importancia para la Seguridad Nacional. El juez de distrito John Sirica dictaminó que el presidente tenía que cumplir con la orden del fiscal Cox.

Entonces, el presidente inició una guerra con el poder judicial de la que salió mal parado. Al final, entregó las cintas, pero en ellas había minutos enteros de silencio. La lucha del poder judicial por esclarecer los hechos llevó a la Casa Blanca, en contra de su voluntad y de sus intereses, a entregar las transcripciones de otras 22 cintas. Éstas mostraban que Nixon autorizaba acciones de castigo hacia sus oponentes políticos.

Había material más que suficiente para que la Cámara de Representantes redactase unos artículos de impeachment. Mientras, las cintas que se entregaban con cuentagotas a la Justicia acumulaban pruebas en su contra. El 5 de agosto de 1974, ante la previsión de que iba a ser el primer presidente destituido por el Congreso, dimitió.

Paradójicamente, Nixon nunca llegó tan lejos como Barack Obama en el espionaje masivo de adversarios políticos, prensa y ciudadanos americanos, pero lo que hizo fue suficiente para echarlo. El sistema político funcionó. Y los años que siguieron a la presidencia de Nixon sirvieron para recortar parte de los excesivos poderes que había ido acumulando la institución. El Artículo II de la Constitución, que incluía este procedimiento para expulsar a los presidentes que abusasen de su poder, había demostrado su eficacia.

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