Durante muchísimos años, existió una falsa creencia -alimentada tanto por la Leyenda Negra como por el jacobinismo liberal- de que, antes de la llegada de los españoles, México era un país libre y soberano que se encontraba en pleno auge y que -de no haber sido por la Conquista- aquí se hubieran alcanzado los más altos niveles de progreso, cultura y bienestar.

Lamentablemente para quienes esto creen y propagan la verdad histórica desmiente a la fantasía puesto que las cosas ocurrieron exactamente al revés.

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Antes de que los españoles pusieran un pie en tierras de lo que hoy es México, lo que aquí existía era un conglomerado de pueblos indígenas que no habían sobrepasado la cultura neolítica.

No conocían la rueda ni la escritura fonética.

Ignoraban por completo el trabajo del alfarero, así como la existencia del vidrio, del centeno, del trigo, de la vid y de la cebada.

Asimismo, no contaban con la gran ayuda que proporcionan animales domésticos como el buey y el caballo; del cerdo ni por la mente les pasaba que existiera.

No obstante, cultivaban la papa, el maíz y el cacao, totalmente desconocidos en Europa.

Se nos podrá objetar diciendo que los mayas habían alcanzado un alto nivel de civilización, especialmente en lo que se refiere a cuestiones astronómicas.

No lo negamos, sin embargo, a principios del siglo XVI, que es cuando llegan los españoles, hacía ya cientos de años que la civilización maya había dejado de existir e incluso sus magníficas pirámides habían sido devoradas por la selva.

En cambio, lo que sí existía dentro del actual territorio de la República Mexicana era una serie de pueblos que hablaban dialectos diferentes y que estaban continuamente enfrentados entre sí.

De todos ellos, el que más destacaba era el azteca el cual -a base de guerras de conquista y altos impuestos- tenía sometidos a los pueblos de los alrededores.

En el caso de los aztecas, cuya capital se encontraba en Tenochtitlán, allí se daba un imperio de terror en el cual lo que más destacaba era el culto sangriento que se le rendía al dios Huitzilopochtli.

Con el fin de que tengamos una idea: Cuando se inauguró, en 1487, el Templo en honor de dicha deidad, en tan sólo cuatro días, fueron sacrificadas más de 80 mil víctimas.

Según el historiador Mariano Cuevas, S.J.: “Este fue, sin duda el acto más culminante de barbarie no sólo en la historia mexicana, sino en la historia universal”

Y eso fue tan sólo el comienzo puesto que, una vez inaugurado el gran matadero, no había mes en que -con un pretexto o con otro- no se repitiesen tan dantescas escenas.

Se calcula que más de 20 mil personas perdían la vida anualmente para medio satisfacer al cruelísimo dios de la guerra.

Huitzilopochtli -el demonio caníbal de Tenochtitlán- era tan insaciable que los humildes habitantes de sus dominios vivían en un continuo sobresalto, temiendo que de un momento a otro cayera sobre ellos el filoso pedernal de los sacrificadores.

Esa deidad que tan espantado y embrutecido tenía no solamente al pueblo azteca sino a los pueblos de los alrededores era de un aspecto tan horroroso que cuando los españoles lo vieron por vez primera le dieron el significativo nombre de Huichilobos.

El atribulado pueblo azteca gemía día y noche bajo tan infernal tiranía y no hallaba manera de liberarse de su tétrico destino.

Y, como antes dijimos, no solamente los aztecas sino también los pueblos de los alrededores -especialmente los tlaxcaltecas- que a ellos estaban sometidos.

Un mosaico de pueblos distintos y enfrentados entre sí, en los cuales si existía algo que los unía era el ocio común en contra de la tiranía azteca.

Así pues, resulta falso y carente de base histórica, afirmar que aquí existía un pueblo unido cuyo progreso lo frustraron los conquistadores españoles.

Rotunda falsedad. Lo que con certeza conocemos, remitiéndonos a las antiguas crónicas era el clima de terror impuesto que hacía que los pueblos sometidos pidiesen a gritos la llegada de un libertador.

Todo esto hizo que Justo Sierra -historiador mexicano declarado enemigo de la Iglesia- se espantase de tanta crueldad y afirmara horrorizado:

“…los sacrificios fueron matanzas de pueblos enteros de cautivos que tiñeron de sangre a la ciudad y a sus pobladores; de todo ello se escapaba un vaho hediondo de sangre. Era preciso que ese delirio religioso terminara; bendita la Cruz o la espada que marcasen el fin de los ritos sangrientos”

Y concluimos este comentario citando el acertado juicio del Padre Bernardo Bergöend, S.J.:

“Pero Dios N.S., en el tiempo fijado por su misericordia, iba a poner fin a tantas atrocidades, con un golpe maestro de su diestra y que había de repercutir en todos los tiempos, como testimonio de amor preferente para con todos los reinos de Anáhuac”

Y es que estaba a punto de iniciarse una de las mayores gestas de la historia universal; pero esa es ya otra historia.

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