Santiago Carrillo fue uno delos organizadores del genocidio en la retaguardia de Madrid durante la guerra civil española.
Santiago Carrillo fue uno delos organizadores del genocidio en la retaguardia de Madrid durante la guerra civil española.

No cabe duda de que el título de este libro recién publicado ya es sugerente por todo el misterio, cariño o vileza encerrados en el mismo. No se trata del análisis de la situación de los presos de los Comités de Investigación (“checas”) de los comités de barriada sino del destino de los presos de las cárceles públicas del Gobierno Largo Caballero entre finales de agosto y principios de diciembre de 1936. Durante más de 80 años se había especulado y habíamos leído como desconocidos delincuentes o antiguas oscuras organizaciones habían perpetrado aquellos hechos de manera descontrolada.

Los presos de las cárceles de Ventas, Porlier, San Antón y la Modelo fueron víctimas de la política estalinista del Gobierno Largo Caballero que a través de numerosos asesores y agitadores soviéticos empujaron a líderes políticos españoles a desarrollar una “limpieza” de presos derechistas no combatientes. Los responsables políticos más destacados en aquella violencia de la retaguardia habían quedado lejos de los focos hasta hoy. Hombres del ala más radical del PSOE liderada por Largo Caballero como presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, los socialistas Ángel Galarza (ministro de la Gobernación) o Álvarez del Vayo (ministro de Estado), el anarquista Juan García Oliver (ministro de Justicia) y el comunista Vicente Uribe (ministro de Agricultura) configuraron una trama para ejecutar a los presos de derechas de las cárceles a través de personas de confianza. Cada ministro tenía hombres de confianza, hasta hoy desconocidos, que fueron su mano derecha para organizar el excavado de fosas, pelotones de fusilamiento, el transporte y hasta el entierro de los presos.

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La historia de aquellas ejecuciones extrajudiciales en los alrededores de Madrid no se circunscribían solamente a Paracuellos y comenzaron mucho antes de marcharse el gobierno de Madrid a Valencia. La propaganda repetía incansablemente que se habían producido aquellos hechos después de la salida del Gobierno y que oscuros agentes incontrolados eran sus responsables. A la luz de la documentación de archivo y la producción historiográfica esta afirmación ya no se sostiene.

Desde el asalto a la cárcel Modelo en agosto hubo pequeñas sacas para eliminarlos lejos de las prisiones poco a poco. Venganza de antiguos presos, miembros de comités de investigación madrileños que iban a las prisiones a realizar “la justicia del pueblo”, comités de investigación en el interior de las propias prisiones, la primera Junta de Defensa de Madrid (6 de octubre-7 de noviembre de 1936), la segunda Junta de Defensa de Madrid (la famosa constituida el 7 de noviembre), los efectos de los bombardeos e incluso la venganza de algunos defensores se dieron cuenta que perdían la guerra.

Después llegaron las espectaculares “sacas” en autobuses o camiones por las prisas al saber que Madrid estaba a punto de caer, aunque este acontecimiento finalmente no ocurriría hasta el 27 de marzo de 1939. Finalmente las presiones de los diplomáticos extranjeros en Madrid y nuevas instrucciones llegadas de Moscú en diciembre de 1936 frenaron las operaciones de aquellas ejecuciones extrajudiciales. Los soviéticos pensaban que si desde Gran Bretaña o Francia se veía a la república española como un Estado soviético habría una acción armada contra España. Por tanto las instrucciones cambiaron, se acabaron aquellas ejecuciones y los comunistas empezaron a defender una “república burguesa” como paradoja olvidándose de la dictadura del proletariado y la revolución social que se estaba llevando a cabo.

Individuos que no querían ir al frente fueron la mano de obra de este otro frente, el de los cobardes

Eso permitió que altos funcionarios del Ministerio de Justicia republicanos y diplomáticos extranjeros dispusieran al anarquista Melchor Rodríguez y su equipo al frente de la responsabilidad de los presos en Madrid. Bautizado por unas monjitas de Alcalá como un “ángel rojo” se opuso a las ejecuciones porque afirmaba que se podía morir por las ideas pero nunca matar por ellas. Tras el bombardeo de Alcalá de Henares arriesgó su vida para salvar a 1.500 presos llegando a convencer a la multitud, que ya estaba dentro de la prisión, de que armaría a los presos si era necesario. Melchor frenó sacas de prisiones madrileñas con transportes llenos de presos y el motor en marcha.

La política estalinista de ejecución extrajudicial de presos fue secundada por españoles que desarrollaron esta labor en el asalto a la Modelo, fusilamientos en Fuencarral, en el cementerio de Aravaca, en el Cementerio de Vaciamadrid, en el paraje de los Cuatro Pinos de Paracuellos de Jarama, en el Cementerio del Este, en la fosa de Torrejón, en el cementerio de Pozuelo y parece que hasta en una calle de Madrid a las afueras. Mientras se ejecutaban presos en las paredes de La Almudena se procedía igual en Paracuellos. La mala organización y las prisas provocaron la acumulación de cadáveres sin enterrar en Paracuellos y el cementerio de Aravaca.

Este problema lo resolvieron con el cambio de lugar al menos en dos ocasiones, las sacas de Torrejón y las de Pozuelo. Los primeros viajes en autobús fueron la noche del 4/5 de noviembre hacia el cementerio de Vaciamadrid con el gobierno aun en Madrid.

La trama se organizó en diferentes operaciones. A Santiago Carrillo, Segundo Serrano y Pepe Cazorla los denunciaba en 1937 Melchor Rodríguez por haber gestionado y organizado desde el 7 de noviembre aquellos viajes. Sin embargo dada la categoría de quien los había colocado en aquellas funciones no podían ser juzgados.

La importante presencia de varios servicios secretos soviéticos incrustados en todos los organismos oficiales y en el Ejército republicano aconsejaba aquel trato a los presos. Políticos españoles obedecieron estas consignas llenas de odio para perpetrar en los alrededores de Madrid la ejecución de los presos derechistas. El estalinismo, el odio y una población atrincherada en Madrid que no quería ir al frente de los valientes desarrollaron una trama de corrupción que asombró fuera de nuestras fronteras. Hasta allí llegaron las fotografías de innumerables presos asesinados, en el suelo y sin sepultura.

Con este trabajo de investigación se ofrece una explicación de la manera en que ocurrieron aquellos deleznables hechos sangrientos en la retaguardia. Individuos que no querían ir al frente fueron la mano de obra de este otro frente, el de los cobardes. Dirigieron aquellas operaciones hombres de confianza de políticos que pensaron que al no estar en el lugar de los hechos carecían de responsabilidades. La trama queda al descubierto.

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Juan Gijón es doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y fue profesor visitante del Instituto de Historia (CSIC). Lleva casi 20 años como profesor de Secundaria, ha colaborado con Oxford University Press España en diversos proyectos (2015-2016) y ha firmado más de medio centenar de títulos entre monografías, artículos y colaboraciones sobre los caballeros de las Órdenes Militares, la Casa de Borbón en el siglo XVIII, arquitectura militar, religiosidad popular, economía en la Edad Moderna, bibliografía, la represión política en la Guerra Civil española, etc. Es miembro de la Fundación Española de Historia Moderna, de la Associaçao dos Amigos da Torre do Tombo (Portugal) y de la Asociación Española de Amigos de los Castillos. Desde su atalaya, escribe en Actuall.