Rezo musulmán en Santa Sofía (Estambul) /EFE
Rezo musulmán en Santa Sofía (Estambul) /EFE

Vivimos en una sociedad donde los valores artificiales han sustituido a los principios morales que cimentaban la realidad. Degradación mundana vislumbrada ya en 1907 por Pio X en su encíclica Pascendi en la que remarcaba el incremento en los últimos tiempos de los “enemigos de la cruz de Cristo”. Confirmada por el entonces cardenal Ratzinger en 1970 anunciando la crisis existencial y sentenciada en última instancia por la persona del cardenal Robert Shara en su libro publicado en 2019 Se hace tarde y anochece.

“Esta es la historia de Occidente. En el último momento, se niega a darlo todo. Se ha rendido ante el sacrificio supremo. Encerrado en su opulencia, ha tenido miedo y se ha hundido en la tristeza”, afirma Shara en dicha obra. Mensaje representativo de nuestro mundo, de un orbe occidental olvidado de sus valores, historia y memoria. Existencia individualista emancipada y ausente de su alrededor, del gen comunitarista. Hemos ignorado el aspecto natural que manifiesta el fin social del hombre. Por eso estamos melancólicos y paradójicamente más aislados que nunca en la realidad de las fronteras abiertas, de la comunicación, del 5G… Lo tenemos todo y a la vez no tenemos nada. Como le hubiera gustado vivir a Baudelaire en esta dimensión nuestra que es un oxímoron en toda su extensión.  

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Si los primeros cristianos se llamaban entre si hermanos, ahora no somos capaces ni de mirarnos a la cara, -y eso era así antes del Covid, así que no me vengan con la excusa del distanciamiento social-. Hemos dejado de ser comunidad para mutar en islas que no aparecen en los mapas. Estamos en crisis, aunque algunos todavía no se den cuenta. Habitamos en una laguna existencial y moral que nos hace vulnerables ante cualquier amenaza. Peligros no solo encarnados por el comunismo de Pablo Iglesias y su banda sino también por los que ansían recuperar pese a que sea de forma simbólica lo que nunca ha sido suyo pero que en sus anhelos fantasiosos les pertenece. Hablo de Turquía y sus aliados.

El Gobierno de Recep Tayyip Erdogan, que la pasada semana ya puso la primera piedra de su ambicioso proyecto de rescatar el legado de sus ancestros con la reconversión en mezquita de la basílica de Santa Sofia. Tras un calvario judicial que comenzó en 2018 con un recurso ante el Tribunal Constitucional, el emblema del imperio bizantino ha pasado a convertirse en lugar de culto para todos los musulmanes y un Erdogan exultante anunciaba el comienzo de un nuevo renacimiento islámico que abarcaría desde Bujará a Al-Ándalus.

Un Al-Ándalus que floreció en 711 aprovechando la crisis moral de la corona visigoda. Subsistiendo en un panorama corrupto repleto de lujuria, pecado y unas ansias excesivas de poder que intentaban ser calmadas por la Santa Sede, los musulmanes entraron en la península por Gibraltar y en poco tiempo no dejaron títere con cabeza gracias a las felonías de la nobleza española.  

A lo largo de la historia se ha puesto de manifiesto que es más fácil conquistar un territorio cuando se encuentra fragmentado que cuando existe unidad cimentada en unos principios. Dichos valores constituyen la clave de la verdadera integridad. Unión que puede existir en la forma, pero no en el fondo. España, al igual que ocurre con Europa, -solo hay que ver lo que les ha costado a las potencias comunitarias ponerse de acuerdo a la hora de ejecutar las ayudas para la crisis del Covid-, es más vulnerable que nunca como consecuencia de la falta de cohesión entre sus diferentes estamentos. Carencia de comunión con la crisis moral como foco de su causa. Si la Unión Europea fue creada teniendo los valores cristianos como base -de hecho, Robert Schuman se encuentra en proceso de beatificación-, ahora lo primordial son los motivos monetarios. Impulsos capitalistas concebidos para ocultar precisamente uno de esos principios fundacionales, el de la solidaridad, fraternidad violada por los países frugales, los que quizá en otro tiempo deberían haber sido expedientados o invitados a abandonar la comunidad. 

¿Cómo van a perdurar los valores en esta sociedad si ni las instituciones que tienen que promulgarlos los cumplen? Atrás quedaron los tiempos en los que los gobernantes eran los más virtuosos de su realidad… Ideales tampoco compartidos en algunas ocasiones por ciertas entidades religiosas que en lugar de ejercer como dique de contención de lo que viene o está por venir se conforman con dulcificar la doctrina de la Iglesia degenerando su contenido. En palabras de Robert Shara: “Hoy hay falsos profetas que, por razones ideológicas, para complacer a los hombres o para aumentar el atractivo de la Iglesia, falsifican la palabra de Dios”.

Han nacido diferentes congregaciones que coaccionadas por los gobiernos de turno utilizando la figura del concierto económico han preferido enseñar una doctrina menos ortodoxa para cumplir los parámetros marcados por una educación controlada por la izquierda. Presunta progresía manifestante del desprecio a los católicos que no nos felicita la Navidad sin tener reparos en abrazar a los musulmanes en el Ramadán o a los judíos en la Janucá.   

Ya he dicho en más de una ocasión que el silencio de los buenos es la victoria de los malos, y en este caso, ante el sigilo cómplice e incluso colaboracionista de algunos cristianos ante la degradación moral del mundo, corremos el riesgo de perder lo poco que nos queda de la cultura occidental. No sé si las palabras del presidente de Turquía son un mero simbolismo o de verdad fantasea con reconquistar la Alhambra de Granada o la Catedral de Córdoba -monumento que la izquierda española pretende expropiar a la Iglesia- pero si no actuamos pronto nos arrepentiremos de no haber practicado nuestra fe ni defendido nuestros principios. Fue Menéndez Pelayo en Historia de los heterodoxos españoles el que señaló al pecado social como la causa principal de la ruina de los Estados.

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